Opinión

Canillita

Una de las primeras ventas, de las pocas que hice en mi vida, ya que pertenezco a la mitad del mundo que es "compradora" (la otra mitad es la que sabe hacer las cosa) una de las primeras ventas fue la de revistas usadas en la puerta del cine del barrio y tenían un solo objetivo: juntar el dinero para la entrada.

Jueves 10 de Mayo de 2018

Una de las primeras ventas, de las pocas que hice en mi vida, ya que pertenezco a la mitad del mundo que es "compradora" (la otra mitad es la que sabe hacer las cosa) una de las primeras ventas fue la de revistas usadas en la puerta del cine del barrio y tenían un solo objetivo: juntar el dinero para la entrada. No era un trabajo individual, el coraje entre varios es mas fácil y la mitad era caradurismo que, entre muchos, también puede disimularse.
Monedas para la entrada a la matiné del cine del barrio, tres películas. Ninguna de llorar. Dramas en ese cine y en ese barrio solo a la noche y algunas veces, pero no era nuestro cine en esas noches y en esas oportunidades, nosotros, por si hace falta recordarlo, no íbamos al cine en las noches.
Hace poco un prestigioso profesional de la salud me recordaba que en sus y mis épocas de estudiante mantuve, por un tiempo, un sub kiosco frente a la facultad de medicina, ya que era parte de una de las "paradas". Las "paradas" de los kioscos de diarios y revistas, como las de las farmacias y los metros de distancia entre una y otras, eran y deben seguir siendo respetadas.
A veces se arman líos con esas cosas. La venta callejera tiene lo suyo, como corresponde al riesgo de la calle, pero tiene un código que antes existía y hoy estoy demasiado cansado para averiguar si se mantiene, pero en el siglo XXI se han olvidado tantas cosas codificadas en libracos que un código de la calle puede, como no, haber desaparecido ante la desesperación, la desconfianza, el desparpajo y la impunidad. No lo sé.
Nosotros vendíamos revistas usadas en la puerta del cine y fue esa y no la de estudiante universitario, la primera venta como canillita ocasional de los Rico Tipo, Patoruzú, Frontera, Hora Cero, Leoplán y Selecciones, que portaba hasta las escalinatas al lado de la boletería. Inútil esfuerzo estas dos últimas, porque nadie las compraba. Eran revistas de lectura y ¿quien compra, para distraerse, revistas de lecturas? Nadie. Ya entonces no las compraba nadie en las puertas de los cines.
El trabajo esforzado de canilla con el cinturón de cuero cruzado y la pila de diarios, como pesada carga entre los brazos, no fue un trabajo mío pero recuerdo varios canillitas especiales.
El papá de "santiaguito" en Corrientes y Córdoba, antes que "Marito" Casanova, secretario en la Intendencia durante la administración Natale, los corriese hacia dentro de La Peatonal, perdiendo la codiciada "venta del auto al paso" en esa esquina donde nadie choca pero todo el mundo se encuentra. En esos años se dejaba el dinero de la compra del diario en una lata o en un plato y nadie se la robaba. Já.
Otro kiosco especial era el de Corrientes y San Lorenzo, de "Vicente", el ciego (creo que, como Borges, veía luminosidades, pero era ciego real, había que dejarle la plata en la mano y pedirle el vuelto) En ése kiosco, al costado de "El Sibarita", el restaurante de la esquina, compraba el periódico "Propósitos" de Leónidas Barletta, que llegaba cuando su dueño, propietario y director juntaba el dinero para publicarlo allá en Buenos Aires y luego la posibilidad de repartirlo, casi con seguridad por generosidad de esos, los distribuidores de diarios y Revistas. Era un periódico emocionalmente revolucionario y claramente romántico. Vicente llegó a fiármelo.
Otro canillita especial era el dueño de un vozarrón que en la Estación Rosario Central, donde termina Calle Corrientes, "voseaba" La Razón. Antes Tribuna y Crónica, los dos vespertinos mas conocidos de la ciudad. Era un muchacho rubio y de baja estatura, que caminaba por los tres andenes de ésa estación de trenes suburbanos. Paseaba de ida y vuelta por los andenes con esa voz, tan particular, de quien tiene que acomodar la garganta a la repetición monótona y necesaria. Muchas veces y bien fuerte, para que se oiga y convenza, que allí está la venta. Quien no oye nunca será convencido.
Una historia, que no por posible es menos deliciosa, cuenta que era un estudiante de medicina que se pagaba los estudios con ese oficio y esos dineros de lunes a viernes; los fines de semana los trenes suburbanos tenían menos frecuencias. Hoy con los colectivos sucede algo similar.
Ese estudiante, en una de las manifestaciones por razones de ése tipo, estudiantiles, fue preso a la comisaría de Calle Caferata, jurisdicción de la Facultad de Medicina. Llegada la noche el joven pidió una manta y un libro: la Biblia. Hijo de una familia "protestante" esa era la lectura que eligió para la noche en la celda de la comisaría hasta que, a la mañana siguiente, fuese liberado. El cuento, para que sea completo, incluye al hermano del canillita quien, para pagarse sus propios estudios, era "boletero" en un cine del centro y que decía, luego de remplazarlo esta tarde de la manifestación: vendí menos. Mi hermano es mas petiso, pero su voz es mas convincente.
No tienen moralejas los recuerdos, solo distancias que vuelven agradables aún las espinas. Era una ciudad de un país que metía presos a los estudiantes, pero sólo hasta la mañana siguiente, tiempos en que se podían pagar los estudios vendiendo diarios por las calles y época de trenes suburbanos, trenes que alteraban todas las salidas de la ciudad ( mas de 20 trenes diarios) sin que nadie se enojase por el atoramiento de horas y horas en Cruce Alberdi. Recuerdos que incluyen un canillita, al menos uno, que estando preso pidió que le alcanzasen, para pasar la noche, el Antiguo Testamento.

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