Cultura y Libros

Delitos y códigos

Análisis y opiniones de expertos sobre qué cambió en el tablero del crimen con la irrupción del narcotráfico.

Domingo 28 de Enero de 2018

Eugenio Solaro murió en un pasillo de barrio Tablada sin entender por qué lo mataban. “Esto es por culpa de tu hermano que mató a mi mamá”, le dijo su verdugo, pero él no hizo caso. Pensó que le hablaban a otra persona, hasta que recibió dos disparos y se desplomó. Antes de retirarse, el tirador abrió fuego contra los vecinos que pasaban por el lugar y un nene de 11 años que estaba con sus padres y un joven de 18 salieron heridos. La sed de venganza necesitaba más víctimas, cualquiera, la que se pusiera a tiro.

En algunas zonas de Rosario el simple hecho de andar por la calle puede ser peligroso. Así lo explicó Estefanía, la hermana de Solaro, que acusó por el crimen a Alan Funes y dijo que se había dejado llevar por habladurías. “Ellos le tiran al que le tienen bronca y si hay otro con él le tiran también”, contó. En circunstancias que son parte de la rutina cotidiana, nadie tiene asegurada la vida.

La muerte de Eugenio Solaro podría demostrar que los delincuentes de hoy, como afirma el lugar común, perdieron los códigos. Se trata de un conjunto de reglas nunca escritas, pero presentes en algún tiempo no demasiado lejano, cuando se supone que los inocentes, los débiles y los indefensos estaban al resguardo y ciertas convenciones regulaban el uso de las armas en los hechos de violencia.

Una bisagra

La nostalgia por un pasado menos violento y más racional en el delito se asocia generalmente con otra figura mítica, la del vigilante de la esquina. Ese buen policía que habría existido alguna vez merecía la confianza general porque no se había ensuciado con los crímenes y la corrupción que deterioran sin remedio la imagen de la institución.

Pero el temor y la inseguridad no son nuevos, aunque la actualidad parezca no tener antecedentes. “Las colecciones de diarios están repletas de descripciones del crimen del presente que se leen como el relato de una degradación —dice la historiadora Lila Caimari en La ciudad y el crimen—. Cada episodio se insinúa como el síntoma del desvío perverso respecto a un pasado en el que dicho problema era insignificante”.

El delito inquieta y conmociona en cada momento histórico, y en ese escenario no suele haber figuras virtuosas ni reconocimiento de supuestos códigos. Pero la historia reciente registra un punto de ruptura en los años 90, una bisagra en las formas y los intereses del crimen organizado.

“A partir de esa época las posibilidades de acceso a las droga son mayores —dice el antropólogo Alejandro Isla, investigador del Conicet—. Además se generaliza la disponibilidad de las armas, por los cambios en la policía bonaerense, que pasó de usar la 45 a la 9 milímetros, el mercado de la Triple Frontera, donde se consigue cualquier cosa, y la acción de algunos carapintadas que habían quedado a cargo de arsenales y vendían armamento para sostener a los compañeros expulsados de la fuerza. Entonces aparece un tipo de violencia urbana que estaba como en una olla a presión”.

Isla se remonta a la época inmediatamente anterior. “La dictadura no impone solamente el terrorismo de Estado contra las organizaciones armadas —señala—. También hay una fuerte represión sobre sectores sociales, algo todavía no muy estudiado. Las razzias produjeron una especie de acostumbramiento a las desapariciones”.

Preso político durante la dictadura, Isla recuperó la libertad en 1983 y se fue a Italia. En 1985 regresó y comenzó a desarrollar trabajos de investigación en el norte del país y en el conurbano. “El panorama era muy distinto —recuerda—. Había una fragmentación social que tenía distintos niveles, algunos más macro, por ejemplo una villa o un barrio en relación a instituciones paradigmáticas del Estado como la policía y la justicia y otros en pequeña escala, en relación a la composición familiar”.

