Hacía ya un tiempo que se había jubilado de la Municipalidad en la que trabajaba haciendo el Festival Internacional de Poesía y su amada “Poesía en los bares”. Vitales y medulares cables a tierra para él, de modo que en ese tiempo estaba un tanto triste y, sobre todo, inactivo. Ya había hecho muchísimas canciones con Litto (Nebbia) que lo mantenían bastante en forma, pero ese ciclo también había llegado a fin. Fue entonces que me pareció una buena idea acercarle alguna música, un poco para reanimarlo y también para que compartiéramos momentos juntos con un buen pretexto, pero principalmente porque era desde allí, desde la creatividad, donde yo podía encontrarme con su magia, el verdadero ser que habitaba ese cuerpo. Ocurrió que la música que le acerqué era un tanto más compleja de lo esperado, por lo que con esa primera dificultad ya había resuelto dos cosas… Por un lado, fueron muchos más encuentros de lo premeditado, y por el otro, logré entintar su Olivetti.
Las primeras juntadas fueron artísticamente algo frustrantes porque la técnica de Huguito –que consistía en memorizar la melodía– no daba buenos resultados. Por lo que decidí usar otro método. Le armé un monstruo –como lo denomina Juan Falú–, una suerte de borrador de la letra con el cual, si se respetan las sílabas y las acentuaciones de las palabras, cada una podía ser reemplazada por cualquier otra, y la música va a funcionar siempre bien. Ya para ese entonces compartimos varias tardes inolvidables. Fueron otras cuantas más, y finalmente el poeta lanzó su magia y me entregó la letra final.
Lo primero que noté es que Huguito había utilizado gran parte de las palabras del monstruo, situación que advertí con molestia, como si no se hubiera esforzado en hacer la letra, sentí como un desinterés. Obviamente nada más errado. En esos días me tomé un café con Gastón –un amigo en común entre los dos– y le conté sobre el proceso creativo que venía teniendo con Huguito. Al comentarle sobre la reutilización de las palabras que pensé para el borrador, y manifestando mi disgusto, este querido y sabio amigo me detiene en seco y me advierte sobre la especial sensibilidad del nombrado poeta. “Eze, esas palabras originarias vinculadas con la música no son en lo más mínimo una información desechable”. Tragué saliva, y ese fue el tiempo en que tardé en darme cuenta de mi ignorancia. Claro, era imposible que ese nuevo vínculo creativo con mi viejo, no estuviera tenido de sentimientos muy profundos, complejos, y difíciles de manejar. Cuando llegué a mi casa, releí por enésima vez esa letra y la disfruté por primera vez como ninguna otra. La única canción que hicimos juntos, el regalo más hermoso que solo un padre muy especial pudo hacerle a su hijo menor, y que no lo cambiaria ni por todos los barcos piratas del mundo, ni por las más extensas Scalextric.