A lo largo de sus páginas brega por una educación sexual inclusiva, sin sexismos ni desigualdades de género, pero sobre todo hace un llamado a desprenderse de la subestimación que se ejerce sobre las infancias y que anula sus voces y experiencias.
Con el foco puesto en la literatura como experiencia estética, cuestiona la didactización de misma y postula que ésta solo debe servir para abrir puertas, ventanas y permitir a chicos y grandes sin distinción, emocionarse y pensar. Proponen nuevas maneras de mirar el canon instituido escolarmente entre infancias, género y literatura, y comparten textos de riqueza poética y desde una mirada de ampliación de derechos. “Creo que la literatura es una sola y que está bien animarse a compartir con los niños y las niñas aquellos textos que pensamos que no son para los mas chicos”, afirma la educadora, y destaca la importancia de reflexionar sobre las representaciones impresas sobre la infancia y desde allí, revaluar permanentemente la práctica docente.
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—El libro propone repensar cuáles son las representaciones de infancias que sostienen las prácticas docentes. ¿Creés que hay un camino por hacer en este sentido?
—En este sentido pasan varias cosas. Creo que sobre el tema de infancias en el último tiempo se ha escrito muchísimo y las compañeras docentes leen y debaten sobre estas cuestiones. Nosotras decimos “dime cómo te representas a la infancia y te diré qué maestro eres”. En el libro tratamos de desentrañar esas representaciones y reflexionar sobre cómo éstas condicionan nuestras prácticas, y a la vez, porque es dialéctico, las prácticas condicionan nuestras representaciones. Es como una espiral. Si vos tenés una representación de la infancia como la de un sujeto que está en formación y recién va a ser como persona más adelante, en el futuro, entonces estás trabajando con una infancia casi en ausencia. Nosotras creemos que la infancia es el presente y lo que proponemos es entender las niñeces como compañeros y compañeras de camino. Porque si estamos sosteniendo que son sujetos de derechos entonces tienen el estatus de ciudadanos igual que las personas adultas. Por eso en el libro nos preguntamos dónde están sus voces, sus decisiones, sus palabras. Creo que hay que comprenderlos como compañeros de camino, tenemos que hacer juntos y juntas con las niñas y los niños, no para ellos, sino junto con ellos, esa es el idea. Cuando hablamos de infancias estamos hablando de una categoría conceptual que nos permite pensar en cómo entendemos las niñeces.
—¿Y se ha avanzado en la tarea de reflexionar sobre las implicancias de esta categoría?
—Creo que sí, que estamos en eso. Que las compañeras en las salas, en las aulas, en los jardines, están reflexionando sobre el tema.
—¿Cuáles son los principales desafíos que debe afrontar la educación inicial para responder a la meta de una infancia entendida como sujeto de derecho?
—Primero entiendo a la educación inicial como al conjunto de personas y sujetos políticos que se hacen cargo de la educación de los más pequeños, donde estamos las maestras y maestros, el equipo directivo, los auxiliares, la familia, la comunidad y los protagonistas que son los chicos. Me parece que hay un movimiento que se está haciendo cargo de que esto de que los niños y niñas sean sujetos de derechos deje de ser una declamación y sea una realidad. Creo que se está avanzando cada vez más en asumir la misión de encontrar cuál es el mundo que les vamos a mostrar, qué mundo les vamos a compartir a los niños y las niñas. Para eso tenemos que compartir la cultura y tenemos que crear espacios donde el conocimiento del ambiente, social, natural y cultural circule. Con la decisión política de que tiene que ser el lugar de transmisión de conocimientos y de cultura, y sobre todo donde sucedan experiencias estéticas fuertes. Donde podamos acercar y compartir lecturas, cine, música, teatro y plástica. Creo que ahí está el desafío que hoy tienen los maestros y maestras, comprometerse con esto. Que sientan que necesitan llenarse de todo eso para poder compartirlo, porque si no lo tenés no lo podés compartir.
—Tiene que haber una reflexión previa sobre qué es lo que se les va a compartir.
—Claro, es como decía Mónica Fernández Pais, una de las educadoras que más sabe sobre historia de la educación inicial en la Argentina. En uno de sus libros ella postula los interrogantes sobre cuál es el mundo que les queremos mostrar a los chicos y a las chicas, de qué se trata este mundo, lo conocemos, cómo lo entendemos, lo vamos a mostrar desde la simplificación, subestimando la edad de ese sujeto al que tenemos adelante y el desafío de educar. A veces es lo que pasa, siempre aparecen estas polaridades en el territorio de la educación inicial, la subestimación y el adultocentrismo.
—El hecho de concebir a la literatura infantil como un género menor, ¿no trae implícita una concepción de infancia y habla de adultocentrismo?
