"Pa, ¿cuándo vamos a ir al barrio gay?", la vocecita aguda, estridente, segura, hace que el hombre que lleva a la niña de la mano levante las cejas, abra bien los ojos, mire a un lado, al otro y, después de comprobar que nadie le presta atención, se agacha un poco, pega la nariz a la oreja de la pequeña y le susurra: "Venimos de ahí". Las palabras se pierden entre el traqueteo seco del tranvía que se desplaza pesadamente calle arriba por Market Street y el murmullo quedo del puñado de pasajeros que a esa hora -temprano para cocteles, tarde para lágrimas- vuelve del Castro.
Atardece con desgano en San Francisco, el sol del otoño se resiste a esconderse, a los lejos, al final de la avenida, asoma el mar que se revuelve inquieto como si bajo la superficie escondiera una pelea de inclementes monstruos marinos. El viento sopla fuerte, indomable, arrasa lo que tiene a su paso, las hojas cansadas de los árboles que bordean la costa y que apenas se sostienen de las ramas que van quedando peladas y flacas, la gorra del abuelo que se esfuerza por mantener el paso inquieto de su nieto y las olas que forman altas crestas de espuma blanca.
Atrás quedó el Castro, que la niña con la inocencia de una niña pequeña llama el "barrio gay", sin saber cómo, cuándo y por qué se ganó el apodo. Para los turistas que llegan de la Línea F, un servicio de tranvía con coches de madera que conservan los letreros que prohiben salivar en el piso en el italiano original, es un punto de interés marcado en un mapa que tienen que visitar y fotografiar y luego, sin andar husmeando demasiado, dejar atrás. Nada de andar complicándose la vida con historias de luchas por los derechos de las minorías y cosas así, las vacaciones son para descansar.
Bajan frente al Twin Peaks, la taberna que hace las veces de puerta de entrada al barrio y que, por más que haya quien quiera encontrarle la vuelta, no tiene nada que ver con la serie de televisión de David Lynch, esa que tuvo en vilo a América con la pregunta "¿Quién mató a Laura Palmer?". El título se inspiró en San Francisco, pero no en el viejo bar que se ganó la reputación de ser el "Cheers gay", por su ambiente cálido y animado y su variedad de cervezas. Se llamó así por la formación montañosa, la segunda más alta de la región, que se convirtió en la Meca de los amantes del senderismo.
Basta dar vuelta la esquina para toparse con el enorme letrero del teatro Castro, una vieja sala teatral que se travistió en cine de culto, aunque de tanto en tanto pasa un tanque de Hollywood. Antes de llegar a su colorida marquesina, que está a media cuadra calle abajo, está Hot Cokie, una pastelería especializada en repostería erótica, donde venden un riquísimo macarrón recubierto de chocolate, que se sirve con un palito para degustar a paso, de una forma más que sugestiva. Un clásico del local: la foto de los clientes vestidos sólo con el slip rojo, con costuras blancas y la marca ahí, justo en el medio.
Un poco más adelante, en el 575, se encuentra la casa de fotografía Castro Camera, que a mediados de los 70 fue el negocio y el hogar de Harvey Milk, el activista que puso en la agenda pública los derechos de los homosexuales y que las nuevas generaciones conocen con el rostro de Sean Penn, gracias a la película de Gus Van Sant. Frente al local, que fue declarado de patrimonio histórico, hay una placa de bronce que recuerda la lucha que le valió a Milk una banca en la legislatura local y más tarde la vida, en manos de un loco con una pistola humeante. Dice simplemente "Nos diste esperanza".
Al caminar por Castro Street se respira libertad, en los bares, en las tiendas, hasta en los mercados el ambiente es amable, respetuoso, alegre, hasta en el Stabucks que está a pasos de la esquina con la 18, uno de los lugares donde se escribió la historia del activismo gay en los Estados Unidos, punto de encuentro de las marchas que recorrieron el barrio en los años felices del "Verano del Amor" y escenario de las peleas, salvajes, que enfrentaron a los militantes homosexuales con la policía, con los grupos conservadores que asolaban el barrio por las noches para intentar, inútilmente, amedrentarlos.
Esa historia, que fue larga, sangrienta y triste, tuvo un final feliz. Como un cuento de hadas, aunque no lo fue. En el Museo de Historia GLBT, el primero en el mundo que da cuenta de las luchas de los gays, lesbianas, transexuales y bisexuales, se puede repasar el pasado y así entender porqué pasó lo que pasó y cómo la comunidad homosexual logró el lugar que disfruta hoy. Como todo museo que se precia de serlo, éste atesora una valiosa colección que incluye la máquina de coser con la que el diseñador Gilbert Baker creó la primera bandera gay y el traje que llevaba Harvey Mil cuando fue asesinado en 1978.
Son un par de cuadras, las primeras desde que el tranvía llega a la punta de línea frente al Twin Peaks. La niña las caminó sin quejarse, mirando las vidrieras de los locales que se apiñan a uno y otro lado de la calle, comió unas golosinas que compraron en un Wallgreens y, antes de que el cansansio la hiciera fastidiarse, estaban en camino de regreso al hotel. Ni se dio cuenta que la película que se anunciaba en la vidriera de Superstar Satellite, la tienda de videos del barrio, era “Querelle” de Fassbinder, ni que los maniquíes del exclusivo de Levi's lucían los jeans ajustados como una segunda piel, ni que en lo alto flameaban las banderas del arco iris. Disfrutó del paseo y eso fue todo.
Datos útiles
Dónde parar: Praktik Metropol, hotel de diseño a precios low-cost en pleno centro madrileño. Más de 60 habitaciones en plena Gran Vía, desde 52 euros la noche. Montera, 47.
Dónde comer: Museo del Jamón. Especializado en embutidos ibéricos. Cuenta con una selección de 200 artículos de charcutería y una pastelería. Menú de degustación en la barra desde 5 euros. Calle Gran Vía, 72.
Qué hacer: Visitar Museo Reina Sofía, ubicado en el vértice sur del Triángulo del Arte de Madrid, que incluye a los museos del Prado y el Thyssen-Bornemisza. Su colección incluye obras de Salvador Dalí, Joan Miró y el "Guernica" de Pablo Picasso.