El sol pega duro en el mediodía de Azul, una tranquila ciudad del centro de la provincia de Buenos Aires con algo más de 60 mil habitantes. Gustavo Germain, uno de los protagonistas de esta historia, se queja de que una de las heladeras de su fiambrería se quemó y que recién mañana se la repararán.
Gustavo es de estatura baja, mirada franca y en las últimas semanas apareció en gran cantidad de medios nacionales -incluso la historia trascendió al mundo- narrando algo más parecido a una novela pero que vive como un calvario: después de 35 años se enteró que, al nacer, en septiembre de 1974, una enfermera del sanatario Azul cometió el error de entregarlo a la madre equivocada. El otro protagonista de la historia, el que hoy se sume en el silencio, Javier Delmasso, corrió la misma suerte.
Una carta de lectores publicada en el diario El Tiempo de Azul fue el disparador, aunque varios conocían el caso. Fue el 30 de octubre pasado. La periodista María Biscay, convocó a Gustavo, hizo la nota y ya nada fue lo mismo.
Un rincón del negocio sirve de encuentro con La Capital. Como él dice, se nota la catarsis que hace en cada palabra. Contó su desventura en mil ocasiones. Y lo hace una vez más: "Yo me enteré de todo cuando estaba por cumplir 35 años, hace unos dos años. Fue cuando llamó Javier y habló con mis padres de crianza y les dijo que quería tener una charla con ellos. Al final él fue para la casa de mis padres y les comentó que sospechaba que era su hijo biológico".
Todo había comenzado el 19 de septiembre de 1974 en el sanatorio Azul, ubicado en la avenida Mitre al 900 y fundado en 1927.
Gustavo recordó que "Javier nació a las 6.20 de la mañana y yo a las 22.20. En aquel entonces, la única posibilidad de que la mamá identificara a su hijo era por la ropita que le había llevado, que le entregaba a la enfermera. En aquel entonces, no sé cómo será ahora, se acostumbraba que por las noches, con el propósito de que las madres pudieran descansar, a los chicos los llevaban al sector de nursery. Las enfermeras los cambiaban, los vestían y les daban la mamadera durante toda la noche. Al amanecer del 20 de septiembre la enfermera del turno les llevó los bebés a cada madre. Estaban en habitaciones contiguas".
Hace una breve pausa como si quisiera tomar aire y continúa el relato: "Cuando cada uno recibe al chico saltan casi al unísono diciendo que ese no era su bebé. Era sencillo, ninguno tenía puesto la ropita que cada una había llevado. «Quedáte tranquila que nos confundimos con la chica de al lado», fue la respuesta de la enfermera. No había sido la ropita, habían sido los bebés. Entonces mi mamá biológica, Marta, preguntó cómo se llamaba esa mujer "de al lado". Le dijeron que Martina López. Le quedó el apellido porque su hermana está casada con un López. Todo quedó como una anécdota, ninguna sospechó nada".
La vida continuó como si nada, como aparentemente debía ser: "Yo tuve una infancia normal, como la de cualquier chico de barrio. Hice la primaria y la secundaria en la escuela de la Sagrada Familia y después me fui a estudiar periodismo deportivo a Buenos Aires. Allí estuve 10 años y llegué a trabajar en una radio que tenía el Baby Etchecopar. Con la crisis del 2001 me quedé sin trabajo y me tuve que volver porque no conseguía trabajo. Volví a casa de mis viejos y con una plata que tenía me puse la fiambrería, después de haber trabajado dos años en una empresa de telefonía que también cerró", recuerda Gustavo.
"A mi esposa, Daniela la conocí cuatro meses después de enterarme de toda esta historia. Estamos en pareja y tenemos un bebé de dos meses y medio, Nazareno, y ella ya tenía una hija que ahora tiene 10 años que me considera su papá. Y para mí tengo dos hijos", abunda.
-¿Sabías de la existencia de Javier?
-"Mientras la vida seguía su curso normal con la familia Germain, yo de Javier no sabía nada. Lo conocía de vista de haber jugado al fútbol cuando éramos chicos. Vivíamos a cinco o seis cuadras. Yo era del barrio Terminal y el del Montevillano. Eso fue entre los 7 y los 11 años. Después no lo vi nunca más hasta que pasó todo esto.
