Cultura y Libros

La última estación

Hugo Padeletti, recientemente fallecido, creó gran parte de su obra, poesía y plástica, en Rosario. Un recorrido por su trayectoria es también una travesía por el mapa cultural de la ciudad.

Domingo 21 de Enero de 2018

Entre los papeles que dejó Arturo Fruttero (1909-1963), Hugo Padeletti encontró una copia de un poema propio, "Hay una soledad", que había olvidado. Los versos de ese poema —"y con el canto/ del gallo se resuelve/ y se abren para ti las Estaciones..." —son el epígrafe de El Andariego (2007), el título con el que le reunió gran parte de su obra. Y una clave del sentido del conjunto, tal como empezó a pensarlo desde su iniciación poética con escritores y artistas de Rosario.
   Padeletti no se refería a las estaciones del año. El poema, dijo, "era una premonición de estaciones interiores que todavía no habían ocurrido". Un viaje imaginario que transcurrió a lo largo de su vida y cuyo punto de partida situó retrospectivamente hacia los 15 años, cuando conoció a Nélida Esther Oliva y Mario Briglia, poetas rosarinos que integraban la dirección de la revista Cosmorama, publicada en Buenos Aires.
   Nacido en Alcorta en 1928, Padeletti se mudó a Rosario en la adolescencia. Un día, en el patio de la escuela secundaria, se le ocurrió un verso ante los plátanos desnudos por el otoño, "las ramas tienen su actitud cada una", y allí salió "Misión", su primer poema, que publicó el número 8 de la revista Cosmorama, en julio de 1945.
   Por entonces había conocido a Arturo Fruttero, poeta y traductor formado junto a Ardoino Martini (Livorno, Italia, 1872 — Rosario, 1943) y a quien Mario Briglia había cuestionado ácidamente por su libro de poemas Hallazgo de la roca (1944). Padeletti se declaró su discípulo: "durante varios e intensos años, fue mi escuela particular de humanidades, antes del ingreso a la universidad, sobre todo en esferas que ésta no abarcaba ni abarca todavía".
Un ambiente propicio
A través de Fruttero, se vinculó desde muy joven con el ambiente cultural de Rosario. La década de 1940 fue una de las más intensas en ese aspecto en la ciudad. Fue entonces cuando surgió la sede local de Amigos del Arte, un espacio de encuentro y socialización que tuvo un rol protagónico hasta principios de los años 60, y se publicaron, además de Hallazgo de la roca, y entre otros libros de poesía, Ciudad en sábado, de Facundo Marull (1941); Río, de Fausto Hernández (1943); Cuerpo del canto, de Irma Peirano (1947); y Un poco de poesía, de Felipe Aldana (1949), y en narrativa Las colinas del hambre, novela de Rosa Wernicke (1943).
   Como parte de ese mismo movimiento, en 1948 apareció el primer número de Confluencia, una revista que Padeletti editó junto con Beatriz Guido y Bernard Barrére, cónsul de Francia en Rosario. La revista apenas logró publicar otro número, al año siguiente, pero perdura como un título significativo en la historia aún no contada de las publicaciones culturales rosarinas. En sus páginas, Padeletti publicó un extenso ensayo, "Experiencia poética y experiencia mística", que muestra la dirección de sus preocupaciones, y Fruttero traducciones de Las quimeras, de Gerard de Nerval, y de Pampa (al francés), de Fausto Hernández.
   El grupo de Confluencia, en el que también se encontraban Alex (Josefa) Rodríguez Bonel y Alberto García Fernández (poeta y crítico de cine, hijo del dueño de la Tienda La Favorita), se reunía en la casa del arquitecto Angel Guido, padre de Beatriz, en el bar Savoy y en la casa de Fruttero, en la planta alta de Urquiza 1246.
   En la misma época Padeletti se relacionó con las hermanas Olga y Leticia Cossettini. En la revista Espiga (1947), de Amílcar Taborda, publicó un artículo sobre el teatro para niños que las educadoras planteaban en la Escuela Serena. Olga Cossettini lo vinculó por entonces con Victoria Ocampo, la directora de la revista Sur.
   Padeletti lo solía contar: "A principios de la década del 50, Victoria Ocampo, que me conocía por mediación de Olga Cossettini, me mandó una esquelita invitándome a pasar un día con ella en San Isidro. Como llovía, me fue a buscar ella misma a la estación y compartimos un día entero en que las preguntas y largos silencios de Victoria alternaban con la incomparable e inolvidable conversación de Ricardo Baeza. Después de cenar me volvió a llevar a la estación. Yo tenía 22 años. Victoria escuchó muy atentamente los poemas que Olga quería que le leyera y me invitó a llevárselos a José Bianco con la intención de que empezara a colaborar en Sur".
   Volvió a Rosario "conmocionado" por el encuentro, pero no fue a la redacción de Sur. "Nunca supe si hubieran publicado los poemas o no. No sabía si iba a seguir escribiendo, ni cómo, ni qué, y no estaba seguro de sentirme cómodo en ese ni en ningún otro círculo literario", recordaba. La historia es significativa por varias razones: fuera del ámbito en el que se formó durante los años 40 y 50 en Rosario, Padeletti nunca se reconoció como parte de movimientos artísticos; a la vez, se desentendió durante mucho tiempo de la publicación de sus textos.
