Cultura y Libros

Los Munné, talento con sello rosarino

El padre fue un destacado artista plástico y el hijo, un valioso hombre del tango. Breve reseña de dos vidas que se proyectaron en el país y cuyas raíces remiten a la lejana Cataluña.

Domingo 03 de Noviembre de 2019

Enrique Juan Munné nació en Rosario el 22 de julio de 1912 y desde muy temprana edad mostró notables inquietudes musicales. A instancias de su padre, comenzó a estudiar piano con Manuel Cuevas Mederos, canario, que se había radicado en el país hacía poco tiempo.

Enrique Munné padre, eximio artista plástico de “ideas avanzadas”, había nacido en Barcelona en 1880, donde se inició tanto en la escultura como en el anarquismo. La península vivía por entonces un período agitado, con un movimiento obrero sólidamente organizado. Desde el tiranicidio de Tárrida del Mármol en 1897 hasta los crímenes de Montjuich, el panorama político de España se fue complicando demasiado para idealistas como Munné. Así, en 1907 decidió junto a su hermano y a Vicente Paino, un pintor compañero de ideas, viajar a la Argentina. No fue casual que el destino haya sido Rosario, reconocida por entonces como “la Barcelona Argentina”.

Ya en esta ciudad, comenzó su actividad artística en el taller de vitrales de Buxadera, del club Industrial, y de a poco se fue transformando en uno de los plásticos más reconocidos de la región. Sin embargo, para parar la olla debió desempeñarse también en un taller de Maipú al 700 como letrista en carteles de publicidad.

Catalogado por los especialistas como de variada e impecable técnica, Enrique fue designado presidente de la escuela del Centre Català —Entre Ríos al 700—, institución que le debe su emblema y en la que aún hoy es posible apreciar obras suyas. Desde allí, dictó cursos gratuitos durante muchos años, en los que proclamó y debatió en defensa de su ideario, en momentos en que la aristocracia rosarina no compraba sus obras en represalia a su anarquismo. Además del Centre Català, su obra aún puede apreciarse en algunos talleres de arte y otros ámbitos de la ciudad, como el Panteón de la Sociedad Española de Socorros Mutuos, en el Cementerio El Salvador, donde se exhibe una Piedad de su autoría.

De cualquier manera, de su multifacética actividad, la que más tributo le ha rendido es su labor docente, especialmente por lo realizado en la Academia de Bellas Artes de Buenos Aires, y por los nombres que engalanaron su alumnado en Rosario: Antonio Berni, Ambrosio Gatti y Juan Babbini, entre tantos otros.

Ya en su vejez, el paso de los años no melló en Enrique ni la creación ni la pulsión solidaria. La muerte lo encontró en 1949, ciego y dedicado a la poesía.

Este fue el hombre que influyó de modo decisivo en su hijo Enrique Juan y en sus inquietudes musicales, que todavía a comienzos de la década del 30 se circunscribía exclusivamente al género clásico.

En 1935 Enrique Munné hijo se presentó en LT3 como solista de piano y mostró una notable formación académica, para debutar luego en el cine Bristol, de Maipú 1174, como ejecutante de su instrumento. Allí, entre otros ritmos, se deslizaba algún tango y, de a poco, este género le fue ganando el corazón.

En 1937 se incorporó como pianista al conjunto de Luis Chera, donde cantaban Élida y Oscar, una de las primeras parejas vocales en orquestas típicas.

Las cosas iban bien pero Buenos Aires, como casi siempre, pudo más. Antes de finalizar el año, se radicó en la gran ciudad y, como tantos otros, encontró alojamiento en la pensión La Alegría, de Salta 321, solar de impenitente bohemia, por donde desfilaron Antonio Ríos, Julio Ahumada, Armando Pontier, Enrique Mario Francini, Alberto Suárez Villanueva y Héctor Stamponi, entre otros nombres inolvidables.

En cuanto a sus dotes pianísticas, inmediatamente repercutieron en el ambiente tanguero de la Capital. Esto posibilitó la convocatoria de un nombre mayor: Elvino Vardaro, que estaba conformando una agrupación para presentarse en LR3 Radio Belgrano. El conjunto tenía arreglos de otro rosarino, Mario Maurano, y contaba con dos pianos (Munné y José Pascual).

