Cultura y Libros

El arca de Noé

Así escribía Lisa Beck - Bernard. Fragmento de El río Paraná. Cinco años en la República Argentina.

Domingo 01 de Marzo de 2020

En la provincia de Santa Fe, los animales son muy numerosos. Los caballos salvajes vagan en grandes manadas (tropillas) en el norte, y cuanto más nos alejamos de las zonas pobladas, tanto más abundantes son.

El avestruz gris (ñandú) vive en el Chaco. Sus huevos y plumas son para los indios objetos de comercio. Ciervos, corzos, gamos, que los lugareños llaman venados, viven en los vastos campos. Nada más gracioso que estos encantadores animales, cuya apariencia dulce y expresiva tiene algo de humano.

El aguará guazú, una especie de lobo dorado con crin negra; el puma o león de América, sin voz y sin melena; la vizcacha; la mulita (armadillo); un pequeño zorro llamado zorrino que se defiende del tigre arrojándole a los ojos un líquido acre y corrosivo, son los huéspedes habituales de los lugares deshabitados.

El tigre manchado o jaguar, a menudo de enorme tamaño, habita en la espesura, en particular en las islas. En verano, cuando las nieves de la cordillera se derriten, provocan las periódicas crecidas del Paraná. El río invade los refugios de los jaguares, que van de una isla a otra y se acercan a la ciudad. En 1858, cuando el torrente fue extraordinario, tigres y venados entraron en Santa Fe. Un tigre fue asesinado a unos diez minutos de nuestra casa. Eran aproximadamente las nueve de la noche. El animal, perseguido por el agua, había atravesado nadando el brazo bastante estrecho del río Paraná que separa parte de Santa Fe de la isla de Coronda. Asustado por el aspecto de las casas y las cercas, el jaguar rugía de terror. Corrió hasta que algunas lanzas acabaron con su vida.

En las aguas del río nadan el yacaré (caimán), la tortuga, la nutria, el lobo (lobo marino). Las serpientes, en pequeñas cantidades, también están aquí y allá. Las grandes de color anaranjado, decoradas con magníficos dibujos negros, son las menos peligrosas. Las más temidas son las más pequeñas. La víbora de la cruz, que al morder causa la muerte, a veces en pocas horas. O una pequeña serpiente marrón que se esconde en la tierra. Las moscas venenosas, cuando su picadura no es mortal, causan heridas gangrenosas. Tales son los enemigos a los que se debe temer. En Europa, sin embargo, exageramos con frecuencia su peligrosidad, que disminuye con un poco de cautela y algunas precauciones.

En la casa encontramos, raramente, al escorpión. Con frecuencia, ciempiés, cucarachas, ácaros y otros huéspedes más o menos desagradables. En los jardines, magníficos colibríes de un verde esmeralda con matices dorados, otros negros y rubíes, van zumbando a succionar el jugo de las flores que los alimentan. Los llaman picaflores. Tienen por rivales a las abejas, que son salvajes, y su miel, contenida en celdas que parecen de papel gris, tiene un sabor y aroma exquisitos. Encantadores guanacos, una especie de vicuña, se reúnen en el campo, entre Córdoba y Santa Fe. Estos animales superan en la carrera al mejor caballo. Los indios los capturan con el lazo y las bolas. Un día llevamos un guanaco a nuestro patio. No parecía intimidado. Se dejó acariciar por los niños y nos miró pacíficamente con sus grandes y tiernos ojos negros. Con su lana gris-lila, gruesa, sedosa, extremadamente fina, se hacen los bonitos tejidos por los que se destacan las chinas. Los cazadores indios nos trajeron una tarde dos pequeños tigres, a cuya madre acababan de matar. Los pobres animalitos, que sólo vivían de leche, eran del tamaño de un gato muy grande. La cabeza, también grande, ya tenía aspecto feroz. El pelaje, admirablemente dibujado, era más gris que en el jaguar adulto. Con los dientes afilados como agujas, la lengua muy áspera y las garras ya visibles eran verdaderos tigrecitos. Después de examinarlos los puse en el suelo y ellos emitieron un fuerte rugido.

Nuestra casa es un remedo de la célebre barca que tenía la misión de salvar a los animales del diluvio universal. ¡Tal vez el patriarca Noé hizo experiencias como las nuestras! Regalamos a nuestros hijos todo tipo de bípedos y cuadrúpedos, cuyo número va en aumento. Tres ciervas recorren nuestro patio. Una de ellas sobresale por su inteligencia. Nos la ofrecieron junto con un tigre joven. Rechazamos el tigre, pero aceptamos la gama. Fue una verdadera encarnación de la poesía del desierto que esta criatura encantadora nos recordara a la gacela de patas finas con ojos negros y suaves que el moro Hassan ofrece a Doña Blanca en El último abencerraje. En muy poco tiempo la gama se acostumbró a todos nosotros y nos muestra tanto afecto como un perro inteligente.

