Los primeros cuadros de Carlos Uriarte –elaborados durante los años veinte– exhibían interés por el paisaje natural y urbano, la figura humana y la naturaleza muerta, temas que frecuentaría con insistencia a través de distintas modalidades plásticas a lo largo de toda su vida. En una charla de café con el fotógrafo alemán Sigwart Blum, el pintor recordaba: “Ya desde chico me gustaba locamente dibujar. Sobre cualquier superficie, con cualquier material. Hasta las paredes de las casas me servían para dar rienda suelta a mi fantasía”.
Esa sensibilidad para las cuestiones artísticas se materializaría pronto en una serie de obras cuyos motivos eran las calles del barrio Echesortu, la quinta familiar, episodios de la vida cotidiana y escenas fabriles realizadas con una paleta luminosa que se iría atenuando en la década siguiente. Poco después de su primera exposición individual, en 1929, comienza a incorporar temáticas inspiradas en los alrededores del puerto, la soledad del hombre frente al río y las variaciones de la atmósfera y la naturaleza: “Me gustan los días grises –decía Uriarte–, los vientos fuertes. La naturaleza invernal. Nada de exuberancias. La naturaleza al desnudo. Así es como me inspiro…”. Influido en ese momento por el clima social e histórico, sus lienzos se llenan de tonos sórdidos y apagados y sus imágenes reflejan las escenas y personajes humildes característicos del Litoral argentino: los pescadores isleños con sus típicos ranchos y canoas, los paisajes del puerto y sus alrededores, las figuras que merodean por los barrios de Refinería o del Arroyito; los mercados populares y los entornos suburbanos; lugares frecuentados habitualmente por los artistas vinculados a la izquierda política que representaron la marginalidad de los bordes sociales.
Aquel mundo soñado y vivido comienza a formar parte de los lienzos que envía a los salones de bellas artes del interior, donde obtiene varias recompensas y premiaciones importantes que le permiten posicionarse como una “joven promesa” del arte rosarino. A la par de su intensa producción estética se integra a diversas agrupaciones artísticas como la filial Rosario de la Sociedad Argentina de Artistas Plásticos, cuyos miembros gestionaron ante el gobierno la creación de la Escuela Provincial de Artes Plásticas; la Agrupación de Artistas Plásticos Independientes, creada en defensa de la cultura frente a las derivas antidemocráticas que culminaron en el golpe de Estado de 1943, y luego el Grupo Litoral, que reunió a diversos artistas modernos a partir de temáticas enlazadas a una sensibilidad regional.
Mediante una paleta de carácter silencioso y contenido, algunas de sus obras adquieren –durante los años treinta y cuarenta– un acento melancólico en donde el tiempo y la presencia del hombre aparecen detenidos, y los amplios espacios de cielo, tierra y agua adoptan un tinte cercano a la pintura metafísica. La transparencia de los grises y pardos que identificó muchas de estas piezas fue dando paso hacia propuestas de mayor gestualidad y cromatismo, de pinceladas cargadas de materia que coincidieron con su intervención en el Grupo Litoral, donde fortaleció su amistad con otros pintores como Ricardo Warecki, con quien compartió su afinidad por los paisajes de la barranca y el Paraná. Como advierte el mencionado Blum, Uriarte acentúa “ese río ancho y potente que se desliza en un paisaje chato y encima de todo un cielo azul inmensamente grande con blancas nubes. Un mundo lejos de los grandes acontecimientos. Una soledad distinta a la de las grandes ciudades, la de la gente entre muros grises de cemento. Una soledad en armonía con la naturaleza”.
La paleta de estos paisajes ribereños se fue intensificando y saturando con el tiempo a partir del uso del temple, el óleo y las acuarelas, aunque él mismo se considerara como un pintor “de contrastes” más que de “colores fuertes”. Durante el transcurso de los años cincuenta y las décadas posteriores la variación cromática de sus obras se asocia con un distanciamiento de la interpretación naturalista en favor de las corrientes vinculadas a la abstracción y la pérdida gradual de referencialidad, pero sin abandonar completamente la realidad. La incorporación del paisaje rural le permite jugar con el contrapunto de verticales y horizontales, los colores brillantes y estridentes, las pinceladas ágiles cargadas de materia, las superposiciones y arrastres de pigmentos y la síntesis de las figuras, las cuales componen vibrantes escenas que se irán transformando en composiciones donde el hombre y el paisaje se funden a través del color.
En distintas oportunidades Uriarte manifestó la gran impresión que le causaban las obras de Quinquela Martín, la manera en que aplicaba los empastes de colores fuertes mediante trazos gruesos que iluminaban el trabajo de los hombres del puerto, el río y las embarcaciones. Los pescadores con sus redes, el río, los astilleros, las islas, la dura vida del trabajo, los arrabales y paisajes rurales o las naturalezas muertas fueron temas que Uriarte abordó durante toda su vida experimentando con los soportes y el tratamiento visual, que se fue haciendo cada vez más sintético y contrastado, evocando cierto carácter afichesco. Es “tan difícil conocer la realidad del mundo que nos toca vivir –expresaba el artista–. Pero de todas maneras creo que mi pintura es una consecuencia de dicha realidad y entregarme entero… esto es mi mayor deseo”. Ese entusiasmo por el mundo de la pintura se complementó con una abnegada labor docente que llevó a cabo en el taller particular de su casa y en espacios institucionales como el profesorado de dibujo y pintura de la Escuela Normal Nº 2 y el Instituto Superior de Bellas Artes de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional del Litoral, donde Uriarte formó a una enorme cantidad de artistas y profesores, que lo recordaban como una figura libre y espontánea, características que trasladó a su manera de pintar y ver el mundo.