Todo se redujo a una serie de audiciones radiales, pues los directores de la radio alegaron que la orquesta tocaba “muy difícil”. De todos modos, su nombre quedó instalado en el corazón de la vanguardia de la época.

Rosario siempre estuvo cerca

Mientras, con Emilio Barbato, su compañero de habitación en la famosa pensión de la calle Salta, alquilaron dos instrumentos y prepararon conciertos a dos pianos. El desorden propiciado por los inquilinos casi acabó con los instrumentos pero rindió sus frutos, pues fueron contratados por LT8.

Esta nueva posibilidad en Rosario le permitió reencontrarse con su ciudad y su gente. A fines de 1939 se asoció con el bandoneonista Julio Conti que, siempre atento a las nuevas vertientes evolucionistas, emprendió la tarea de romper el esquema anquilosado de la mayoría de los conjuntos rosarinos. Así, crearon la orquesta típica Conti-Munné, donde Enrique logró momentos de belleza con sus arreglos, entre los que se destacó el de A quién le puede importar (Mariano Mores-Enrique Cadícamo).

Debido al éxito conseguido, comenzaron actuaciones en LT3 Radio Cerealista, con el auspicio exclusivo de la Sastrería El Elegante.

Pero las luces de la calle Corrientes no cesaban de encandilar y después de realizar los carnavales de 1941 en el Cine Star, Enrique dejó la orquesta en manos de su socio y se estableció de modo definitivo en Buenos Aires. Allí comenzó su actividad musical en la orquesta Famá-Amor, dirigida por Federico Scorticati. Sería la primera de una serie de formaciones en las que aportará su talento, pues a pesar de las dificultades que entrañaba establecerse de forma estable en la gran ciudad, pudo sostener una agitada labor en distintos ámbitos del mundo musical porteño. Hizo solos de piano en Radio El Mundo, fue director de la orquesta de Radio Libertad, se desempeñó largo tiempo como músico estable de la Boite Gong, de avenida Córdoba, y acudió a la frecuente convocatoria de nombres relevantes del tango. En 1959, por ejemplo, actuó como pianista en el conjunto de Pedro Maffia, cuando el gran bandoneón decidió volver a la música y se asoció al cantor Alberto Gómez para realizar actuaciones en Radio Belgrano y algunas grabaciones en el sello TK.

Además, formó parte durante varias temporadas del plantel de Mariano Mores y participó en distintas incursiones del Chula Clausi, por diferentes estudios de grabación.

Sin embargo, la faceta que le reportaría más trascendencia sería la de compositor. A pesar de que el tango Humo, su ópera prima, haya llevado letra de Enrique Cadícamo, su debut en “las grandes ligas” se produjo el 13 de agosto de 1944, cuando Lucio Demare con su cantor Horacio Quintana registraron Corazón no le digas a nadie, con letra de Luis Castiñeira. A partir de allí se sucederá una buena cantidad de grabaciones de sus obras, que lo ubican en un lugar de respeto entre los melodistas del tango.

Doblando el codo

Al promediar la década del 70 realizó junto a Hugo Baralis presentaciones en locales y en TV, con una modalidad inusual: piano y violín.

Por otra parte, alcanzó a grabar clásicos como La cumparsita (G. Matos Rodríguez) y Nostalgias (J. C. Cobián) con quinteto propio.

Luego, llegó su jubilación y con ella su estancia en Mar del Plata, donde residió cerca de diez años. Sin embargo, tuvo la posibilidad de retornar al disco gracias a las gestiones de Litto Nebbia a través de su sello Melopea. En 1998 se dio a conocer el CD Por la vuelta, que contiene diez registros de dúo de piano y violín, ejecutados por Antonio Agri y Enrique Munné. Las obras seleccionadas, cuyos arreglos pertenecen al pianista aquí recordado, son: Tema otoñal (E. M. Francini), Tango melódico (Enrique Munné), Por la vuelta (José Tinelli), Milonga triste (S. Piana), El choclo (A.Villoldo), Ojos negros (V. Greco), Pampero (O. Fresedo), Griseta (E. Delfino), Los mareados (Cobián) y S.P. de nada (Antonio Agri).

En los últimos años, Enrique retornó a Buenos Aires y se instaló en el barrio de Belgrano, donde falleció el 6 de noviembre de 2005.

¿Te gustó la nota?

Dejanos tu comentario