Es preciosa, el pelo negro, azabache, corto, hasta los hombros, la piel blanca, con las mejillas rojas, como si hubiera estado corriendo o al sol sin la debida protección, y no fue así, nada de eso pasó, el rubor que le enciende el rostro refleja la alegría que siente, la excitación, el entusiasmo de ser chico y vivir un sueño. Tiene seis años, apenas se la ve por encima de la mesa donde la familia, tipo, papá, mamá, dos hijos, se toma un respiro para almorzar, hamburguesas con papas fritas y Coca Cola, y es feliz.
Paran en el parque, en uno de los hoteles low cost, los All Star, que están decorados con figuras gigantes de los personajes que hicieron felices a generaciones de chicos acá, allá y en todas partes, Woody y Buzz, gigantes, los cachorros de “101 dálmatas”, Hugo, Paco y Luis, los sobrinos del Pato Donald, que juegan un eterno partido de béisbol en el campo de césped sintético que en verano, cuando los días son largos y calurosos y agotadores, invita al picnic al aire libre, en calma, bajo la luz mortecina de las estrellas. Se levantaron temprano, sin necesidad de poner el despertador, una vocecita aguda, chillona y llena de energía les informó que salió el sol, que es de día, que hay que levantarse.
Una vez y otra y otra más cuando, en un esfuerzo estéril, intentan volver a hundir la cabeza en la almohada con el argumento de que hay tiempo, que no hay apuro, que Magic Kindom todavía no abrió, que Mickey debe estar durmiendo porque anoche, con el ajetreo del desfile y los fuegos artificiales, se fue a la cama tardísimo. Inútil, nada más inútil que querer calmar la ansiedad de un chico con razones, acaso sirva con los grandes, aunque no siempre da resultado, pero con los chicos seguro que no. Menos si es mujer, acaba de terminar el jardín de infantes, sufre de una adicción incurable al Disney Channel y durmió con el traje de Cenicienta puesto y abrazada a un peluche de Minnie, vestido a lunares rojos y blancos ,moño en la cabeza haciendo juego, que heredó de la tía y que la acompaña por las noches desde su más tierna edad.
Desayunaron en el fast food de la planta baja, en compañía de otros padres, también con el pelo enmarañado, los ojos enrojecidos y expresión zombies de película Clase B, que iban y venían a cargar y recargar y volver a recargar los vasos plásticos que compraron al llegar con la esperanza de que esos líquidos de colores que se anuncian como gaseosas frescas y de sabores riquísimos fueran en realidad un elixir mágico que los ayudara a sobrevivir a las largas colas al rayo del sol a las que están condenados. Ella sonríe, apenas come, una papa frita que le alcanza la madre cuando logra que deje de dar vueltas alrededor de la mesa cantando una canción, que no se entiende bien cuál es porque ni siquiera ella la sabe, la escuchó en uno de los juegos o mientras esperaban para que Blancanieves les firmara un autógrafo o cuando pasaron bajo el castillo de las princesas, quién sabe, lo cierto es que la escuchó, le gustó y desde instante no dejó de cantarla, en inglés, o en una jerigonza que ella cree que es inglés y no lo es.
Ya vieron llegar a Mickey con gorro de maquinista a bordo de una locomotora a vapor, para anunciar a la multitud que esperaba frente a las puertas del parque, que la fiesta estaba a punto de comenzar, ya pasearon por la calle principal, parando en cada negocio, haciendo esfuerzos titánicos para convencer a la pequeña de no comprar cada golosina, cada muñeco, cada par de orejas, las que tiene luces, las que tienen velo de novia, las que tienen grabado el año en números de colores, y fue sólo el comienzo. Ni bien llegaron a la primera plaza y vieron con sus propios ojos el castillo, con sus torres inmaculadas, los tejados celestes, las banderolas azules y amarillas flameando en los mástiles, el reloj, las copas de los árboles podadas con la precisión única de “El Joven Manos de Tijera”, no hay más que hablar, hay que ser rápido para desenfundar la cámara de fotos y empezar a gatillar, una, dos, cien, no importa cuántas veces, nunca serán suficientes, no al menos para que la niña quede conforme, satisfecha.
Lo mismo cada vez que, en camino de la calesita voladora de Dumbo al buque corsario de los Piratas del Caribe o del paseo en la oscuridad de Blancanieves y la Bruja Malvada a la montaña rusa entre las montañas rocallosas, se tropieza con alguno de los personajes nacidos de la pluma de Walt Disney. Pueden ser Sullivan y Mike Wazowski, los simpáticos protagonista de “Monsters Inc.” o Peter Pan y el Capitán Garfio o Campanita, con varita mágica y sus alas de hada madrina, no importa, habrá que fotografiarlos. Y la expresión de la niña, iluminada, radiante, que quedará congelada para siempre en un álbum que en la tapa llevará grabado el año y el infaltable Walt Disney World, en letras cursivas, llenas de arabescos, su sonrisa, será siempre la misma, pura felicidad. Volverá después, a los quince, con las amigas y repetirá el ritual, con los auriculares del iPod en los oídos y las canciones de One Direction en la cabeza, pero no será lo mismo, será feliz, divertido, alegre, pero no cómo la primera vez. Que fue por siempre mágica.
Datos útiles
• Cómo llegar: Por Copa Airlines, salidas diarias desde Buenos Aires. Tarifa desde u$s 1534.97 con impuestos.
• Dónde parar: Disney All Star Resorts, desde u$s 109 por y por habitación (permite hasta 4 personas) En septiembre, comidas gratis.
• Qué visitar: Magic Kingdom, es el parque temático más popular del mundo. Ofrece 48 atracciones en 7 áreas temáticas