Un lazo de cuero trenzado, muy largo, sujeto a su cuello, le permite caminar por el patio. Cada mañana, temprano, escucho el ruido de sus piecitos en las lajas. Viene a mover el picaporte de mi puerta, a saludar. Una vez abierta la puerta, la gama entra, se refleja en el espejo del armario, toma de la mesa las cáscaras de naranja que tanto le gustan y termina echada a nuestros pies mientras leemos o trabajamos. Lo más gracioso son sus juegos con los niños, a los que ama. Sólo le llevó unos días familiarizarse con nuestros perros grandes. En las noches frías, ellos buscan refugio en la pequeña cabaña de la gama, a la que esos huéspedes no asustan. Por la mañana los vemos a los tres asomando la cabeza como si fueran los mejores amigos del mundo. En general, en este país, ni las especies primitivas parecen tener entre sí los furiosos prejuicios que las animan en Europa. He aquí un ejemplo. Una de nuestras gallinas empolla en la cocina, en una especie de nicho de ladrillo cerca de la chimenea. Una pata encuentra este refugio conveniente y se instala allí con el mismo propósito. Los pollitos y los patitos apenas rompieron el cascarón cuando cerca de las dos madres, pata y gallina, se atreve a instalarse la gata, que amamanta a dos gatitos. Nos traen un perro grifón muy joven, lo separaron de su madre demasiado pronto y apenas puede sostenerse. Instintivamente se acurruca junto a la gata, que lo acoge y reparte su leche entre él y los dos gatitos. La valiente nodriza ve llegar a otro pensionista: es un pequeño loro verde, apasionado por la leche, que se pone a mamar junto con los retoños de la gata y el grifón. Este falansterio de bípedos y cuadrúpedos no puede ser más divertido y se prolonga durante varias semanas sin discusiones, con lo que se hacen realidad de manera satisfactoria las utopías de algunos economistas famosos de la actualidad. Sólo se desorganiza por efecto del tiempo, que da alas a los patitos, patas a los pollitos, ideas de carrera y salto a gatos y perros, y más independencia al lorito. Mi caballo, que es hijo del desierto, aprecia mucho la lechuga, y como el jardín le está vedado, aprovecha el momento en que la ensalada se pone sobre la mesa del comedor para entrar y darse un festín con el fruto prohibido.

Nos regalan un avestruz (ñandú) aún joven, del tamaño de un pollo. En pocos meses alcanza una altura de dos metros o más. Es la aflicción de la cocinera, se come incluso lo que ella guarda en lo más alto de los aparadores. Frutas, pan, mantequilla, carne, todo lo traga, ¡hasta el mango de un cuchillo viejo con un resto de la hoja! Una mulita (tatú) y nutrias del río Salado habitan una caja y un barril que son apropiados para ellos. Tres tortugas caminan lentamente por los patios, a veces entran a nuestras habitaciones y permanecen allí sin moverse, en la misma esquina, ocho días o más. Un hermoso loro de Paraguay, verde esmeralda, de cabeza azul y alas rojas, viene también a inspeccionar seriamente todo lo que sucede. Habla muy bien el español, y a veces lo intenta con el francés. Trepa a las sillas y se instala en los respaldos.

Los carpinchos, pequeños cerdos acuáticos, viven en el tercer patio, en compañía de una cantidad de pollos, pavos, patos, gallinas de Guinea. Dos pavos reales, que en este país son de una belleza notable, caminan orgullosos entre sus compañeros.

A nuestro alrededor, en las casas vecinas, algunas personas crían aves raras o curiosas. El tucán, de un azul violáceo, con un enorme pico naranja. El cardenal, gris, con la cabeza roja. El casero, una especie de pinzón del que aprendemos a cantar. Loros de varios colores. Periquitos verdes. Palomitas encantadoras del tamaño de una curruca, que tienen el elegante nombre de palomita de la virgen. Búhos, a los que se les permite volar libremente, para que durante la noche puedan cazar cucarachas, tarántulas y otros seres desagradables. Aunque raramente, en algunas casas vemos aves del paraíso, aves lira y otras especies similares, poco comunes. A veces, también, monos pequeños, que vienen de Corrientes y Paraguay, pero les tememos por su maldad. Los bosques del norte albergan, además de los animales ya nombrados, a una especie de cebra, rayada, muy salvaje, esquiva, que siempre huye a las profundidades del bosque, y que los indios llaman la gran bestia o ansa. De un misionero franciscano en el Chaco recibimos este detalle.

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