mas

¿Perseguir lo justo o querer tener razón?

Qué se pone en juego en una pelea. Aunque parece que la búsqueda de la verdad es el objetivo, muchas veces sólo se intenta imponer el punto de vista propio y ganar la batalla. ¿Vale la pena?

Domingo 15 de Abril de 2018

Siete y media de la tarde. Todavía se filtra algún tajo de luz por la ventana del viejo bar. Se veía venir —la cara de ella hace rato anticipaba este capítulo—. La discusión se desata entre esos dos jóvenes que, por ahora, son pareja. No puedo ver el rostro de él porque me da la espalda, pero lo puedo imaginar, mucho más cuando un golpe en la mesa, incluso habiendo sido contenido, hace saltar el pocillo de café.

Un punto de disenso: así empieza toda pelea. Las exposiciones de una y otra persona parecen gozar al principio de un aire diplomático. Hay tiempo para que uno hable mientras el otro escucha y luego se intercambian los roles. Se trata de un debate en el que ambas partes pueden expresarse mientras el otro atiende con franca apertura. No hay una intención de refutar el planteo ajeno sino de encontrar ese punto que más se arrima a la verdad o lo justo.

Los sentimientos son considerados y puestos sobre la mesa pero nunca su calor altera el buen clima de la conversación. Lejos de esto, entonan la atmósfera ideal: hay cercanía, comprensión y empatía. Pero en algún momento, una palabra parece salirse de este carril.

Cuánto tiempo pasa hasta que los modos diplomáticos pierden su contorno, no lo sé. La duración de esta fase depende de la posibilidad de ambas personas de gestionar sus emociones para que la tolerancia y la razón no pierdan el lugar, o dicho de un modo menos académico, depende del largo de la mecha de esas personas. Entonces, alguno de los dos dice algo con cierto tono de acusación, o quizás así lo interpreta el otro. Esas palabras dan justo en el centro: la mecha se enciende. En ese instante parece que algo se trastoca en la forma de marchar del cerebro: la agitación mental y los cambios en la actitud corporal son la patente de este giro.

El debate se torna más acalorado y el intercambio, rápidamente, se transforma en una discusión. Las palabras se ponen más filosas y el aire se corta en cada movimiento. El tono es más alto. Las emociones se suben al espiral para comenzar a trepar mientras el corazón acompaña apresurando su bombeo. La justicia y la verdad empiezan a borronearse. No estoy seguro de que alguien las esté buscando ahora. Tener razón comienza a erigirse como la misión única del encuentro.

Comunicación interrumpida

Ella está enojada: sus labios están más finos y sus cejas bajaron, como bordeando esos ojos que parecen estar petrificados, clavados en los de él. Los dedos de sus manos dejan ver un fino temblor: la tensión en aumento busca salir por algún lugar. Otra vez él golpea la mesa. La sensación térmica sube a 45º dentro de esa burbuja imaginaria que los une a los dos.

Ni uno ni otro se escuchan, cuanto mucho, dejan lugar para que el otro hable: la comunicación está interrumpida. La anterior apertura y sincera atención cambiaron y cada minuto se hace más hermético. La mente agudiza sus sentidos; busca algún error, alguna falla en el discurso del otro. Su único objetivo es refutar sus palabras para imponer su propia razón. A partir de ahora es mucho más lo que el cerebro repara en los elementos del ambiente que puedan confirmar lo que ya cree o quiere saber —su verdad— que en buscar la información con la que pueda acercarse a esa verdad que pretende vivir ajena a las subjetividades. Y la memoria asiste, trayendo al presente todo material que pueda servir a la construcción del caso.

Así, lo que vale para fortalecer su punto de vista, lo toma, y lo que no, lo deja de lado. La imparcialidad no es ya una actriz invitada a esta fiesta. Las palabras no llegan limpias al receptor, no dicen lo que el emisor pretendió manifestar: antes de ser escuchadas pasan por un filtro, una suerte de parada técnica que las agiganta, las disminuye o las distorsiona para que digan lo que el receptor quiere escuchar. Entonces, en cierto punto, ya da lo mismo lo que el otro diga. Las imprecisiones en el relato del otro son advertidas y resaltadas con miras a desacreditar todo su fundamento. Ganan la escena las omisiones convenientes, la exageración de las propias cosas positivas, el acento en las negativas ajenas. La tendencia a hacer atribuciones externas aumenta considerablemente: los propios errores se justifican como accidentes inmanejables mientras se carga contra la clara intencionalidad de los comportamientos del otro.

Ambos juegan con la culpa, que se mueve como un péndulo entre sus cabezas. La mentira empieza a asomar por la punta de la lengua: cualquier recurso es válido cuando lo único que se quiere es ganar. Sólo importa defender la posición, imponer el propio punto de vista.

Ya no se trata de una conversación ni de un debate o una discusión. Cuando la razón y los fundamentos aplastados por la pasión no tienen ningún sitio, y la misión de uno y otro no es más que defenderse y atacar, protegerse y hacer daño, bien podemos hablar de pelea. Nada bueno puede salir de este punto.

Respirar y empezar de nuevo

No es sencillo gobernar las emociones e impedir que la razón pierda su lugar. Pero es muy importante aprender a hacerlo. De otra manera, cuanto mucho, sólo se ganará alguna batalla...pero la guerra estará perdida. Para los dos.

Si no buscamos acercarnos a la verdad, a lo justo, entendiendo empática y compasivamente la mirada del otro, entonces perdemos todos. A respirar hondo y volver a empezar.

¿Te gustó la nota?

Dejanos tu comentario

script type="text/javascript"> window._taboola = window._taboola || []; _taboola.push({flush: true});