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La Jornada Mundial de la Juventud dejó una huella imborrable en grupos rosarinos

Ecos de Río de Janeiro. Apenas regresados del evento que convocó al Papa Francisco, algunos peregrinos comentan sus experiencias a lo largo de una semana.

Domingo 04 de Agosto de 2013

Frío, lluvia, esperas interminables, cansancio agotador, noches dormidas en el suelo y nunca agua caliente para una ducha, o para un mate ¿Podrá alguno de los tres millones de jóvenes que participaron de la Jornada Mundial de la Juventud olvidarse de lo que vivió en Rio de Janeiro la semana pasada? Creo que no. No, porque cuando vieron al Papa se olvidaron de todos los inconvenientes. No, porque vieron a un hombre grande hecho un joven alegre. No, porque compartieron una experiencia muy fuerte con millones de coetáneos alegres y felices. No, porque un hombre de blanco les habló en su idioma, en su lengua, los alentó, los escuchó, los llenó de esperanzas. Y no, porque Río brindó lo mejor de sí, la calidez de su gente y un paisaje inolvidable.

Los días de la JMJ pasaron volando. Ya todo terminó. Pero cada día fue vivido con tal intensidad que no podrá borrarse de la historia. La experiencia de sufrir juntos, de creer juntos, de confiar juntos, de bailar, cantar y gritar juntos. Eso no se olvida. Y ni hablar si a esto se le suma la fe, la creencia en que un hombre, el Papa habla de parte del mismo Dios, con una sencillez tan grande que ni el cansancio impide que las palabras no hayan calado en cada uno.

Rio no fue Rio la semana pasada. Los cariocas, acostumbrados a recibir a mucha gente sobre todo en Año Nuevo y carnavales dijeron que vieron gente distinta. "Estos no se drogan, no beben exageradamente, no nos vomitan las calles". Esa fue la gente que abrió su casa para que los peregrinos pudieran ir al baño, porque no alcanzaron los previsto por la JMJ. Y se quedaron fascinados, como una mujer judía que agradeció la forma en que le habían dejado los jóvenes las instalaciones sanitarias de su casa.

Las calles se llenaron de grupos jóvenes que cantaban y bailaban animados por distintos ritmos provenientes de puntos remotos de la Tierra. No había peligros, se podía caminar muy tranquilo por las distintas calles. Y los cariocas se unieron a la fiesta. Con su calidez daban la bienvenida a todos y hasta los choferes se alegraban y se unían a los cantos de los peregrinos que trasladaban.

Pero sin dudas la postal de Copacabana, y el Papa hablando en castellano en esa increíble explanada natural el sábado 31 de julio en la vigilia, ya sin lluvia, fue uno de los momentos más intensos. Ahí no existió más que la iglesia viva con su pastor. Miles, millones de almas estaban unidas bajo el mismo padre, como una pequeña familia. Los jóvenes alternaron cantos, bailes, lágrimas, abrazos. Allí el Papa los hizo rezar, hablar con Dios y meditar en su propia vida. Y los jóvenes respondieron a veces directamente ante las preguntas que hizo el pontífice y otras veces con un profundo silencio para meditar en su interior.

Los jóvenes dieron un testimonio al mundo entero de que la dimensión espiritual existe en el ser humano, mostraron que se pueden superar innumerables inconvenientes y pasar por momentos de sufrimiento cuando se sabe que el premio es grande, y manifestaron, sin palabras, que hay algo más allá que esta tierra, que la vida puede ser mucho más plena cuando se descubre esa libertad interior que está en el corazón de cada uno.

La religión, tantos años tachada de opio de los pueblos, iluminó, relució, fue la estrella de la noche de la mano de un Papa argentino que supo transmitir a Cristo. Cumplió su papel y se lo vio feliz, derrochando esa felicidad por donde estuvo.

Ahora cada uno de estos millones de jóvenes habrá vuelto a su casa y será el momento de recordar aquellas palabras que resonaron en Copacabana: "No balconeen la vida, métanse en ella!, Tengan el valor de ir a contracorriente, Sean cristianos no a medio tiempo, no cristianos de fachada, almidonados, sino auténticos. Jesús quiere que juguemos en su equipo y No se olviden: oración, sacramentos y ayuda a los demás".

Seguramente estarán derrochando la alegría que vivieron "enviados" por su Pontífice y entonces recordarán más que nunca que "Cuando se suda la camiseta tratando de vivir como cristianos experimentamos que no estamos solos", e intentarán se protagonistas como les pidió el Papa y constructores de un mundo mejor.

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