—Claro, tal cual. En esa diferenciación que se hace en la literatura se está macando una concepción adultocéntrica. Si vos te pones a leer un cuento de la María Teresa Andruetto como “El árbol de Lilas”, te encontrás con belleza pura, que la puede leer una persona de 80, una de 60 y una de 5. Todos y todas nos podemos contagiar de esa belleza y estamos leyendo literatura infanto-juvenil. Creo que la literatura es una sola y que hay que hacernos cargo de que tenemos posiciones adultocéntricas. También creo que está bien animarse a compartir con los niños y las niñas aquellos textos que pensamos que no son para los mas chicos. La literatura abre puertas, abre ventanas y nos permite pensar. El problema que planteamos en el libro como alerta, es el riesgo de terminar dogmatizando.
—Sobre la literatura para las infancias, hay como dos visiones, una que la concibe como experiencia artística y otra mas utilitaria en donde el texto tienen una función pedagógica. ¿Como desencajarse de esa grieta?
—Me parece que hay muchas formas. La primera es que como adultas y docentes tenemos que zambullirnos nosotras mismas en la experiencia estética que provoca la literatura. Si a vos te pasa, al otro le pasa. Si a vos no te pasa, al otro no le va a pasar. ¿Cómo fue la experiencia que tuvimos en la escuela con la literatura? Pudo haber sido de muchas formas pero seguramente hubo moraleja, por eso la fábula es el texto por excelencia para los más chiquitos, porque se enseñaba cómo había que hacer frente a determinados dilemas de la vida. Entonces estamos acostumbrados a que siempre lo literario nos aporta una moraleja, tiene una función pedagógica y moral. Nosotras decimos que hay que salir de allí, y acordamos con María Teresa Andruetto cuando dice que la literatura de alguna manera no sirve para nada. Porque para lo que sirve es para producir una experiencia estética, para abrir puertas y ventanas a otros mundos posibles. Para que sepas que las cosas pueden ser de esta forma y también de otra, para acompañarnos a vivir mejor. Y si como maestra quiero enseñar el ciclo del agua, no hace falta llegar a un texto literario, hay textos informativos buenísimos.
—¿Cuándo se hace lectura de género se está didactizando la literatura? ¿No se corren esos riesgos?
—El modo de pensar la literatura infantil desde una perspectiva de género siempre va a estar condicionada por ese riesgo. En estas ganas de que el mundo cambie, sea mas justo e igualitario, en esa marea se corre el riesgo de adoctrinar. Hay textos de la literatura infantil que tienen una perspectiva de género que me parecen demasiado explícitos y en lo personal no me gustan. No me parece bueno ni de un lado ni del otro. No quiero tener doble vara, que sería “está mal para moralizar sobre lo que no me gusta, pero está bien para moralizar sobre lo que sí me gusta”. No creo que esté bueno eso.
—En el libro lo marcan como un alerta cuando dicen: “Aquello que parece como rupturista y transformador de sentidos puede convertirse en un nuevo dogma de corrección política”
—Exactamente, es ahí que es tan delgado el hilo, y ese es un trabajo de reflexión docente. Las docentes estuvimos formándonos, debatiendo, pensando, somos personas de la práctica, pensamos y nos alertamos todo el tiempo “ojo con eso, ojo con lo otro”. Esto no es un escrito cerrado ni un manual de convenciones sobre la literatura, este libro es una propuesta para profundizar el diálogo y revaluar permanentemente la práctica. Se trata de reflexión y práctica permanente, y que nos animemos a movernos en ese espiral.
—Que sugerencias les darías a los docentes en la tarea de ser mediadores de lectura. ¿Con qué criterios y desde qué mirada elegir la literatura que se comparte en el trabajo cotidiano?
—La primera sugerencia es animarse a ser nosotras mismas sujetas de esa literatura, de esa experiencia estética. Animarse a incursionar no solo en la literatura infantil, sino que los maestros necesitamos leer esa y otra literatura también, animarnos a leer. Otra cuestión es salirnos del canon establecido, porque a veces hay editoriales, autores o autoras que ya sabemos que son buenos y nos movemos en el mundo conocido, que es lo previsible y lo seguro. Hay que animarse, arriesgarse y abrir por todos lados. Y otra cuestión es perder el miedo. Si uno puede entender realmente a los niños y las niñas como compañeros de camino, con todo el cuidado que uno tiene que tener siendo adulta, pero entendiéndolos como compañeros y compañeras de camino, no hay que subestimarlos. Hay que saber que ellos están ahí, que uno puede dialogar, pensar y acercar esa literatura para que ocurran cosas y después trabajarlas con ellos y pensarlas. También me parece que hay que hablar un poco más, hay que ser generosa, generoso y recomendar, por eso nosotros recomendamos mucho literatura en el libro.
—Cierro con esta idea que reiterás de los niños y niñas como compañeros de camino. Una idea que refuerza un reconocimiento a sus derechos y un llamado a no subestimarlos.
—Exacto, esa es la idea. A veces no pasa, porque te sentás frente a los niños en la estructura de la escuela y el formato y la gramática escolar dificulta esas relaciones. Pero me parece que ahí es cuando ocurre la empatía, cuando el vínculo pedagógico se hace empático y pasan cosas.