Cuando se le plantea que da toda la sensación de haber salido mejor parado que Javier de esta situación, Gustavo dice que "parece eso, pero todo me marcó. Porque cuando mis padres me dijeron que Javier quería hablar con ellos yo les dije que tuvieran cuidado. Cuando al fin salta que él sospechaba que mis padres de crianza podrían ser sus padres biológicos, me pareció una locura, porque el quería hacerse un ADN para sacarse toda duda. Les dije que no contaran conmigo”.
Tratando de armar el rompecabezas de la historia, Gustavo vuelve sobre sus pasos y recuerda cuando su hermana mayor biológica —la hermana de crianza de Javier, Andrea— necesitó dadores de sangre. “Estaba a punto de dar a luz por cesárea. Cuando le tomaron la muestra de sangre el médico le dice que no podía darle sangre porque su grupo era A+ y el de la hermana es B-. Sabiendo que sus padres de crianza eran factor negativo, los hijos debían ser negativos. Eso le quedó dando vueltas. Incluso él no se veía parecido a su hermana ni a sus padres. El papá y la hermana son petizos como yo y él mide más de 1,80 metro. Y trasladó todo a la anécdota del cambio de ropita. Eso lo hizo sospechar. Se hizo el ADN con la familia de crianza y le dio negativo. Antes de eso, un día paseando por el parque Sarmiento con su familia y sus hijos, se cruza con dos hombres —que eran mi papá y mi hermano de crianza— y lo shockeó el parecido. Ahí le contó a su mujer de sus sospechas”.
Pasó algún tiempo hasta que Javier se encontró con los Germain, quienes quedaron impactados con el parecido físico. Gustavo, previendo que algo inesperado e indeseado podría pasar en ese encuentro, no quiso estar presente. “Quería acomodar cosas en mi cabeza”, contó.
No deja de resaltar que el mal trago y el estado depresivo por el que está pasando Javier ahora “yo lo viví en su momento hace más de dos años. Al principio hablamos, nos cruzamos en reuniones, pero ahora Javier está muy cerrado y no quiere decir nada. Ahora que está instalada la demanda judicial contra el sanatorio, tomó más estado público, los medios de todo el país se interesaron. Y hasta que no empezaran a declarar los testigos, los abogados me sugirieron no salir a hablar. A mí, entrar en contacto con la prensa me sirvió de catarsis, nunca fui al psicólogo. Yo quiero que esto se sepa para que no pase nunca más en ningún lado porque destrozó a dos familias”.
Sobre el encuentro con su familia biológica dijo que “fue dolorosísimo. Te encontrás con dos personas que se te parecen físicamente pero que son extraños. Yo tengo contacto con las dos familias, de vez en cuando nos juntamos, pero al haber hecho mi propia vida también cambió algo. Un par de veces nos juntamos todos para tratar de hacer todo más llevadero, pero nos dimos cuenta que se sufría más. Es muy difícil tener a los cuatro padres juntos, porque a uno le decís papá y mamá a los de crianza y es como una bofetada para los biológicos, que te consideran también tu hijo. Por eso decidimos estar cada familia por su lado”.
“Me gustaría hablar con Javier para ver si le pasa lo que me pasó a mí en un principio. El trabaja en una empresa de medicamentos, está casado y tiene dos hijos, pero en este momento está muy cajoneado”, cuenta con sinceridad y un dejo de esperanza.
Sobre las huellas que le dejó semejante experiencia, Gustavo dice que “estoy más relajado y me saqué un peso de encima hablando, pero el dolor lo tenés, la procesión va por dentro. Vos me ves y capaz que pensás que estoy entero, pero por dentro estoy destrozado. Pero la única forma de hacer que el sanatorio reconozca que se equivocó es salir y contarlo. Ya lloré lo suficiente, al principio estuve aislado”.
Sobre Martina y Jorge, sus padres de crianza, asegura que tienen un gran dolor. “No pueden creer lo que les pasó y tienen sentimientos encontrados. Porque el corazón dice que criaron un hijo, pero la realidad dice que tuvieron otro. Y reencaminar los afectos es durísimo”.
“Yo hoy vivo el día a día. Tengo que tomar fuerzas. Me apoyo en mi mujer y en mis hijos, Haber tenido a Nazareno ayudó muchísimo y también están los amigos que están apoyando siempre. Y tratar de disfrutar lo que más se pueda”, resume.
Igualito a Di Palma
"Me dijeron que soy parecido a Marquitos Di Palma y a Diego Torres. Al Loco (Di Palma) me lo encontré el verano pasado en Claromecó y me saqué una foto con él. La gente le decía que yo era el doble. Y el se sorprendió de que hasta tengamos el mismo tono de voz", recordó Gustavo.