Opinión

Jesuita

En realidad no se si el padre Ramos era jesuita. Todos decían eso y yo les creía.

Miércoles 23 de Mayo de 2018

En realidad no se si el padre Ramos era jesuita. Todos decían eso y yo les creía. Lo conocí en Guandacol, La Rioja. En rigor no se si era Ramos o Peralta Ramos, tampoco se si era uno de los que gobernaba en el Colegio y Universidad de El Salvador en aquellos años, los del 60/70 en Argentina.
El cura Ramos era, a su modo, un cura gaucho. Con un poder de tal magnitud como para convencer a los dueños de la revista que fuésemos a conocer su tarea en aquel sitio, bastante alejado, por cierto, de los vicios urbanos de Buenos Aires. En aquel pueblo había siempre jóvenes de la ciudad participando de "tareas comunitarias, caminatas, conversaciones, ejercicios, ensayos".
Fin de año en un pueblo pobre fue el título de la nota y la excusa. Allá fuimos el Gianni Mestichelli, italiano del norte y habitante absolutamente contaminado de smog y glamour. Fotógrafo y periodista por el camino a la lejanía.
Tres humedades y tres calores. Sobre el fin de año en Buenos Airees 28 grados y una altísima humedad, insoportable. En San Juan, última parada del avión, 34 grados y menos humedad. Después un viaje dentro del viaje. La larga recta hasta Jachal explicaba la leyenda de la Difunta Correa. Ni árboles ni agua ni gente. La nada misma en esa larga recta. El cruce de la montaña por el Huaco llevaba a la canción de Buenaventura
Luna ("...vallecito del Huaco donde nací, sombra del fuerte abuelo que ya se fue...") poeta y fundador, entre otros conjuntos, de la Tropilla de Huachi Pampa y sostén de los Quilla Huasi, la historia del folkore lo tiene entre sus próceres. Distracción obligatoria. El "zarco" Alejo (José Castorina) y Falú, Eduardo, sus guitarreros. Antonio Tormo su cantor mas famoso. La tropilla trajo el folklore a los programas de radio de Buenos Aires. En Guandacol 46 grados a la sombra, pero nada de humedad.
El cura nos recibió en el pueblo donde un colectivo pasaba dos veces a la semana y un almacén, farmacia, estafeta y comisaría, también enfermería y lugar del teléfono, que todos usaban, daba cuenta de la lejanía. Guandacol queda del lado de acá de la "Cuesta de Miranda". El lado pobre hasta en paisajes.
Nunca llovía en Guandacol. Cuatro cerros guardaban el pueblito. Cruzar esas montañas que tenían los mismos tajos desde el terremoto de San Juan era mirar el porqué de muchos abandonos. El piso de Guandacol tenía una mínima proporción de Uranio, las pilas duraban poco menos que nada. Los cerros espantaban las nubes.
Un hombre era dueño del surgente y vendía el agua por horas o medias horas a cada finca mínima donde una uva mezquina y fuerte se criaba. Sin pago del agua no había cultivos. La mejor imagen es el eje de una rueda de carreta. Giraba la rueda y el agua se iba por la acequia hasta quien la había pagado.
Un bicho de la luz, un cascarudo gigante, del tamaño de media mano, se apoyó en la espalda de Gianni la noche del 31, en el patio delante de la Iglesia. Sacámelo fue su única palabra. No habló en toda la cena de fin de año. El cura Ramos no era de rezar mucho. Dio la misa y vino a comer. Chivito muy seco, ensalada de algunas hojas verdes que no comimos y un pan dulce escaso de frutas y de blanduras. Yo coca cola.
Hacia arriba una mina de plata abandonada, como las que se ven en todas las películas yanquis. Con las zorras, los rieles de trocha angosta, las barracas. Cuando no hubo mas plata se fueron, nos dijo el cura. Por allí hacían caminatas los chicos de entre 17 y 22 años. Entrenamiento, nos dijo uno de sus líderes.
Mas allá "el zapallar". Tres casuchas de tres familias en el predio. Una larga extensión de por lo menos dos canchas de fútbol con zapallos salvajes, de todos los tamaños. La gente viene y los corta, dijo el cura y avisó: "De El Zapallar hacia arriba un paso de contrabandistas que hace muuuucho (estiraba la vocal ex profeso) servía para escapar a Chile en estas épocas, en el verano. Ahora no vamos a ir, es una excursión que haremos con los muchachos.
Por ese camino de ripio rebelde unos camiones llevaban y traían hombres y muchachos hirsutos, silenciosos, que venían a pasar fin de año con los suyos. "Son los retameros"... aclaró. ("Retama. Nativa del noroeste de África y de la Península ibérica. Es xerófila, tolerante a los fríos invernales y a los calores estivales; puede vegetar tanto en suelos calizos como en silíceos desde 0 a 400 ms. Puede formar matorrales muy extensos ...")
Averigüé el significado al volver. Los retameros mueren de tuberculosis antes de los 40 años. Cortan y cortan esas hojas como tubitos, los tiran en ollas inmensas donde la cera que cubre esas hojas sube al hervir, la pescan con largas cucharas, las tiran en tumbas del tamaño de un cajón de manzanas, cuando se enfría recogen esos ladrillones. Las acomodan en el camión. A los 10 días vuelven a su casa. Comieron fideos y tomaron mate cocido a la mañana la tarde y la noche. Durmieron bajo el camión. Esa cera vegetal es la que rebajada, con un 4 a 5 % real, forma parte de lo que se llama..." cera vegetal".
Le pregunté al cura Ramos si pensaba hacer algo para defender esa explotación. Si, me dijo. Con los chicos estamos preparando un mundo nuevo, mas justo. Donde no haya ni retameros ni juntadores de leña como únicos oficios. Donde no se venda el agua, pregunté. Eso también, me contestó. Hasta los dichos eran otros. Por estos pagos lo que mata es la humedad. Allá no. Al menos en 1970.

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