Opinión

El Brigadier y la primera Constitución

Historia. Un texto que Estanislao López impulsó hace 200 años rigió los destinos políticos de la provincia desde 1819 hasta su reforma en 1841.

Miércoles 26 de Junio de 2019

Hablar del Brigadier Estanislao López y del texto por él impulsado y que se convirtió, hace doscientos años, en la primera Constitución provincial de Santa Fe, pionera en esta materia en el orden nacional, significa casi hablar de una misma cosa.

En rigor, López, que no fue el primer gobernador pero sí quién más estuvo en el cargo, dado que asumió en 1818 para sólo dejarlo con su muerte veinte años después, lejos de pretender imponer un texto constitucional puso particular empeño en que su letra y espíritu fueran expresión real de la realidad santafesina en aquellos años convulsos de guerras civiles entre los argentinos. Sin olvidar dejar sentado en ese molde ideales y anhelos colectivos presentes en el pueblo santafesino.

No es casual que todos reconozcan en él la figura arquetípica del caudillo. Palabra que, por desconocimiento o por malicia, fue desacreditada por la historia liberal tan afecta en ver en los funcionarios meros representantes y no intérpretes populares.

De origen humilde, llevaba el apellido de su madre, María Antonia López y pese a que posteriormente ésta se casara con quien era el padre del caudillo, el Brigadier conservó durante toda su vida el apellido materno, lo que motiva que el historiador Fernando Sabsay afirmara que ese aspecto parecía "no revestir en aquella época la importancia que con el correr del tiempo se le otorgó". Aprendió a leer y escribir en la escuela anexa al convento de los padres franciscanos en la ciudad de Santa Fe. En su juventud, ingresó al cuerpo de Blandengues, milicia armada que custodiaba las poblaciones de ocasionales ataques de los indios y que atraía el entusiasmo de muchos jóvenes. Fue para él una escuela de vida, forjó una personalidad recia y austera, disciplinada y astuta para el combate a campo abierto.

En 1811, al pasar Belgrano por Santa Fe rumbo al Paraguay adonde lo había destinado la Primera Junta, López no duda en incorporarse como sargento al cuerpo expedicionario. Tras la derrota sufrida por los revolucionarios en Paraguarí, fue tomado prisionero por los realistas y conducido a bordo del navío Flora hasta el puerto de Montevideo. La fragata estaba fondeada a una cierta distancia del puerto y la noche del 5 de octubre de 1811 López saltó, nadó hasta la costa y llegó al campamento de las tropas que al mando del General José Rondeau sitiaban la capital oriental. Paradojas de la historia: nueve años después, López y Rondeau se enfrentarían cara a cara en la decisiva batalla de Cepeda, al sur de Santa Fe. López y el entrerriano Ramírez al frente de las tropas federales, y Rondeau en su cargo de Director Supremo, al frente de las tropas directoriales, integradas en su mayoría por soldados porteños. El resultado fue un triunfo aplastante de los caudillos provinciales.

López había sido elegido gobernador en 1818 y era consciente de la urgente necesidad de reconstruir una provincia destrozada tras años de guerras civiles. El Estatuto provincial de 1819 tendrá una gran virtud, que le permitirá regir la vida política e institucional hasta su reforma en 1841. A diferencia de la tendencia unitaria, proclive a copiar textos ideales extranjeros pero poco adaptables a las realidades locales, nuestra primera Constitución fue de la realidad a la letra del texto, procurando que ésta sea siempre un fiel reflejo de aquella. La han criticado porque no establecía en sentido estricto la clásica división de poderes con la tríada ejecutivo-legislativo-judicial. Dato que no autoriza a afirmar que en ella no esté presente la idea de balance de los distintos poderes fácticos locales.

La Constitución de 1819 establecía que "todo americano es ciudadano" de la provincia y menciona la "causa general de la América", en sintonía con la visión de conjunto que era propia del federalismo de la época, que veía en los procesos emancipatorios que se desarrollaban no como el fin de un proceso sino como el preámbulo necesario de la Constitución de un gran Estado sudamericano, integrado por distintas naciones. Era el sueño de San Martín y Bolívar, y al que en líneas generales los caudillos al frente de los federalismos provinciales adherían.

La soberanía residía originariamente en el pueblo y éste la delega en quienes habrán de ser sus representantes, a quienes el texto llama comisarios, disponiendo que habría ocho por la ciudad Capital, dos por Rosario, uno por Coronda y otro por San José del Rincón, teniendo en cuenta la distribución proporcional de la escasa población de entonces.

El gobierno es ejercido por el gobernador-caudillo, quien era proclamado tal por los comisarios a quienes y que a su vez eran elegidos por sufragio universal. Duraba dos años en el cargo y, una vez concluido su mandato, "dará cuenta de su Administración ante su sucesor".

El Estatuto reconoce la existencia de los cabildos como entidad representativa de los vecinos de las principales ciudades. Aunque en los hechos se limitaba a la ciudad de Santa Fe, que era la única que poseía un cabildo.

Es cierto que en esta Constitución no existía una división de poderes en el sentido clásico. En cierto sentido es una Constitución paternalista en la que la figura del gobernador-caudillo posee facultades que exceden las que hoy podríamos reconocer en un gobernador. Pero no es menos cierto que en la sección "Seguridad individual" se enumeraban muchos de los que hoy llamaríamos "declaraciones, derechos y garantías", a tono con la época.

Los últimos años del Brigadier lo tuvieron como protagonista no sólo de su pago chico sino de la vida institucional argentina. Concertó en 1831, con el gobernador de la provincia de Buenos Aires, Juan Manuel de Rosas, las cláusulas de lo que se conocerá como Pacto Federal, firmado en la ciudad de Santa Fe por ambas provincias, además de Entre Ríos, pacto al que luego adherirán todas las restantes provincias y que rigió la vida política nacional hasta 1853.

El hombre de origen sencillo, que llevó orgulloso el apellido materno y que supo ganarse a fuerza de coraje y coherencia de vida el corazón de todo un pueblo, murió el 15 de junio de 1838 en Santa Fe. Pidió como mortaja el humilde sayal de los franciscanos y descansa desde entonces en la iglesia de San Francisco.

(*) Director del Centro de Estudios de Historia Constitucional Argentina "Dr. Sergio Díaz de Brito", Facultad de Derecho, UNR.

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