Comer y viajar. Viajar y comer. No sé en qué orden ubicarlos o si son separables siquiera. Para mí viajar sin tener en cuenta la comida local o probar sabores nuevos no existe y, al mismo tiempo, cada vez que como puedo cerrar los ojos un segundo y viajar con la mente a qué cultura me está llevando o de dónde viene ese alimento.
La comida de un lugar que no conocemos nos habla mucho más que de sus sabores y es una experiencia que va más allá de llenar el estómago. Se convierte en una puerta de entrada a la cultura, el clima, las creencias, la economía, la historia, el suelo y la interacción social de un lugar. Al abrirte a la comida local de un destino podés conocer mucho sobre la vida de la gente, sus tradiciones y sus valores.
No hace falta irse muy lejos para viajar con la comida. Ni siquiera hace falta irse a otro país. A veces alcanza con visitar otra provincia o dar un paseo por el pueblo vecino. En todos lados hay un plato de especialidad que es fuente de orgullo y parte de la identidad del lugar.
Pero para meterse de lleno en la gastronomía local hay que dejarse salir de lo que comeríamos normalmente y estar abiertos a lo que hay. Charlar con las personas que viven ahí y preguntarles por sus comidas o restaurantes preferidos. Visitar los mercados de frutas y verduras. Probar y preguntar sobre los ingredientes que no conocemos. Comprar especias y condimentos nuevos. Visitar el supermercado es siempre una buena opción para traerse ingredientes nuevos a casa. Probar la comida callejera, especialmente en esos lugares donde vemos mucha gente local. Preguntar por las recetas o cuál es el secreto para hacer ese plato típico. Con un poco de ganas después podemos intentar recrear esos mismo platos en casa.
Viajar es un estado mental. Tiene más que ver con el relajarse, dejarse sorprender y mirar con ojos despiertos que con el trasladarse a un lugar a miles de kilómetros. Te diría que hasta podemos viajar o ser turistas en nuestra propia ciudad si sólo cambiamos la mirada.
En Rosario, por ejemplo, una vez al año tenemos la fiesta de las Colectividades que nos propone ir probando un poco de la gastronomía de cada cultura. Chucrut de Alemania, falafel de Líbano, cannoli de Sicilia, yuca frita de Cuba, sidra de Asturias, limoncello de Calabria, tortilla de papas de Galicia, cachapas de Venezuela, backlawa de Siria e infinitas posibilidades más. Aunque muchos puestos se ven teñidos por nuestra cultura argentina y se pierde un poco la autenticidad de algunos platos -el cono de papas fritas brilla presente por todos lados- sigue siendo una forma divertida de viajar comiendo por un rato.
En palabras de Patricia Aguirre, antropóloga especializada en alimentación, “cuando ingerimos un alimento comemos al mismo tiempo los nutrientes y los sentidos que hacen que ese alimento sea lo que es, porque la comida de los humanos une indisolublemente naturaleza y cultura, la sustancia y el valor que le damos a comerla, prepararla y compartirla.”
Para más info sobre alimentación a base de plantas, cursos y talleres podés encontrarme en Instagram en @gastrosofiaxmg.