“No es que antes no había robo —agrega—. Robaban en la villa o en el barrio vecino pero no en el propio. Cuando volví, la gente se había enrejado y en el trabajo de campo empecé a ver que no podían abandonar una casilla de cartón, porque se la robaba el que vivía al lado. Había que dejar alguien adentro de la casa, y te podían robar una sábana vieja, un repasador, el mate”.

La nostalgia por un pasado con menos violencia también alcanza a los propios delincuentes. En “Los malvados. Reflexiones desde la perspectiva de los ladrones”, un estudio recopilado en el volumen Heridas urbanas, Alejandro Isla y María Cecilia Valdez Morales registran una serie de testimonios al respecto, la añoranza por “una delincuencia gloriosa” que terminó cuando, en la jerga de los protagonistas, “la calle se pudrió” por la combinación de armas y drogas.

Un emergente

Alejandro Sinopoli lleva cuarenta años vinculado a la Justicia, actualmente como fiscal regional. Desde esa experiencia suscribe la observación sobre el incremento en los niveles de violencia. “El delincuente de hace 25 o 30 años no recurría a la agresividad innecesaria que hoy se ve en un arrebato o en un robo común”, dice.

“Es indiscutible que hubo un cambio —afirma Sinopoli—. La población carcelaria ya lo notaba, los propios delincuentes decían que estaban cambiando los códigos. Cuando fui secretario de menores, uno veía cómo chicos de 13 o 14 años se sentían jugados, sin perspectivas. Entonces le agregaban rohypnol al vino. Todavía no hablábamos de la droga, al día siguiente tenían cierta razonabilidad, hasta se daban cuenta de lo que habían hecho, uno podía tener conversaciones y hubo casos de chicos que pudieron reconstruir sus vidas”.

El cambio comenzó a notarse en la calle, y en la estadística de muertes violentas que contribuyó al oscuro renombre de la ciudad. “El delincuente que cometía habitualmente delitos iba a disparar si estaba en una situación enfrentamiento con la policía —agrega el fiscal—. Lo decía el delincuente y también el policía. Hoy no importa. Si dispara, no tiene noción, hay una pérdida de razonamiento y de sentido común”.

Pero el delincuente, dice Sinopoli, “es un emergente”. El proceso es más amplio: “La pérdida de códigos se ha extendido culturalmente. También la vemos en las peleas callejeras, en la salida de los boliches, en las reacciones destempladas por las infracciones de tránsito”.

—¿Cómo explica esa situación?

—Es una degradación de muchos años. Hubo una deconstrucción de aspectos culturales que se tenían como firmes, y también tenemos que trasladar el problema al plano de las fuerzas de seguridad. Así tuvieron determinadas normas en una época, después pasaron por el proceso militar, con la pérdida de códigos que significó en términos de derechos humanos. La degradación no le tocó a un sector específico, se extendió por toda la sociedad. Uno no tiene que ser fatalista ni determinista, puede haber una recuperación, pero cuando uno trata estos temas en las universidades o donde sea, sabe que el primer paso, los pasos previos para un cambio, recuperar valores, lo primero es la toma de conciencia colectiva.

Indignación y bronca

Claudio Cantero, Luis Bassi, Milton Damario y otros protagonistas de la violencia reciente alcanzaron estatura de personajes públicos a través de las crónicas policiales, mientras Rosario era parangonada a las grandes capitales del crimen. El criminólogo Esteban Rodríguez Alzueta propone ajustar el foco: “No creo que exista en el país algo parecido a las pandillas criminales como existen en los EEUU o en Centroamérica —dice—. Eso no significa que no existan grupos juveniles, pero esos grupos no pueden ser equiparados a colectivos criminales. Si esto es así, eso quiere decir que no existe algo parecido a una subcultura criminal, pero pueden existir subculturas juveniles”.

Los jóvenes, sostiene Rodríguez Alzueta, circulan a través de diferentes grupos sin cerrarse en uno determinado ni desarrollar un código determinado. Más que marginales desvinculados de la sociedad, “están sobre-identificados con los valores que promociona el mercado”. Así, “si los mal llamados pibes chorros cambian el botín por plata, y con la plata se compran ropa deportiva eso quiere decir que esos jóvenes son más pibes que chorros: los códigos de estos jóvenes que tanto nos preocupan son los códigos del mercado, que presiona a los pibes para que asocien sus pautas de consumo y estilos de vida a los valores que promociona con los objetos encantados”.

