Hamlet tenía razón: “Algo huele mal en Dinamarca”. Lo escribió
William Shakespeare allá lejos y hace tiempo, en una obra que conserva intacta su actualidad,
aunque ya no haya reyes, lacayos, cortes ni bufones. Acaso sí, pensándolo bien, hay bufones, el
problema es que no hacen reír a nadie y si lo hacen, en un mundo devaluado como el de hoy, no es
con ironías finas, ni críticas mordaces y mucho menos atreviéndose a perder la cabeza en el
intento.
Las chicas de “ShowMatch” son bufones, las viejas también. Son
bufones en la corte del rey más cruel, insensible y ambicioso que haya gobernado este país de las
maravillas. Sus mohines de niña inocente, sus movimientos de diva de cabaret, sus lágrimas de
viudas de los jueves son la sal de su número cómico. Y, aunque se esfuerzan, bailan en el caño,
patinan en el hielo, actúan grandes musicales, no hacen gracia. Ni al rey que mira sin ver la
pantalla ciega del televisor.
Alguna vez lo hicieron y se ganaron el derecho de desfilar por todos los
programas que se alimentan de las sobras del gran show. Los que se disfrazan de críticos
implacables y, en realidad, no hacen más que repetir como loros lo que hacen los otros, los que
dicen aborrecer. Y lo hacen en su propio beneficio, sin exprimir una neurona, sin gastar una
moneda, sin hacer más que poner a grabar la videocasetera y después, con gesto de paladines de la
justicia, levantan el dedo acusador.
Los hay peores, que duda cabe. Los hay aún con menos escrúpulos. Son los que a
media tarde sólo quieren aprovecharse de la apacible agonía de las amas de casa que, presas en el
“hogar dulce hogar”, no tienen nada mejor que hacer que sentarse a ver la televisión. Y
lo hacen de la peor manera: exacerbando el morbo que, a esa hora, entre el sopor cansino de la
siesta y la tristeza de los sueños rotos, es un monstruo de mil cabezas. Insaciable, voraz,
desgraciado, que clama por sangre, sudor y lágrimas.
Y si eso es lo que quiere, hay que dárselo. Servido en bandeja de plata. Con
guantes blancos, rosas rococó rosadas y una copa de fino cristal donde burbujee incesante un rico
champagne francés y, si el presupuesto no da para andar poniéndose en gastos, entonces que sea té
frío, con un chorrito de soda, total, para la gente es lo mismo. No se da cuenta de nada. Lo que
importa es el show, que debe continuar, pase lo que pase. Y el show a las cinco de la tarde es gore
puro. Un río de cabezas aplastadas por el mismo pie.
A esa hora es lo mismo una guerra de vedettes armada para vender la temporada en
Mar del Plata y el divorcio salvaje de un futbolista y la botinera de turno. Un test de embarazo de
una modelo de book de hotel tres estrellas y la rinoscopía de una estrella caída en desgracia, de
un balcón o de la marquesina de un teatro de calle Corrientes, da igual. La fiesta de casamiento
del chico del momento, con torta, fiesta y luna de miel en la isla de Caras y el encuentro furtivo
entre un veterano de la televisión y una chica fácil.
s lo mismo, si se puede vender en las tandas con una fanfarria estridente y una
voz en off que prometa el fin del mundo en technicolor, va al aire. No importa que la bomba atómica
a punto de explotar que aparecía en los anuncios no fuera más que un petardo con la pólvora mojada
que quedó de la fiesta de fin de año del 73. Lo que importa es la explosión, sacudir la modorra de
la gente a la que en sus casas, a esa hora, se le cierran los ojitos, aburrida, de tanta nadería de
ocasión, de tanta tontería televisada.
No es novedad que para calentar el rating vale todo. Hasta revelar, con pelos y
señales, el informe de un detective privado de poca monta, un Phillipe Marlowe de Villa Alsina,
sobre las andanzas de la esposa de uno de los zares de la televisión, recién casado en segundas
nupcias con una señorita muchísimo menor que él y tan odiado como amado en el ambiente, que no
quiere envejecer, que no quiere quedar ante el gran público como la víctima, y monta una escenita
romántica con una “amiguita” que compró en un todo por dos pesos.
Esa es la cruda verdad del reino. Una verdad que huele mal, como la Dinamarca de
Hamlet.