Opinión

Actos

La primera vez que me invitaron a un acto fue durante la década del 50/60. Cuba y Fidel, la convocatoria.

Sábado 07 de Julio de 2018

La primera vez que me invitaron a un acto fue durante la década del 50/60. Cuba y Fidel, la convocatoria. En otra oportunidad, en la misma década la "Ley de enseñanza libre" que ya fue recordada. Decisión política del gobierno encabezado por don Arturo Frondizi.

Las invitaciones a aquellos actos relámpagos no diferirá mucho (supongo) de las que ahora convocan en esquinas céntricas, en horarios concurridísimos, a protestar por algo.

La base de los actos es expresar. Expresar un enojo, un repudio, una queja. La conformidad con los sucesos no invita a manifestarse. Es por eso que antes, como ahora, cuando la manifestación es pro positiva hay que convocarla con tiempo y con alicientes. Todos los actos con artistas tienden a eso, a asegurarse concurrencia.

Antes no hacíamos los actos pensando en el horario de cierre de los diarios, los servicios informativos y la superposición con alguna otra cuestión pública que impidiese la llegada de los periodistas.

Concurrir a un acto era y es llegar a un sitio donde el afecto es común, el motivo el mismo y los discursos, papeles, pancartas se corresponden con un sentimiento similar. Es un encuentro de los iguales.

Aquellos a los que concurría tenían mucho de moción de anhelo. Básicamente el "que vuelva Perón" fue el eje por 18 años. Desde 1955 a 1973. Y los que no iban a los actos durante ese tiempo estaban enrolados en el "que me importa si no vuelve" o "mejor que no vuelva".

Desde obras teatrales como "El avión negro" por una lejana y tonta (ahora parece tonta) leyenda que Perón volvería en un avión negro, hasta la significación de una frase que resumía demasiadas cosas: "luche y vuelve".

Las dos marchas que conocí fueron en la literatura. La marcha en Brasil y la " Larga marcha" en China. Prestes y Getulio Vargas. Mao Tsé Tung. Escribo estos nombres y cuento estas cosas y no se, verdaderamente no lo se, hasta que punto horado la piedra recordándolos. Algo es cierto. Siguen las marchas, las quejas, las largas caminatas por el territorio, las vigilias, los acampes. Parecería que sigue intacto el afán de protestar o peor: que siempre aparecen cuestiones que llevan a la protesta. En definitiva: protestar es parte de estar vivo como individuo y como sociedad.

Sigue siendo una de las mas bellas anécdotas la de un muchacho de aquellos que, como yo, venía por su primera juventud en aquella década. Años como se ha dicho, de manifestaciones, pintadas, corridas con la policía (nosotros y ellos enfrentados, pero con una presunción de inocencia y de roles que se ha distorsionado demasiado). El pato", ese su sobrenombre, se quedó, durante toda una larga huelga, leyendo tres tomos de una historia de la revolución mejicana. Un tema apasionante aquel de principios del siglo XX, las cruces, los generales populares, las revueltas con pistolas y con ideas. El caso mejicano era una verdadera novela si no fuese que era realidad. Al retorno de un mes de actos relámpagos, banderas, pintadas y mas pintadas por la ciudad en la casa común de los estudiantes el reproche fue de todos. "Pato" no te podés quedar adentro con esos libros, pasan cosas en la calle..." Estamos haciendo cosas, pato, y vos aquí...

A la mañana siguiente en las paredes cercanas a aquella casa / pensión de estudiantes, una "pintada" insistía: "Libertad a El Pato Bianchi y 20 detenidos mas".

La culpa había calado hondo. "El pato" sintió que debía acompañar la protesta. Aclaración: su apellido no es el que se escribe por obvias razones de recato. El sobrenombre si.

Reflexión: hay muchos "patos" que se suman a la queja y pintan la pared de su casa pero como lo supe desde entonces: eso no es protestar.

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