La Universidad Nacional de Rosario decidió incorporar el mal llamado lenguaje inclusivo en todas sus dependencias, niveles y áreas de trabajo. Dado que es la primera vez en la historia, no ya de una universidad, sino de una cultura, que una institución con autoridad prescribe cómo debe la gente expresarse, en contra de las reglas gramaticales aprendidas previamente en el mismo sistema escolar del que la universidad es el peldaño más alto, la medida merece un profundo análisis, el que no se agota con estas líneas.
En nota reciente en La Capital (18/12/2019), dos funcionarios de la universidad entrevistados señalaron que la decisión se adoptó como resultado "…de consensos elaborados en mesas de trabajo promovidas por el Área de Género y sexualidades de la Universidad…". La realidad en cambio nos dice que esos intercambios de opiniones o bien tuvieron lugar entre pocas personas con opiniones parecidas sobre el tema de fondo, o carecieron de adecuada difusión. Ciertamente la medida no involucró a sectores del ámbito universitario que se enteran de los cambios bajo la lógica de los hechos consumados y a través de los medios. No es el mejor modo, por más que agreguemos la "e", tomar decisiones de este calibre en la última sesión del año y sin que todos estén al tanto.
Una primera aclaración sobre el llamado lenguaje inclusivo. Dado que constituye una novedad absoluta, recién "instalada" mediáticamente, muchos suponen que refiere a casos como "Señor/a" o "chicos y chicas" y expresiones similares, a través de los cuales se visibilizaría la presencia femenina respecto del gramatical genérico masculino. Nada más alejado de la realidad. Esos supuestos, que en rigor son innecesarios porque no parece haber muchas mujeres que no se sientan incluidas por el uso del castellano en cumplimiento de los usos y costumbres gramaticales, no guardan relación con la decisión del Consejo Superior de la Universidad, que va más allá y plantea que la casa de altos estudios "acoja de manera más igualitaria e inclusiva a todas esas identidades que no se sienten representadas, a quienes ese lenguaje que no los nombra". Por tanto, no tiene nada que ver con igualar a mujeres respecto de varones, sino con licuar las identidades sexuales tendiendo a un sujeto de género neutral.
Una segunda observación. No se trata de ser ni defensor de la Real Academia de la Lengua (RAE) ni nada que se le parezca. Sin embargo, esa institución básicamente se dedica a homologar los cambios que se van produciendo a lo largo del tiempo en los usos lingüísticos del castellano. Claramente las lenguas vivas, precisamente por serlo, evolucionan y no permanecen estáticas a lo largo del tiempo. Es ahí donde la Academia, en función de velar por cierta uniformidad del castellano, idioma hablado por cerca de 500 millones de personas en el mundo, va convalidando formas nuevas masivamente utilizadas. En otras palabras: en estas cuestiones, la RAE va detrás de los usos cambiantes de la lengua, no delante. Lo del Consejo Superior de la UNR funciona al revés: dado que la mayoría de los docentes, alumnos, no docentes y graduados no utilizan el llamado lenguaje inclusivo (basta transitar las facultades y ponerse a escuchar las conversaciones), intenta promoverlo forzadamente, de arriba hacia abajo, para contento y satisfacción de una clara minoría.
Tercera reflexión. Quienes han transitado la universidad pública comenzando como alumnos, para ser luego docentes, escuchan desde hace décadas que la universidad pública no debe permanecer divorciada de la realidad social que la rodea. Queda bien, en el ambiente académico, entre otros tópicos, abogar por la incorporación de los sectores populares al ámbito universitario. Y está muy bien que así sea. En relación con el lenguaje inclusivo de género neutro con la "e" ("les profesores", "les alumnes"), ¿en serio creemos que los sectores populares, o incluso les sectores medios, se expresan así habitualmente? Nada más desconectado con la realidad que vive la gran mayoría de los jóvenes de nuestra región que el pretender utilizar la "e" cuando es fácil constatar que si es utilizada, es como humorada, como cuando se escucha en oficinas, fábricas o en reuniones de amigos la expresión "chiques" a la cual, precisamente, se la utiliza para parodiarla. Por tanto, la medida adoptada para satisfacer a una minoría ideológica se aleja más de la vida real de las mayorías, en especial de los sectores populares a quienes sólo se los utiliza discursivamente.
Minucia importante. Los centinelas de lo "políticamente correcto" desconocen toda autoridad a la RAE y otras academias en su función ordenadora del uso aceptado de la lengua. Pero paradójicamente terminan pretendiendo imponer al resto su particular gusto gramatical, por ejemplo con el uso compulsivo de la letra "e". No sabemos bien quién y con qué autoridad fijó esa y no otra vocal como sinónimo de inclusión lingüística. Para ser coherentes habrá que acostumbrarse no sólo a discursos con "e", pero también con "i", "u", "x", "@". No hace falta mucho esfuerzo para darse cuenta que toda posibilidad de diálogo formativo y académico-reflexivo entre alumnos y docentes, o intergeneracional, queda reducido a su mínima expresión. Después no nos extrañemos de la mediocridad del producto final.
Habrá que ver en qué queda lo "opcional" del uso del lenguaje inclusivo en el ámbito académico según la decisión que aquí comentamos. La lógica seguida hasta ahora por parte de los promotores de este tipo de cambios, que insisto, los prescriben de arriba hacia abajo y no al revés, está signada por la poca voluntad de debatir estos temas con quienes disentimos respetuosa y fundadamente. Podríamos preguntarnos qué pensará un alumno o una alumna que durante el cursado escucha a sus docentes utilizar la "e", además del profuso uso de la simbología e indumentaria que acompaña ese discurso, respecto de cómo expresar al rendir esa materia. ¿Lo aprobarán si, dando un excelente examen, utiliza el castellano estándar? El problema de fondo seguirá siendo siempre el mismo, una universidad que se aleja de las realidades sociales mayoritarias termina siendo ensimismada y elitista, por más que apele a lenguajes camuflados.