La rumano-alemana Herta Müller y el peruano Mario Vargas Llosa, premios Nobel de literatura, dialogaron ayer sobre sus vidas y los libros y defendieron el poder de la palabra en el desarrollo humano, en la apertura del salón literario de la Feria Internacional del Libro (FIL) de Guadalajara.
En el auditorio Juan Rulfo, el más grande de la Expo donde transcurre esta 25 edición, hablaron de su oficio en una charla que los organizadores titularon sencillamente "Dos Nobel, una conversación", dirigida por el periodista español Juan Cruz.
Los laureados escritores hablaron de sus experiencias personales con los libros en una sala abarrotada, la mitad de la cual se quedó sin entender las intervenciones de la autora nacida en Nitchidorf, Banat, un pueblo germanohablante de la región de Timisoara, en Rumania, pues los aparatos de traducción simultánea fueron escasos para la enorme cantidad de público que llegó al salón.
Vargas Llosa, un hombre que tuvo una infancia feliz, rodeado por sus abuelos y su madre, comenzó a leer cuando apenas tenía cinco años. "Era una experiencia de mucho gozo que cambió cuando mi padre se volvió a juntar con mi mamá y volvió a casa", contó.
"Fue a los 11 años, cuando la figura autoritaria de mi padre me hizo descubrir la soledad, el miedo y el terror. Entonces, la literatura comenzó a ser un refugio que me devolvía la dignidad y la libertad que perdía ante él", expresó.
A su vez, Müller, hija de campesinos crecida en una casa donde no había libros, salía al campo a cuidar a las vacas y a preguntarse cosas de la vida.
"Estaba desesperada, no sabía qué hacer con mi vida. Las vacas no me necesitaban y aún hoy, cuando veo un paisaje amplio, me siento amenazada, fuera de contexto, jamás puedo integrarme", dijo conmovida.
La sombra de Ceaucescu. La autora de "El hombre es un gran faisán en el mundo", "Las Tierras Bajas", "La piel del zorro" y "La bestia del corazón", entre otros, se refirió además a la importancia que tuvo ser una lectora voraz y luego una escritora disciplinada en medio de la dictadura de Nicolás Ceaucescu.
"En Rumania la situación era horrible y no había salida. Muchos amigos estaban en la cárcel, otros morían asesinados, no había nada que comer y la gente moría de frío y hambre en las calles. ¿Tenía el derecho de sentarme a leer libros?", se preguntó la escritora.
Amante de los libros que dijeran una verdad, Müller reveló que en su pueblo no podía aceptar las supersticiones. "Necesitaba la literatura sincera, los libros que muestran lo insoportable de la vida eran y son mis preferidos. Quiero que la literatura me duela y me fascine", agregó.
A su tiempo, Vargas Llosa refutó amablemente: "Leemos porque los libros nos cuentan mentiras y porque nos hacen ingresar a otra vida, donde se dicen las verdades que no se pueden decir de otra manera".
"Por eso la literatura es considerada peligrosa y sospechosa para los totalitarismos que han querido controlar la vida de la gente desde la cuna a la tumba. Y tienen razón. Por otro lado, tiene razón Herta, en la literatura todo es bello, también lo feo", agregó el autor de "La ciudad y los perros" y "Conversación en La Catedral".
Vargas Llosa fue enfático en la expresión de una convicción que lo acompaña desde edad temprana: "La literatura es imprescindible en la formación de una persona y constituye uno de los grandes instrumentos del progreso humano".
Müller, a su vez, evocó el miedo que produce la lectura y las palabras en mucha gente. "Cuando era niña, mi madre me decía que no leyera tanto pues me iba a poner mal de los nervios. Aún en estos días me llama para decir que no escriba demasiado, porque me voy a enfermar".
La charla prosiguió haciendo referencias a los totalitarismos, a los inmigrantes y a los neonazis en Alemania, un tema este último que tiene a Müller "horrorizada".