Esteban tiene 18 años y formó parte del contingente rosarino que viajó hasta Río para asistir a la Jornada Mundial de la Juventud. Lo que para él en un principio iba a ser un viaje más, terminó en una experiencia singular.

Esteban tiene 18 años y formó parte del contingente rosarino que viajó hasta Río para asistir a la Jornada Mundial de la Juventud. Lo que para él en un principio iba a ser un viaje más, terminó en una experiencia singular.
"Fue un viaje diferente y no sólo religioso, sino también solidario, porque antes de ir a Río, con un grupo de chicos participé de una actividad en Pedreiras (San Pablo), en un instituto del Opus Dei que está en medio de una favela. Allí hicimos tareas de albañilería para reparar una escuela. Eramos cerca de 80 chicos de México, Colombia y de muchas partes de Argentina.
"La segunda semana partimos a Río, la llamada ciudad de la alegría; teníamos mucha expectativa porque veíamos multitudes de personas en todos lados que estaban yendo a la JMJ, y ése fue un primer impacto. La cantidad de jóvenes que cantaban, reían, que se constituían en la «energía del Papa». Y así fue. Nunca vi tal cantidad de gente en una ciudad. Había chicos y chicas de todo el mundo y tuve la oportunidad de conocer personas muy buenas, algo que no se da todos los días.
"Lo que más me emocionó fue el encuentro de Francisco con los argentinos, algo muy querido especialmente por él. Mi grupo fue el último en entrar después de ocho horas de espera abajo de la lluvia y del frío. Pero valió la pena, ¡y lo volvería a hacer 50 veces más! Lo vivido con el Papa y la energía que él transmite es algo inexplicable, lo quiere muchísima gente; es un joven más. Y eso emociona".
Por su parte, Lucrecia, quien también viajó desde Rosario a Brasil, recordó que aceptó la invitación a la jornada en Río "porque todas las personas cercanas me dijeron que era una experiencia inigualable y que verdaderamente te movía y te hacía cambiar para bien".
"Cuando me enteré de que el Papa que iba a presidir todas las ceremonias se duplicaron mis ganas de ir. A pesar de todo lo que me habían dicho, nunca pude dimensionar lo que verdaderamente iba a ser la JMJ que viví. Los primeros días de la jornada fueron de mucho frío y lluvia y definitivamente las tres palabras más nombradas fueron: Capa da chuva (capas de lluvia, que ofrecían los vendedores ambulantes).
"En Río todas las actividades eran multitudinarias. Cada vez que él hablaba se nos ponía a todos la piel de gallina, ¡hasta nos salía llorar! No por fanatismo, es nada más y nada menos que el representante de Jesús en la Tierra y lo podíamos sentir".