Rodríguez Alzueta cuestiona el lugar común. “Se dice que los jóvenes no tienen códigos porque algunas veces, y no siempre, sino excepcionalmente, suelen agregarle violencia a sus fechorías. Una violencia que ya no es instrumental sino expresiva, una violencia que no quiere, por ejemplo, inmovilizar a la víctima sino que busca algo más. ¿Qué quiere decir esa violencia? Bueno, eso es algo que hay que desentrañar. A mi modo de ver, se trata de una violencia que está queriendo comunicar algo”, plantea.

—¿Qué comunica la violencia?

—Indignación y bronca. Indignación, porque viven la pobreza como algo injusto, nos están diciendo que experimentan la desocupación o la marginalidad con injusticia. Bronca, porque los estigmas de los que suelen ser objeto los cosifica, los humilla, los ningunea. Una violencia entonces, prepolítica y contraestigmatizadora. Entonces, tampoco es una violencia muda, no son pura violencia, es una violencia que quiere comunicar algo que hay que aprender a descifrar. Y me parece que la violencia policial o la cárcel, no son las mejores formas para entablar un diálogo. Eso no significa que no haya que reprochar sus conductas, pero me temo que esas formas ponen los conflictos en callejones sin salida.

Ladrones, pibes chorros y tiratiros

“El tema del padre ausente era bastante común en los 70. En la fragmentación social de los 90, empezamos a ver un proceso donde quienes se quedaban con los chicos eran los abuelos. Aumenta enormemente el consumo de drogas y alcohol y muchos pibes pasan a vivir en la calle y a tener como referentes al hermano mayor. Hay padres que tratan de resguardar a sus hijos ante la anormalidad que los rodea mientras se produce una desintegración generalizada de los hogares, donde los chicos se crían como banditas en la calle”, dice Alejandro Isla.

Los códigos de la delincuencia no son un mito, afirma el investigador. “En la cárcel cuando le preguntábamos a un preso si era un común, el tipo nos decía «no me ofenda, yo soy un ladrón». Tenía una trayectoria de vida, era una elección. Cuando salí me seguí viendo con varios de ellos. Veían el fenómeno de los pibes chorros y decían que no tenían códigos”, recuerda.

“Los ladrones veteranos decían que tomaban cocaína, pero para festejar. O muy medida, porque el hecho tenía que ser limpio. Entonces veían que los pibes robaban un par de zapatillas y dejaban un muerto y además declaraban ante el juez y reconocían haber estado en el lugar. Para ellos era inaudito”, dice Isla.

En el mundo de la delincuencia, “el ladrón tiene una trayectoria, un curriculum, sabe cómo hablar con otro, aunque no lo conozca. Nunca le va a preguntar qué hizo, hacerlo sería de vigilante. Ahí hay una identidad muy clara. Los pibes chorros también la tienen, primero hicieron su música, se les dio mucho espacio mediático en los 90, después empezó a haber una serie de transformaciones por las persecuciones y la cantidad de muertos provocadas por el gatillo fácil de la policía y los enfrentamientos entre banditas”.

La generación que sigue a los pibes chorros parece iniciarse todavía a edad más temprana en el delito. Soldaditos, tiratiros y sicarios son los prototipos de un tipo de delincuencia absorbida por el mercado de la droga.

La visibilidad de los jóvenes delincuentes hace perder de vista a otros actores. “Los cubre la policía”, dijo Estefanía Solaro a propósito del crimen de su hermano. El miedo se extiende mientras tanto como una especie de onda expansiva —“Todos te cuentan, pero nadie quiere salir de testigo”— y la vida concluye en el sinsentido, porque “mi hermano está muerto por nada”. En el nuevo código de la violencia, la muerte parece una cuestión de azar.

¿Te gustó la nota?

Dejanos tu comentario