OPINIÔN

El fantasma del golpe de Estado

Hay sectores de ultraderecha enquistados en la política argentina que tienen objetivos destituyentes. Intrigas, pasiones, odios y amores en un país dividido. Un poco de historia.

Sábado 26 de Septiembre de 2020

Un país siempre complicado y dividido políticamente como la Argentina da lugar a un sinnúmero de especulaciones sobre su futuro. Por primera vez la causa principal es exógena, es decir una pandemia que hace meses mantiene en vilo al mundo y que aún se desconoce cuándo terminará y qué consecuencias dejará.

Se podrá estar a favor o en contra de las medidas sanitarias dispuestas por los tres niveles de gobiernos, nacional, provincial o municipal, pero si se sigue con atención lo que ocurre en otros países hay marchas y contramarchas, ninguno sabe con qué armas precisas enfrentar al virus.

Sin embargo, además de la pandemia, la Argentina vive sacudida por intrigas, pasiones políticas, odios y amores que confunden tanto a la sociedad que hasta incluso un ex presidente, lúcido o perturbado, ha pronosticado la posibilidad de un golpe militar.

A los pocos días, varias decenas de policías bonaerenses, que seguramente han visto reducidos sus ingresos por la caída de la actividad económica y la imposibilidad de recaudar por izquierda, fueron con sus armas a reclamar mejores salarios a la quinta presidencial de Olivos. También hay gente que protesta contra las restricciones sanitarias, se opone a la intervención estatal de Vicentin o abomina de un proyecto, extemporáneo, de reforma judicial. Hay muchos que seguramente quieren que un gobierno que recién comienza termine como la Alianza que lideró De la Rúa y otros que exigen al peronismo que profundice las medidas en torno a lo prometido en la campaña electoral. En el medio, se suma un insólito procedimiento judicial, cuyo costo político paga el gobierno, para saber si el ex presidente Macri violó la cuarentena.

Pero nada de esto se parece a un golpe militar clásico de la década del 70 porque eso ya es historia. La destitución de los gobiernos democráticos en el siglo XXI va de la mano de otras acciones, económicas, psicológicas, judiciales y de comunicación de masas. La influencia de un mundo conectado a través de internet hace posible la aparición de acciones destituyentes ya no sólo contra gobiernos sino que también afectan a candidatos presidenciales, como las informaciones falsas sobre Hillary Clinton que entorpecieron su carrera hacia la Casa Blanca.

El mundo globalizado y la tecnología permiten la rápida viralización de distintas situaciones que en el siglo pasado comprendían más esfuerzo y más tiempo, sean revoluciones de izquierda o el nacimiento del fascismo.

En abril de 1917 y ya con el último zar de Rusia, Nicolás II, fuera del poder, Lenin llegó a San Petersburgo, la capital de entonces. Viajó en tren desde Zurich sólo con 31 exiliados políticos hacia un enorme país que se desmembraba por la guerra y el caos social. Ocho meses después, en octubre, los bolcheviques tomaron el control del gobierno, pero recién en 1922 y tras una guerra civil se formó la URSS, que duró casi 70 años. “Hay décadas en las que no pasa nada y semanas en las que pasan décadas”, es una frase atribuida a Lenin.

En marzo de 1919, el ex socialista Benito Mussolini fundó el movimiento fascista durante un acto público en la plaza San Sepolcro de Milán. Había entre cincuenta y ciento cincuenta personas en el acto. Tres años después organizó la Marcha sobre Roma y el rey Víctor Manuel III le encargó que formara gobierno. La historia que sigue es conocida, hasta que el 28 de abril de 1945 el “Duce” fue detenido junto a su amante Clara Petacci. Fueron fusilados por los partisanos italianos y sus cuerpos colgados de los pies y exhibidos al público en Milán.

Un día después, su aliado Adolf Hitler se casaba con Eva Braun y a las pocas horas se suicidarían. Fue el fin de una historia política y criminal que había comenzado décadas atrás y gestada lentamente. En 1928, cuando el partido nacionalsocialista alemán fue autorizado por primera vez a participar en las elecciones obtuvo un magro 2,63% de los votos. En 1930, el 18,25% y en 1932, el 37,27%. Hitler fue nombrado canciller del Reich el 30 de enero de 1933 y a los dos meses ganó las elecciones con el 43,91% de los votos. Pero el “Reich de los mil años” sólo duró doce.

Los militares y civiles argentinos que participaron del último golpe en la Argentina lo venían preparando desde hacía tiempo. “Fue el golpe más anunciado de la historia”, confesó años después Jörg Kastl, el embajador alemán en Buenos Aires en 1976. Le siguieron siete años de terror.

La moderna construcción política destituyente difiere totalmente de los ejemplos de la historia del siglo pasado. Hoy, en Occidente, no podría existir censura a la prensa porque la información fluiría por redes sociales. Los centros clandestinos de detención de la dictadura argentina, por ejemplo, no hubieran podidos ser mantenidos en secreto por mucho tiempo. Sin embargo, en otras partes del mundo todavía permanece intacto el ocultamiento de la información. En Arabia Saudita, por ejemplo, sigue férreo el control de las redes sociales. Raif Badawi es un joven bloguero que fue condenado en 2012 a diez años de cárcel y mil latigazos por “insultar al islam”, apostasía y difundir información crítica sobre la política del reino.

El peligro de las construcciones políticas anárquicas, como se está viendo en el país, es aprovechado por sectores que son realmente destituyentes de los gobiernos democráticos. No habría que minimizarlos porque incluso también existen dentro de la estructura del propio movimiento político gobernante. En Francia, por ejemplo, las protestas de los “chalecos amarillos” convocadas a través de las redes sociales contra el aumento del combustible derivaron en violencia y agruparon a la ultraderecha racista y xenófoba.

En la Argentina hay sectores fanáticos y de ultraderecha que apuestan a terminar con la democracia. No son mayoría pero se enquistan en el oficialismo y la oposición. Hay que neutralizarlos por el bien del país.

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