Es muy difícil escribir sobre algo de lo que se ha discutido mucho porque uno no sabe si va a aportar algo nuevo. Además, es seguro que estas líneas no van a afectar la decisión ya tomada por el Poder Ejecutivo de instaurar un tren bala que una Capital Federal, Rosario y Córdoba. Parece mentira que en nuestro país pasemos del desmantelamiento del ferrocarril a lo largo de décadas -con las lamentables consecuencias que eso ha acarreado- a una obra faraónica que sólo será cartón pintado, simple escenografía. En el medio, por supuesto, está la célebre frase del malvado absoluto: “Ramal que para, ramal que cierra”. En realidad, el tren bala es un absurdo en las actuales condiciones y como se ha planteado. Aportará poco y nada para solucionar el problema de los traslados en nuestro país. Un tren de esas características no tiene sentido en el trayecto planteado. ¿Quién se va a tomar un tren con pasajes caros para llegar a Buenos Aires en dos horas si en avión puede llegar en treinta minutos? Un tren así tiene sentido en trayectos largos y por supuesto, con tarifas accesibles. Es mentira que el tren bala está pensado para la clase media y menos aún para los de menos recursos. Además de lo costoso de su instalación, quedará como un pavo real en medio de gallinas enflaquecidas y desplumadas. Es decir, no podremos sentirnos orgullosos de un tren bala mientras los trenes normales funcionen como tortugas tembleques. Antes de aprender a correr, hay que aprender a caminar. Pensar seriamente el sistema de transportes en nuestro país no es poner el ojo en el tren bala. Es rediseñar, mejorar y optimizar lo que ya está, y después pensar en cosas nuevas. A cualquiera le parecerá ridículo instalar grifería enchapada en oro en una choza que está a punto de desmoronarse. El tren bala puede ser el último escalón de un proceso de crecimiento de los ferrocarriles, pero nunca puede ser el primero.




























