Policiales

Esteban Franichevich, el adiós inesperado a un fiscal rosarino

Docente y fiscal rosarino, murió a los 57 años. Su habla algo embrollada no borrará su lucidez y su forma digna de reaccionar ante lo injusto.

Lunes 12 de Enero de 2015

La muerte es un misterio que nos deja siempre en estado de balbuceo, pero más si el que se va lo hace de forma repentina, con una historia que se le presumía larga por andar. Este entrevero de estupor y melancolía es probablemente compartido por los que conocieron a Esteban Franichevich, fiscal en los tribunales provinciales de Rosario desde 1985, docente de la Facultad de Derecho de la UNR. Un tipo que a los 57 años estaba abocado a los asuntos variados de sus ocupaciones diversas, pero al que se lo retendrá como un apasionado por las polémicas de su tiempo y por una forma casi adolescente de reaccionar ante lo injusto, lo que pretende ser una manifestación elogiosa: no en todos los que integran el Poder Judicial es apreciable esa clase de reacción física ante la inequidad o lo que no está bien a simple vista.
  No se trata de la tentación de cubrir de elogios al súbitamente ausente. Franichevich tenía un estilo algo embrollado de pronuciarse sobre los temas en los que intervenía como fiscal, a veces era confuso y en su rol de acusador en el marco de conflictos de intereses —de eso se tratan los procesos penales— habrá generado controversias y críticas que en algunos casos estarán fundamentadas. Pero tenía una intuición muy fina para distinguir el límite que demarca el ingreso en el terreno de la ofensa o el delito. Y cuando algún potro bravo encaraba para su corral no parecía inclinado a correrse. Era un perseguidor, esa era su función institucional, y si tenía contemplaciones no era por el tamaño o la influencia del acusado, sino por la conciencia de que un fiscal tiene una sola frontera para acusar: la que le exige el apego al principio de objetividad.
  Como periodista de Tribunales uno quiere quedarse, arbitrariamente, con la memoria de algunos chispazos de esplendor. Por ejemplo su meditado y resonante alegato en el juicio oral contra el verdulero Martín Santoro a fines de 2013, sentado en el banquillo por los crímenes de barrio Parque, que fue una exposición brillante. Pero también dos casos en los que se sumergió en soledad contra uno de los problemas más retorcidos del sistema judicial penal: la selectividad. Y esto no como lectura de un cronista: era él quien no cesaba nunca de decirlo.
  Uno de esos casos fue la acusación que blandió hasta la última capacidad de su cargo de fiscal de grado contra un funcionario público de seguridad que en el año 2004 le colocó un arma de fuego en la cabeza a un remisero por un incidente de tránsito. El funcionario recibió un falta de mérito en virtud de una tesis judicial inverosímil que trató de mentiroso al gendarme que desarmó al acusado. Lo que más había indignado a Franichevich es que el funcionario, decía él, había ordenado a la policía no documentar lo que había ocurrido, dando una lección de ocultamiento. El otro caso que dio en total soledad fue la pelea para que avanzara la causa por enriquecimiento ilícito de un oficial superior de la policía de Rosario, expediente que había quedado temporalmente prescripto por la renuencia de los jueces de instrucción a impulsar un caso en el que abundaban pruebas. Solo la difusión pública que tuvo ese caso, en virtud del empuje empecinado de Franichevich, hizo insostenible una vergonzante remisión al archivo.
  La foto dibuja un gesto muy suyo: el de calzar los lentes por encima del entrecejo. Así solía caminar en los corredores tribunalicios, con tranco inquieto y balanceandose hacia los lados, como un barco dando bandazos, que se percibía eran los de sus tribulaciones más íntimas. Alguna de ella provenía, según lo deslizaba él mismo, de la contradicción sustancial de un hombre medio: detestar la rosca y los enjuagues cotidianos, que le parecían deplorables, de un sistema judicial del que formaba parte. Con altivez, con vaivenes, con aciertos, con errores, con alegría y con tristeza se debatía contra todo ese vendaval diario dignamente.

Trayecto. Era doctor en Filosofía del Derecho por la UBA y en marzo viajaría a España para graduarse en un nuevo doctorado en la Universidad de Tarragona. El viernes pasado a las 20 quedó en buscar a Beatriz, su mujer, por una cafetería de Fisherton. Tuvo un infarto severo en el auto cuando iba en camino. No llegó con vida al hospital.
  Nos cruzamos en su despacho en la última semana de diciembre. Como siempre calzaba su traje austero, mocasines y una corbata vieja (la ropa le importaba un comino) y lucía buen humor. Me dio de regalo un libro suyo: “Sociología para el Derecho y algunos escritos no tan sueltos”. En la página 132 un pasaje alude a burocracias de justicia, y sus gerentes, y otra posible conducta menos confortable y con más riesgos.
  Allí dice: “Los poderosos del sistema aseguran la mayor existencia de burócratas porque así aseguran el sistema. Pero opuesta a la actitud del burócrata es la del protagonista que asume una actitud crítica de la situación en la cual decide, que ya no se trata de aplicar la ley, sino de hacerlo cuando la aplicación de la ley es axiológicamente justa (...) De un lado la actitud burocrática y segura, del otro la actitud del protagonista, incómoda e insegura. La decisión es de cualquiera de nosostros y hay quien opta por ambas actitudes. Es que es más fácil ser un burócrata, ¿no?”.
  Fiscal Franichevich, seguimos en contacto.

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