—Hace unos días atrás hicimos referencia en esta columna a un nuevo juego de moda en
Europa (si es que puede llamarse así al disparate) llamado Balconig. Consiste en saltar de un
balcón a otro y ya se ha llevado a varias vidas al otro mundo. La estupidez del ser humano parece
no tener límites. Todo en aras de hacer subir el nivel de adrenalina, buscar nuevas sensaciones y
vaya a saber uno qué razón (sinrazón) que se cruza por la mente de estos tipos. Pero he pensado que
para hacer subir el nivel de adrenalina y buscarse una aventura tan peligrosa como la de saltar de
balcón a balcón, podrían venir estos europeos a intentar cruzar en las calles de Rosario de vereda
a vereda, empleando la misma actitud que tienen en Europa.
—Advertirían que la adrenalina asciende hasta la garganta, junto con otros órganos que
nombrar no quiero, y que el corazón estalla por miedo a que algún idiota, sazonado con dotes
homicidas, imprima más velocidad a su arma mortal (esto es auto o colectivo).
—Verdadero caos, y peligroso, desde luego, es el tránsito en la ciudad.
—Días pasados dicen que una jugadora del equipo de hockey de España se quejó y quedó
indignada porque intentó cruzar la calle y los automovilistas, irresponsables e irrespetuosos,
lejos de cederle el paso siguieron como si nada. “Esto en mi país no ocurre -dijo- cuando uno
pone el pie en la acera todo el tránsito se detiene y cede el paso al peatón”.
—Quien ha viajado a Europa, o a Estados Unidos de Norteamérica sabe que es exactamente
así. Hay una cultura en tal sentido.
—Aquí es exactamente al revés, quien pone el pie en la acera sin tomar todos los recaudos
habidos y por haber corre el riesgo de morir. Así, sin más. Y aquí hay responsables: por un lado
los cuasi seres humanos (digo cuasi porque en algunos casos se trata de gente tan bruta, estúpida,
infradotada o con ciertas patologías, que ha descendido en la escala) Y por otro lado los
“cuasi funcionarios” que no ponen orden, que no aplican sanciones severas para con
tanto homicida en potencia suelto. No extraña entonces que se sucedan accidentes tremendos y si no
ocurren más (¡menos mal!) es porque los rosarinos están protegidos por buenos espíritus.
—Pareciera que las autoridades están muy comprometidas en cuanto a infracciones a los que
estacionan mal (como ya lo hemos señalado muchas veces); que la grúa está para favorecer a la caja
del fisco, pero basta con que cualquier vecino se pare en una esquina de la ciudad para advertir
cómo no se respetan normas de tránsito que son fundamentales para preservar la vida y los bienes de
las personas, cómo algunos bobos pasan las esquinas sin atenuar la marcha, cómo se invaden las
sendas peatonales, se cruzan semáforos en rojo, se conduce a alta velocidad y nadie pone orden. Hay
que remitirse a las crónicas de los últimos días para ver cuales son los tristes resultados.
—¡Libertad, Candi, libertad! No sea reaccionario.
—El problema que esto no es libertad, esto es permitir que cualquiera haga lo que le venga
en gana. Pero claro, cómo vamos a pretender, mi querido amigo, que se ponga orden en el tránsito,
cuando ocurre tanto bandidaje y nadie hace nada. Y no hablemos sólo de robos, que están a la orden
del día. ¿Del día?¡Qué digo del día, del minuto! ¡Ah, pero es una sensación, una sensación! Y ni
hablar de otras cosas, como el tráfico de drogas. Cada muerte de obispo (y por favor hermanos, no
vayan a pensar que yo quiero que mueran con asiduidad los obispos, Dios no lo permita), pero cada
muerte de obispo, como suele decirse vulgarmente, aparece un procedimiento y ¡zas! se secuestran
unos kilitos de “merca”. Cómo vamos a pretender orden en el tránsito cuando los
“muchachos” transitan por la interna, muy panchos, y piensan en el 2.011. ¡Qué
desfachatez la mía desear otras cosas!
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