“Los chicos tienen esa fantasía de que los escritores somos inalcanzables, enigmáticos y que venimos desde muy lejos”, percibe la autora rosarina Lydia María Carreras cada vez que visita una escuela o mantiene encuentros virtuales con sus lectores. Sus libros narran historias sobre bullying, grooming y trata de personas, entre otras problemáticas que afectan a niños, niñas y adolescentes.
La escritora premiada en España por algunas de sus obras también es profesora de inglés y directora de un instituto de enseñanza en zona sur. Desde un espacio luminoso, uno de sus preferidos para la escritura, recibe a La Capital en su casa, conversa sobre la docencia y la escritura, pasiones que mantiene intactas y siempre la acompañaron. La autora exhibe sus novelas sobre la mesa, y asume que casi todas tienen una anécdota o vivencia para contar.
“Quien escribe suele ser un pescador furtivo que lo hace a diario y sin horarios, que inevitablemente transita su vida escuchando y registrando gestos o palabras. Una buena historia no solo sucede cuando hay inspiración sino también cuando se logra hacer de manera sistemática”, afirma la educadora sobre esta pasión que empezó ganar parte de su tiempo, y logró afianzar hace un poco más de una década cuando se jubiló.
La escritora, madre de cuatro hijos y abuela de siete niños y adolescentes, asegura que la pandemia les abrió la cabeza a las personas de su edad. Como directora de un centro de idiomas admite que debió afrontar el desafío al igual que el resto de su colegas de adaptar las clases a la virtualidad, y que mantuvo por zoom el contacto con las escuelas para seguir conversando sobre sus libros.
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Foto: Sebastián Suárez Meccia
Novelas destacadas
Las cosas perdidas, de Editorial Edelvives obtuvo el primer Premio de Literatura Infantil Ala Delta 2006 y, al año siguiente, otro de sus libros —El juramento de los Centenera—, consiguió el premio Alandar de la misma editorial. Esta historia inspirada en la inmigración se convirtió en un clásico de lectura en las escuelas y conmueve a chicos y grandes.
La diputación de Granada (España) seleccionó recientemente la novela Sé que estás allí (2010) para formar parte de una edición especial contra el acoso. La historia de este libro gira en torno a Rosendo, un niño de 12 años que sufre un problema en las cuerdas vocales que le hace tener voz de pito. Aprende a vivir con eso y la gente a su alrededor lo acepta hasta que llega al colegio y Lautaro, dos años mayor y muy popular empieza a atormentarlo sin que nadie más lo note. Lo obliga a darle cosas, le pone apodos y lo castiga físicamente. Cuando el chico reúne fuerzas y consigue defenderse, ante los ojos de los demás aparece como el acosador. Gracias al apoyo de su padre, Rosendo conseguirá explicar que ha sido la víctima de las bromas crueles y los golpes de Lautaro.
Con una mirada atenta a las problemáticas adolescentes, aborda en otro de sus libros los noviazgos violentos. La autora se refiere también a su publicación más reciente: Un infierno, de Editorial Nube de Tinta. Para escribir esta historia sobre grooming, cuenta que se registró con una identidad falsa en un grupo de chat gratuito que utilizan niños y niñas, una experiencia que reconoce la conmovió profundamente.
—¿En qué momento la escritura se convierte en una búsqueda permanente de registros y palabras?
—Al principio no me animaba a reconocer que me gustaba escribir aunque me resultaba fácil si tenía que redactar un discurso o hacer una carta de amor. El interés fue avanzando con los años, empecé haciendo textos en inglés como parte de las actividades propuestas en clase, aunque el espíritu del escritor lo encontré más tarde en nuestro idioma. Hasta que una de mis hijas me sugirió anotarme en un taller de escritura, y al poco tiempo empecé a presentar mis escritos en diferentes concursos. También tomé clases de escritura con Marcelo Scalona, alguien que me brindó muchas herramientas y Angélica Gorodischer, una mujer que admiro y que guarda intacta esa magia de escritora. Por otro lado, obtener el primer premio por Las cosas perdidas alentó mi proceso de escritura porque era la primera vez que lograba reconocimiento en una novela. Sin embargo no tuvo tanta trascendencia, quizás por tratar la cleptomanía, un tema que causa vergüenza y no se escribe mucho, aunque sucede con bastante frecuencia primero en la casa y luego en la escuela.
—La mayoría de las historias están atravesadas por problemáticas actuales que tienen llegada al lector más joven.
—Cuando escribí hace más de diez años Sé que estás allí, una historia sobre el bullying había poca conciencia entre educadores y familias de lo que significaba ser víctima de un acoso o maltrato, una situación que viví en carne propia durante mi infancia y también me impulsó a tratar el tema. Tenemos que transmitir un mensaje claro a niños y niñas para que puedan pedir ayuda y a los maestros para que se involucren y puedan actuar rápidamente en estos tiempos vertiginosos donde las redes y la pandemia generan mayores riesgos.
—¿Cómo es la participación de los autores locales en las escuelas y el vínculo que se crea con niños, niñas y adolescentes?
—Las maestras generalmente eligen un libro por iniciativa propia o sugerencia de alguna editorial y luego invitan al autor para charlar. En el aula siempre aparecen esos disparadores que proponen los chicos luego de leer el libro y alguien enseguida abre el juego cuando dice “te voy a hacer una pregunta”. Una experiencia que en estos tiempos sostenemos en la virtualidad y que también permite transmitir emociones. Los chicos tienen esa fantasía de que los escritores somos inalcanzables, enigmáticos y que venimos desde muy lejos. Casi siempre se interesan por saber de dónde salió la idea del libro y cómo se trabaja.
—El proceso de escritura transcurre entre pasiones y desafíos ¿cuáles destacaría?
—Cuando surge una idea, una palabra o encontrás la cadencia y la frase es lo más parecido a la felicidad. También ocurre cada vez que se cierra un capítulo. Uno podría pensar que ese sentimiento aparece además cuando el libro se publica, pero no es así porque requiere de un proceso largo que cuando sale ya se lo anunciaste cinco veces a tu familia.
—¿Con qué recursos cuenta hoy un escritor para sorprender e interesar a los más chicos?
—A lo mejor tenés una buena historia pero también tiene que estar escrita de una manera que al chico le llegue. En general, pasa que mientras escribo, leo y reviso repetidas veces, encuentro que el lenguaje de los diálogos es algo importante. Por eso contar con adolescentes en la familia me permite adaptarlos, preguntar si se entienden y confirmar si así hablarían dos chicas, por ejemplo. También el contacto con alumnos y alumnas en el instituto me brinda otras herramientas. A veces las maestras me preguntan si tengo algún mensaje que transmitir y les digo que busco un lector que quede tan atrapado en una historia que no pueda soltar el libro. Para eso escribo.