Los ideólogos del orden conservador no se han cansado de repiquetear que la intervención del Estado en la economía implica inyectar en el tejido social el peligroso virus del socialismo. Apoyados en la erudición de autores como Friedrich A. Hayek adoctrinaron a las masas de tal manera que a partir del colapso de la Unión Soviética en 1991 nadie se atrevió a cuestionar el dogma del mercado. Gobernante que osaba alterar las reglas pétreas e inconmovibles del mercado pasaba de inmediato a ser considerado un enemigo mortal de las libertades y derechos individuales, un nostálgico del Estado-elefante. "Camino de servidumbre" de Hayek (un libro formidable, por cierto) pasó a ser una de las "biblias" citadas a coro por los propagandistas del credo neoliberal. La humanidad, sentenciaron, había arribado finalmente a la etapa superior y definitiva del progreso (Augusto Comte debe haberse considerado, desde el más allá, el padre intelectual de la expansión planetaria del neoliberalismo). Un intelectual japonés, indiferente a Hiroshima, proclamó "el fin de la historia", la victoria definitiva del capitalismo sobre el socialismo. Pero la realidad es más complicada de lo que suponen los fanáticos neoliberales. En efecto, no siempre el mercado puede por sí mismo solucionar algunos problemas que se presentan y que ponen en peligro el destino de millones de personas. Lo que está aconteciendo en la "república imperial" lo confirma. Acorralado por una de las más graves crisis económicas de la historia, el presidente Bush acaba de anunciar un gigantesco plan de salvataje del sistema financiero de su país, cuyo costo ascendería a cerca de un billón de dólares. Desesperado y angustiado no dudó en intervenir de lleno en la economía olvidándose de los consejos de Hayek, con lo cual quedó demostrado que, lejos de ser un camino hacia la servidumbre, la intervención estatal en la economía es, en una situación límite, un camino hacia la salvación de los pueblos.


