   En 1959 el sello Carmina, de La Plata, publicó Poemas, su primer libro. Ricardo Molinari, con quien mantenía correspondencia durante años, fue el mediador para la edición. Pasaron veinte años hasta su segundo título, la plaqueta Doce poemas, editada por Francisco Gandolfo en la colección El búho encantado, con una presentación de Angélica Gorodischer.
   "Con Hugo hemos sido amigos desde chicos, trabajamos juntos en la Facultad de Humanidades cuando recién empezó y todavía no tenía local, funcionaba en el Nacional Nº 1", recordó Gorodischer. También en 1979 presentó la muestra Aproximación al vacío (Papeles pegados), en la Galería de Arte Génesis, Alem 1091.
Contraseña entre amigos
En los años 50, la producción cultural en Rosario tuvo un nuevo impulso a partir de la renovación de profesores en la Facultad de Filosofía y Letras —entre otros, llegaron como docentes David Viñas, Augusto Roa Bastos y Ramón Alcalde, uno de los fundadores del Movimiento de Liberación Nacional, el Malena, que reuniría a los intelectuales de izquierda— y de los poetas que editaron nuevas revistas y circulaban en los bares céntricos, de donde salió una especie de leyenda que mezclaba vida bohemia, compromiso político y reacción contra la academia y la literatura adocenada.
   Padeletti se mantuvo distante de esos círculos, pero participó de sus publicaciones, como las revistas Pausa (1957-1961), dirigida por Rubén Sevlever, y Setecientosmonos (1964-1967), de Nicolás Rosa, Juan Martini y Carlos Schork, donde publicaría "Lo auténtico", uno de los textos de Poemas 1960/1980 (1989). "Hace unos cuantos años, en Rosario, algunos amigos repetíamos en voz alta, y nos pasábamos como una contraseña, un par de versos —dijo María Teresa Gramuglio en la presentación de ese libro—. Esos versos decían: o la gracia encelada/ de la encelada encarnación. Eran los dos versos finales de un poema de Hugo Padeletti que posiblemente habría aparecido en alguna de las pequeñas revistas de poesía que circulaban entre nosotros".
   Nicolás Rosa fue uno de los que compartía la contraseña. Más tarde escribiría "Los órdenes de la belleza" (incluido en el libro Artefacto, 1992), uno de los primeros ensayos dedicados a la obra de Padeletti. "Esta poesía tiene en muy alto la generosidad, pone la belleza y la experiencia de parte del lector", señaló.
   Otra influencia de Fruttero, que había publicado estudios sobre las obras de Leónidas Gambartes y de Domingo Garrone, fue el acercamiento a los pintores del grupo Litoral. Padeletti atribuyó a Oscar Herrero Miranda, "el primer abstracto de Rosario", como lo definía, su iniciación en la plástica. En 1960 viajó a Suiza para estudiar la obra de Paul Klee y dos años más tarde fue nombrado director del Museo Rosa Galisteo, en Santa Fe.
   En la plástica tuvo su segundo maestro en Juan Grela (1914-1992), con quien estudió dibujo y al que más tarde le dedicó "Pocas cosas", un poema central en su obra. "Yo admiraba y sigo admirando su total honradez, su profundo respeto por el otro, su generosidad, su deseo de ayudar y de apoyar, su «buena voluntad», su bondad en una palabra", recordó en una entrevista.
Con renombre de poeta
Fruttero escribió una "Breve teoría sobre la poesía de Hugo Padeletti". "Se incorpora una voz metafísica a la poesía de Rosario", decía. Y entre sus papeles, que preservó el historiador Ricardo Orta Nadal, se encontraba Apuntamientos en el ashram y otros poemas, la versión original del primer libro. Padeletti lo reeditaría en 1991 a través de Bajo la luna nueva, la editorial que fundaron, entre otros, Fernando Toloza y Mirta Rosenberg.
   "Lo conocí en 1978 —contó Mirta Rosenberg—. Era docente de estética y artes plásticas en la universidad, en general respetado como pintor y con renombre de buen poeta. Su vida era plácida aunque activa, más bien de interior salvo por la actividad docente, en la que era muy apreciado y dedicada a la lectura, en particular de textos orientales tradicionales y contemporáneos, con especial énfasis en ciertas vertientes del hinduismo, en el taoísmo y en el budismo zen".
   En 1983, después de la muerte de su madre, escribió Guirnalda para un luto y se mudó a Buenos Aires. Recién entonces comenzó a ser reconocido como poeta. Los antiguos vínculos sostuvieron también ese pasaje: a través de Hugo Gola, publicó Poemas 1960/1980 en la editorial de la Universidad Nacional del Litoral y Mirta Rosenberg fue la editora de La atención (1999), primera versión de su obra reunida.
   "Mis referentes habituales raramente son noticia. Se trata simplemente de algunos clásicos predilectos que no me canso de releer y reinterpretar", decía. Entre ellos, en su pequeña biblioteca, conservaba los números de la revista Confluencia, los poemas y algunas traducciones de Fruttero, el teatro de Fausto Hernández.
   Su diálogo con esas figuras continuaba, mientras se mantenía en contacto con antiguos amigos, como Julián Usandizaga y Olga Vitábile, y se interesaba por la producción de artistas y escritores más jóvenes, como Flor Balestra, Claudia del Río y Beatriz Vignoli, entre otros. "Hablando de mí, quizá sea conveniente cerrar con unos versos que escribí hace mucho: El peso de la vida —siempre yo— / es un monumento de agua, labrado en vilo", dijo.

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