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¿Cómo y por qué se da que el hombre tiene la idea de Dios, de dónde nace esta idea?

El dolor, la impotencia, la muerte “despierta” al hombre religioso y lo lleva a pedir ayuda a Dios. La plenitud total no se halla en este mundo, entonces se busca algo o alguien “fuera de este mundo”.

Lunes 17 de Diciembre de 2012

Hemos visto la semana pasada que la fe, entendida como confiar y aceptar como verdadero lo que no vemos, forma parte de la vida cotidiana del hombre. Vivimos creyendo en nosotros y en los demás. Pero ¿de dónde surge esto de creer en Dios? ¿Cómo y por qué se da que el hombre tiene idea de Dios? ¿De dónde nace esta idea de Dios en el hombre?

Para responder a estas cuestiones vamos a partir de un primer hecho evidente: el hombre siempre ha sido un ser religioso. El “homo religiosus” ha existido siempre, de muchas y variadas formas; y la orientación religiosa del hombre, su búsqueda de lo Divino, ha dejado huellas en todas las culturas de todo los tiempos, incluso las más ancestrales.

Aceptando este hecho, que el hombre es un ser religioso, surgen luego diversas hipótesis para explicar el origen de la idea de Dios en el hombre. Algunos hablan de proyección, otros de represión, otros de pensamiento mágico? No las vamos a discutir porque el modo cómo el hombre llega a formarse la idea de Dios en realidad ni niega ni afirma la existencia de Dios, más bien nos revela una tendencia u orientación que está inscripta en el corazón mismo del hombre. Por eso vamos a escuchar lo que nos dice nuestro propio corazón, nuestra propia experiencia de la realidad.

Ante una mirada serena y silenciosa, lo que descubrimos en nuestro corazón es una orientación innata al bien, a la verdad, a la bondad, a la belleza? a todo lo que pueda hacernos felices. Porque todos buscamos la felicidad, a ella se orientan todos nuestros deseos, proyectos y acciones. ¿Quién no desea ser plenamente feliz? Sin duda que cada uno le pondrá un cartel con un nombre distinto a la felicidad que busca; pero es lo que todos buscamos: ser felices, sentirnos plenos. Y muy posiblemente coincidamos en señalar que nuestra búsqueda de la felicidad se orienta a encontrar a alguien que nos ame de verdad y a quién amar de verdad. Sentimos esta orientación de nuestro corazón, pero en lo concreto, lo que logramos alcanzar son bienes, certezas, cosas indas y buenas; un amor verdadero pero limitado. Y aquí está la clave: la experiencia del límite. Deseamos y buscamos lo ilimitado y sólo está a nuestro alcance lo limitado. Por eso nuestro corazón permanece siempre, en cierto modo, insatisfecho, en búsqueda permanente. En la vivencia del amor estaría la experiencia más profunda y plena de felicidad a la que aspira el hombre.

Todas las experiencias humanas, incluso las más sublimes como el amor, siempre terminan con un deseo, una nostalgia de algo más y mejor. Y es por aquí donde intuimos la existencia de lo ilimitado, de lo perfecto, de lo pleno, de lo total, de Dios. Esta felicidad o plenitud total no la encontramos “en este mundo”, entonces la buscamos en algo o alguien “fuera de este mundo”, o sea algo trascendente, que está más allá de lo que experimentamos cotidianamente. Y así aparece Dios en el horizonte del hombre. Ese grande e incansable buscador de Dios que fue San Agustín lo expresaba con tanta claridad y con tanto sentimiento al inicio de las Confesiones, su autobiografía espiritual escrita en alabanza de Dios: “Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto, hasta que descanse en ti” (I, 1, 1).

Hay también otra experiencia de lo limitado que nos invita a tender, a veces desesperadamente, a lo ilimitado, buscando la ayuda de Dios. Me refiero a la experiencia del dolor, de la impotencia ante las dificultades, ante la injusticia, ante tantas situaciones que ponen de manifiesto nuestros límites.

