OPINIÓN

El discurso político y las palabras innecesarias

Expresiones poco felices, agresiones verbales, promesas irrealizables y pronósticos incumplidos son una característica que se repite.

Sábado 24 de Abril de 2021

El análisis del discurso político lleva años de estudio, investigación, lecturas de especialistas y una actualización permanente. Hay casos más difíciles de interpretar que otros, como por ejemplo Jair Bolsonaro en Brasil o Donald Trump en Estados Unidos, como presidente o ahora en la oposición.

El efecto político de las palabras de los gobernantes, que no necesariamente tienen que ser intelectuales, es tan importante y movilizador en la sociedad que puede promover conductas impensadas.

Si Joe Biden asegura públicamente que el presidente ruso Vladimir Putin es un asesino, tal vez podría recrear en la mentalidad de un norteamericano medio, no muy atento a la política, la sensación de que la Guerra Fría no ha terminado y que un ataque con misiles a su país podría ser algo verosímil. Sobre todo si se informa por los medios de comunicación afines al Partido Republicano. Si Trump, cuando fue presidente, defendió la “libertad” de los ciudadanos de su país para comprar armas de guerra en supermercados pese a las cada vez más frecuentes matanzas en lugares públicos a manos de desvariados mentales, enviaba un mensaje de “violencia permitida” y validada desde el poder.

El ex presidente de Italia Silvio Berlusconi en una conversación con un periodista, que quedó grabada y se hizo pública, se había referido a la canciller alemana Angela Merkel como la “culona inchiavabile” (no es necesaria la traducción). Vulgaridad, violencia de género y sobre todo estupidez denota esa frase que recorrió el mundo.

Para el también italiano Umberto Eco (1932-2016), semiólogo y escritor, “hay sólo dos maneras en que la política puede apoyarse en la contribución de los intelectuales”. En un texto que publicó hace varios años en la revista Bloghemia fue concluyente: “Si son auténticos intelectuales -es decir, creativos-, deben parir y expresar ideas interesantes y, por lo tanto, el político puede limitarse a leerlas. Pero puede suceder también que el político advierta que, sobre algunos asuntos, ni él ni los demás tienen las ideas claras -o no saben lo suficiente- y, entonces, el buen político solicitará profundización y nuevas ideas sobre el tema a los intelectuales. Esto es todo. Lo demás, que el intelectual sea miembro de un partido o trabaje como periodista, no tiene nada que ver con su papel específico. Porque, en el fondo, el intelectual es un ciudadano como los demás que desea poner su competencia profesional al servicio de su grupo. Si fuese albañil, trabajaría gratis en sus horas libres para reparar las grietas de la sede del partido”, explicó.

Si observamos lo que ocurre en nuestro país, el discurso de los políticos está cargado, a veces, de improvisaciones innecesarias que finalmente se transforman en pérdida de apoyo popular. Le ocurrió la semana pasada al presidente Alberto Fernández cuando mencionó que el sistema de salud se había “relajado” ante la temporal baja de casos de Covid-19 y la consiguiente mayor atención de otros tipos de patologías habituales. Más allá de las explicaciones semánticas posteriores y hasta el pedido de disculpas, el presidente se ganó el repudio de buena parte de los profesionales de salud por unas frases sin dudas poco felices.

Pero Fernández no fue el único ni será el último. Su antecesor, Mauricio Macri, será siempre recordado, sobre todo por los formados en la universidad estatal, cuando habló de la inequidad de los que pueden recibir educación privada y los que tienen que “caer en la escuela pública”. Tampoco nadie olvidará cuando con júbilo y en medio de la política de cielos abiertos y el auge de las empresas lowcost anunció que se podría viajar a Londres “por sólo 400 dólares”. Fue un mensaje para el sector minoritario que puede pasear por el extranjero, no para la mayoría de los argentinos.

Cristina Kirchner no se quedó atrás en frases célebres durante sus dos mandatos. Por cadena nacional había calificado de “abuelito amarrete” a un abogado que interpuso un recurso contra el cepo cambiario para regalarle diez dólares a su nieto. También cuando les quiso dar lecciones a las autoridades de Mercedes Benz Argentina sobre el porqué del surgimiento del nazismo en Alemania. En dos frases simplificó un período estudiado desde hace décadas en profundidad por historiadores e investigadores de todo el mundo y del que aún hoy se sigue profundizando el análisis a raíz de su gran complejidad.

En su corto mandato Eduardo Duhalde, tras la crisis del 2001, formuló una promesa que se la llevó el viento en relación con los depósitos bancarios retenidos. “El que depositó dólares recibirá dólares, el que depositó pesos recibirá pesos”, había asegurado.

El presidente Fernando de la Rúa había grabado tiempo antes un mensaje televisivo al país que terminó con el ya mítico “qué lindo es dar buenas noticias”. Se refería al “blindaje” del FMI con un préstamo multimillonario para sostener la economía. “A partir de esta extraordinaria operación económica podremos crecer espectacularmente y comenzar a generar los empleos que necesitamos. Ahora nos toca crecer mucho, trabajar mucho y hablar menos. Yo no tomo medidas que sean pan para hoy y hambre para mañana”, enfatizó. Lo que siguió después, que incluyó su renuncia, es más que conocido.

Menem había prometido durante su presidencia, entre otras cosas además de la revolución productiva y el salariazo, que a través de un cohete que posiblemente se lanzaría desde Córdoba se podría alcanzar la estratósfera y llegar a Japón en pocas horas o también a algún planeta donde se detectara vida. Y mucho más atrás en el tiempo todavía resuenan las palabras de varios ministros de Economía: “el que apuesta al dólar pierde”, “les hablé a los mercados con el corazón y me contestaron con el bolsillo” o “hay que pasar el invierno”.

Cada lector seguramente recordará otras “frases célebres” de los gobernantes argentinos y también del extranjero, quienes deberían tener la capacidad intelectual y política necesaria para no generar incertidumbre, temor o prometer proezas irrealizables.

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