Como ya el entente Chevallier -General Urquiza-Sierras de Córdoba demostró ser de cuarta categoría hace años, pagamos el pasaje más caro, que debería ser el mejor: “El Rosarino”. Incluso después del paro/chantaje de seis días que paralizó al país, suben el boleto a 186 pesos. A valores europeos. Seguro el servicio será acorde al precio. Prometen cuatro horas. En ventanilla nos dicen, muy poco amables, que es “directo a Retiro”. Primera mentira: el colectivo se detiene a subir pasajeros en tres paradas distintas de Rosario. Luego para 10 minutos en San Nicolás. También suben y bajan “pasajeros” (así entre comillas porque no pagan pasaje) en cualquier lugar de la ruta, de noche o de día. Llegando a Buenos Aires, para en Thames, Colectora y 127, Puente Saavedra. Luego sí, a Retiro. Duración del viaje: entre cuatro horas y cuarto hasta cinco y pico. ¿Y durante el viaje? El Rosarino es la única empresa que da un “catering” compuesto de sandwiches y galletas difíciles de describir. Al menos hay café. Qué pena, es vomitivo. Hay “jugo”. Vomitiva versión fría. Vamos al baño. A veces hay agua, a veces papel higiénico, a veces funciona el “inodoro.” Por lo menos podemos dormir. Error: ponen una película, como siempre estadounidense a buen volumen: tiros, explosiones, asesinatos, amenazas, insultos, todo en inglés norteamericano, con subtítulos en “latino”. Pedimos al chofer que por favor baje el volumen, la gran mayoría de los clientes queremos dormir. El conductor está solo. “Eso lo maneja mi compañero”. “¿Y dónde está?”. “Por ahí”. Subimos y ahí está, mirando la película. Le pedimos que por favor baje el volumen. Nos mira, socarrón: “Eso es para la noche, ya son más de las 9 de la mañana, va con sonido”. El tono de voz pasó de socarrón a intimidatorio, con mirada pesada incluida. Le informamos que pagamos mucha plata para viajar, siempre con respeto y tratándolo de usted. Con muy mal tono: “No, flaquito, para dormir hay que viajar de noche”. Perdemos la paciencia: “Si no baja el sonido le hacemos una denuncia con la Cnrt”. Se burla, pesado: “Hacela nomás”. “Dígame su nombre y su número de documento”. El tipo me mira, amenazante: “¿Qué sos, policía? No te doy nada”. Respondo: “Dígame el número del colectivo”. Se burla: “Bajate a verlo, está del lado de afuera”. Con el ómnibus en pleno movimiento. Repito: “Dígame su nombre y apellido”. El tipo se levanta, más amenazante: “¿Qué te pasa flaco, no me oíste? Andá a hablar con mi compañero”. Le pregunto el número del servicio al conductor. Me mira con ojos de sindicalista: “Fijate en el boleto, ahí debe estar”. Vuelvo al asiento, busco en el boleto: no está el número del viaje. Otras dos pasajeras piden también que bajen el volumen de las explosiones y personas muriendo y fuck yous de Hollywood; entonces el supuesto chofer que es grandote, rubión canoso de pelo muy corto, usa anteojos, gordo, pesado, que está avanzando hacia mí, intimidatorio, retrocede, baja a su puesto de trabajo, el sonido por fin disminuye. Vuelvo a mi asiento, dentro de un bondi fantasma vibrante de violencia. Esto pasó el jueves 23 de mayo de 2013, en el colectivo Nº 1.360 de la empresa El Rosarino, que salió a las 10 de Rosario con destino a Retiro. Mire qué lindo mi país, paisano.






























