Domingo 03 de Junio de 2018

El andén es una bifurcación, un sitio donde las aguas se dividen. Si se lo mira bien es una grieta. En el andén lo que vale es la despedida. También una decisión: me subo al tren o me quedo con el pañuelito saludando.... En el andén.

Muchos amores y muchas definiciones tienen el andén como su centro. Se va y yo me quedo. Me voy y no volveré.

El andén en Rosario es Rosario Norte. Era. En las estaciones de colectivos suburbanos y de larga distancia les dicen "dársenas". Y en los puertos es otro el paisaje.

El andén de Rosario Norte, aún en su momento de mayor esplendor, con los trenes que iban y venían con Retiro (Buenos Aires) como el otro destino, incluyendo los suburbanos, era y es un anden de desolación. Abierto hacia ambos lados. Es un andén de paso, no de llegada. En los veranos dejaba que llegase todo el calor y los olores de la costa. En invierno no dejaba fuera ni un mínimo vientito. El andén era desolación.

Esperar en un andén la llegada de alguien tiene significados personales que cada uno recordará, pero no es el andén de las despedidas. Un encuentro siempre es un comienzo y los comienzos son siempre esperanzas. Un andén de despedidas es como dice el Hugo Diz ("Tristezas dejadas en los andenes")

No hay escena de película con lejanías y tristezas que no incluya una despedida, un andén, un tren , el silbato del tren que parte y uno allí, saludando a quien de a poco desaparece. En ese instante uno mira sin ver al de al lado y una suerte de tristeza comunitaria cubre todo el sitio.

Es fácil de entender la metáfora porque no es tan metafórico que en determinado momento pasa el tren, se detiene y uno sube o no, pero sabrá toda la vida que pasó el tren y uno se subió o se quedó, sin posibilidad de reclamo en la ventanilla.

Esa estación de Rosario Norte alberga tantas tristezas como ilusiones, tantas llegadas que uno no puede contarlas sino por lo que pasó después con cada uno, mas allá del andén.

Esa metáfora, la de quedarse en el andén o subirse al tren, tiene momentos diferentes, pero todos la entienden. Una guerrilla, una sucursal, una novia, una amante, una incierta lejanía, que siempre es incierta y quien se quiso quedar recordará, toda su vida, que pasó el tren, se detuvo y uno se quedó en el andén, porque el asunto es este: no se puede, sinceramente no se puede, andar todo el tiempo con un pié en el tren y otro en el andén. Un instante, un solo instante y el tren toma velocidad y uno se quedó arriba o se bajó.

El andén bifurca, define, recuerda a todos que en cada oportunidad definitiva hay un tren que pasa y alguien que saluda.

Alfonso Alonso Aragón, justamente enaltecido, llegaba sobre el mediodía, todos los días, a Rosario Norte y vigilaba si los trenes llegaban y salían a horario, sabía con precisión de minutos como estaban circulando. Miraba y se iba. Nunca esperó a nadie y nadie lo esperaba. Estoy hablando de quien se disfrazaba de Rey del Carnaval todos los años. Estoy hablando de un "loco lindo", habitante de una ciudad que festejaba carnavales populares.

El mundo, la ciudad, ya no tiene tantos andenes para vigilar los horarios, como Alfonso Alonso Aragón y su cartelito plástico en el saco raído: "Poeta". Es de otra dimensión lo suyo.

El andén no. En cada día la ciudad, el barrio, la calle, los diarios traen la metáfora para que la resolvamos. Siempre parte un tren y siempre nos da la oportunidad de subirnos, o quedarnos saludando en el andén: eso si. Sin arrepentimientos. En Argentina no podemos decir la frase que justifica: es la última vez que pasa el tren. No. Mañana hay otro. Siempre.

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