Opinión

Padrón

Aun recuerdo la primera vez que me acerqué a las listas pegadas en la pared de la escuela y figuraba. Podía votar.

Martes 26 de Junio de 2018

Aun recuerdo la primera vez que me acerqué a las listas pegadas en la pared de la escuela y figuraba. Podía votar.
Tal vez desde el Martín Fierro y su frase:" dentro en todos los entreveros, pero en las listas no dentro"... referido al pago y la baja como soldado obligado el asunto de las listas nos conmueve. Me conmueve.
Después la película con el caudillo quje le avisa:" vos ya votaste..." porque la libreta la tenía el caudillo conservador.


El padrón era posterior al enrolamiento al cumplir los 18 años. Así aparecía la Libreta. "Libreta de Enrolamiento número...". Un número para saberse de memoria. No era un documento sencillo la Libreta de Enrolamiento. Desde el himno hasta partes de la constitución, el escudo argentino y los pequeños recuadros para las elecciones. También un espacio para anotaciones. Cambios de domicilio. Anotaciones. Era una libreta pensada para toda la vida. La cédula de identidad era otra cosa.

En algunos años duros, muy duros, era necesario portar la Libreta de Enrolamiento todos los días, por las calles, los colectivos, los apretujamientos. Las requisas. Los allanamientos. Las operaciones rastrillo. Pañuelo. Billetera. Libreta.
Votar era sencillo pero todo un acontecimiento. No hemos tenido nosotros, aquellos jóvenes a finales del 1960, tantas experiencias hasta 1983 que comenzó una fenomenal y bendecida seguidilla de elecciones. Desde entonces es fácil decir lo votaste, no lo votaste. Yo no lo voté. Desde 1983 en adelante cada gobernante es producto del voto y hay quienes aún no lo entienden y otros que no pueden darse cuenta que ha sido difícil el verbo: votar. La posibilidad de votar. El "... que se vote". Claro que diferente al amañado, "bueno ahora que se vote" en las asambleas de madrugada, a voto cantado, a mano alzada y con unos pocos patoteros y esforzados dueños de las decisiones por bajeza, ruindad y prepotencia.

Llegar a las mesas los días de elecciones implicaba toda una fiesta. Elegir lo es. También el ritual de la lista, de la cola, de entrar al cuarto oscuro, ese salón de pibes donde el pizarrón da cuentas de los ejercicios del último viernes. Allí la pila de votos de cada partido. Antes con las siglas. Los nombres. No estaba mal llevar el propio voto doblado. Como estaba mal que le diesen el voto y el sobre en un fraude que algunos sistemas aún conservan. Votar es elegir libremente y muchos aún no quieren.
Ya votaste. Por quien votaste. El voto es secreto. Una lateralidad que tiene lo suyo es el traslado para votar. Hay quienes no cambiaron su dirección y votan en aquel pueblo de donde una vez llegaron con ilusiones, amores, trabajos, decepciones, pueblos de donde se fueron para nunca mas volver, excepto los domingos de elecciones. No es sicologismo barato pero algo guardan esos pueblos donde se vuelve a votar. Ni cómodo ni incómodo. Atadura es la palabra. Otra vez los árboles, la calle abovedada, el patio de la escuela, el café, algunos amigos que envejecen (ellos) mientras nos conservamos hechos unos pibes (nosotros)

Aún conservo la LE (Libreta de Enrolamiento) y su forro de cuero repujado, hecho por los talabarteros de la Cárcel de Coronda, que vendían en un local en la Estación de Colectivos. Laburo de presos. Baldosas, bancos de escuela, hojalatería, talabartería. Manualidades de los presos para recuperarlos para una sociedad que los había castigado por no cumplir las leyes. Todo tan elemental que asombra. Como asombra el pueblo que se queda allí, como una postal de almanaque a la que volvemos cada dos años, poco mas o menos, con dos mandatos previos. Fijate si figuro en el padrón. Prepará el asadito. El resto es rutina democrática que nunca debe fastidiar. Costó mucho conseguirla.

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