El domingo 27 de enero amanecí con una picadura de algún insecto o araña en mi espalda que en el transcurso de la jornada fue empeorando hasta tomar un aspecto preocupante. Debido a mi desconocimiento al respecto traté de asesorarme sobre dónde concurrir para que algún profesional me atendiera. Me indicaron que, dada mi ubicación geográfica me dirigiera al Hospital Alberdi, y así lo hice casi al anochecer y acompañado de mi esposa. Al llegar nos encontramos con aproximadamente veinticinco personas, muchas de ellas paradas por falta de asientos suficientes. El lugar para solicitar los turnos o números de atención estaba cerrado, en la enfermería no atendía nadie, y para los dos consultorios de guardia había una sola médica que era la única persona atendiendo. En el transcurso de las dos horas que estuve esperando llegaron: una señora con un bebé en brazos, una jovencita con mucha fiebre que apenas se sostenía en el asiento, un muchacho con un terrible flemón que le hinchaba toda la cara, otro con una herida sangrante en la rodilla, y varios casos más. Pasaba el tiempo y ninguno era atendido. Ante las enormes demoras, los más desesperados golpeaban la puerta del consultorio sin obtener la más mínima respuesta y algunos optaron por dirigirse a otro lugar. Finalmente nosotros también nos marchamos sin ser atendidos, llenos de preguntas sin respuestas. ¿Es esta la atención en salud pública de la que tanto se vanaglorian nuestros jefes comunales? ¿Es esta la forma que tiene el municipio de aplicar el dinero de los impuestos que pagamos? Pareciera que cuando no hay nada para recaudar, a los vecinos que viven mas allá de Oroño o Pellegrini se los trata como ciudadanos de cuarta. Y pueden hacerlo porque todavía cuentan con la actitud humilde y sufrida de una población que observa resignada cómo se pagan favores con puestos, pero no se disponen los recursos para el cuidado más elemental de la gente.




