Por ejemplo en el caso de la enfermedad, propia o ajena, en especial cuando se manifiesta claramente el límite de la ciencia humana, de la medicina, y quedamos a la “intemperie”, sin respuesta y con mucho dolor. En estos momentos el hombre religioso, muchas veces dormido, se despierta y clama a Dios pidiendo ayuda. Y esto vale ante cualquier situación límite que ponga en riesgo nuestra vida y la de nuestros seres queridos. Y hablar de límite nos lleva a hablar de la muerte, porque la muerte es “el” limite del hombre. Y ante ella surge la pregunta espontáneamente: ¿hay algo más después de la muerte?; y de aquí: ¿hay alguien en el más allá? Y en la búsqueda de una respuesta a estas preguntas nos “tropezamos” inevitablemente con la idea de Dios.

Y continuando con las preguntas que el hombre se formula a sí mismo, están aquellas que surgen en cierto momento de la vida y que nos inquietan mucho. Son las que se refieren al sentido de la existencia: “¿Quién soy?”; “¿por qué y para qué vivo?”, “¿de dónde venimos y a dónde vamos?”. Son cuestiones universales, de todo los hombres, pues “estas mismas preguntas las encontramos en los escritos sagrados de Israel, pero aparecen también en los Veda y en los Avesta; las encontramos en los escritos de Confucio e Lao-Tze y en la predicación de los Tirthankara y de Buda; asimismo se encuentran en los poemas de Homero y en las tragedias de Eurípides y Sófocles, así como en los tratados filosóficos de Platón y Aristóteles. Son preguntas que tienen su origen común en la necesidad de sentido que desde siempre acucia el corazón del hombre: de la respuesta que se dé a tales preguntas, en efecto, depende la orientación que se dé a la existencia” (Juan Pablo II, Fides et ratio nº 1).

La pregunta por el sentido de la vida se refiere no tanto a los múltiples sentidos parciales que cada uno puede encontrar en las acciones cotidianas que realiza, sino al sentido que da unidad a todo lo que existe y nos sucede en la experiencia, y que los creyentes llamamos el sentido religioso. Así, esta pregunta nos lleva a buscar una respuesta en lo que nos trasciende, en lo que está por encima y más allá de nosotros, en Dios.

¿Y qué es lo que nos pasa cuando contemplamos la inmensidad del mar, la majestuosidad de unas montañas, la serenidad de un cielo tachonado de estrellas o un paisaje de indescriptible belleza natural? Nos quedamos en silencio, ante la imposibilidad de abarcar lo inabarcable, de expresar lo inexpresable. Es un silencio que invita a escuchar una palabra del “más allá”. La contemplación de estas realidades trasportan nuestro pensamiento hacia la posibilidad de la existencia de lo infinito, de lo majestuosamente bello. Así, cuando el hombre puede escuchar el mensaje de las criaturas y la voz de su conciencia, surge entonces en él la idea de Dios, de un ser que es causa y fin de todo lo que existe, Bondad suprema, Verdad plena, Belleza total.

¿A dónde nos llevan todas estas reflexiones? En primer lugar digamos que no nos llevan ni a la Fe ni al conocimiento de Dios. Sí pueden llevarnos a aceptar la existencia de un Ser Supremo, Absoluto, a quien llamamos Dios. Y también nos lleva a tomar conciencia de que el hombre es un buscador de lo Absoluto, un buscador de Dios, que el hombre es capaz de Dios.

En segundo lugar, que los caminos del hombre hacia Dios son variados y muy personales. Por eso cerremos la reflexión de hoy con una breve y profunda poesía de León Felipe:  

 

Nadie fue ayer ni va hoy,
ni irá mañana hacia Dios
por este mismo camino
que yo voy.
Para cada hombre guarda
un rayo nuevo de luz el sol...
y un camino virgen
Dios.

 

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