Opinión

Trump: la división de poderes frenó su experimento populista

Los cuatro años turbulentos del republicano pusieron a prueba la fortaleza de las instituciones republicanas, que salieron victoriosas de la pulseada

Viernes 13 de Noviembre de 2020

De a poco, se va cerrando el estrafalario episodio postelectoral en Estados Unidos. Solo falta que Trump se convenza de que le conviene conceder la victoria a Biden, no ya por su país sino por él mismo. Como sea, con Trump EEUU ha atravesado su primera experiencia populista. Y ha demostrado que sus instituciones y su división de poderes son más fuertes y soportado el continuo embate de un presidente populista durante cuatro años completos, sin un día de descanso. No solo ha ganado Biden, también el diseño republicano de división y balance de poderes. Una enseñanza muy valiosa para América latina, tan propensa a consagrar caudillos populistas que prometen rendención nacional y venganza, antes que bienestar y desarrollo por medios racionales y laboriosos.

Todo populista, no importa si de izquierda o de derecha, es enemigo intrínseco de la división de poderes, algo bastante obvio pero que conviene subrayar. Trump, Victor Orbán en Hungría, Reyep Erdogan en Turquía, Vladimir Putin en Rusia, por no hablar de América latina, esa verdadera fábrica de populistas, todos han buscado y casi siempre han logrado someter o anular a los otros poderes. El Legislativo y el Poder Judicial deben ser, en la visión autoritaria y misional que tiene el populista de sí mismo, un brazo más de su poder único, de su diseño de gobierno y sociedad basado muchas veces en visiones religiosas, y siempre en un organicismo social que no admite diferencias, divisiones ni diversidades de ninguna clase. El islámico conservador Erdogan lo plantea explícitamente, los demás lo hacen en forma algo más medida. Casi siempre los populistas de derecha se recuestan en una alianza con el poder religioso; en el caso de Putin, con la ultraconservadora Iglesia Ortodoxa Rusa. El brasileño Bolsonaro tiene el respaldo y el voto de las iglesias evangélicas, Trump también, pero no el del electorado católico, ni el de las iglesias protestantes tradicionales.

Pero solo en EEUU, la democracia republicana más antigua del mundo, un presidente populista chocó y debió detenerse ante el muro defensivo de la división de poderes. Pese al indudable poder que ejerce el presidente en EEUU, Desde sus primeros días en el Gobierno, cuando firmó una serie de decretos sobre inmigración que fueron frenados casi de inmediato por la Justicia a pedido de gobernadores demócratas y fiscales de estado. Esta puja se mantuvo durante los cuatro años de Trump y le valió sonoras derrotas legales en el, para él, emblemático muro fronterizo con México (intentó reasignar por decreto partidas del presupuesto, pero los jueces nuevamente le dijeron que no). Y aún hoy continúa con sus recursos legales por un masivo fraude electoral que solamente él y sus fieles logran ver.

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Es que la negación de la realidad es parte de la psicología y de la idiosincracia del caudillo populista. En términos clínicos, es un paranoico, siempre predispuesto a percibir enemigos mortales y silenciosos, escondidos: el "deep State" en Trump y sus seguidores del movimiento QAnon, el eterno complot "imperialista" que denuncian Maduro y sus ministros, y que según ellos es la única causa del pesadillesco fracaso de su régimen.

Esta visión paranoico-misional explica en gran medida el arraigo popular que logra el caudillo. Trump cosechó -y cosecha: recibió hasta este viernes 72,6 millones de votos_ respaldos masivos entre ese submundo de cultores de las teorías conspirativas que florecen en Internet; Bolsonaro, también. Los populistas de izquierda construyen su poder sobre una retórica de eterna lucha contra oligarquías parasitaria, vendepatrias y agentes extranjeros, entre los que casi nunca falta la figura del judío multimillonario y pérfido (la retórica chavista, desde su fundador al último funcionario de Maduro, está plagada de referencias antisemitas, donde se mezclan Wall Street, Israel, la CIA, etc).

Pero mientras en América latina y las áreas menos desarrolladas de Europa estos planteos pueden obtener el poder de manera duradera y plena, en EEUU Trump, como señalamos, se vio frenado y limitado por las instituciones republicanas. Es el único caso conocido, aunque en Europa oriental, con Hungría y Polonia, han sido la UE y las naciones europeas occidentales las que han morigerado los ímpetus hegemónicos de los presidentes populistas. Un caso diferente, porque el freno institucional y político es supranacional, externo.

En EEUU, si se recorre el siglo XX, el mejor antecedente de un populista exitoso se halla muy lejos en el tiempo y solo a nivel estatal: el gobernador de Luisiana Huey Long (1928/32). Nada casualmente, Luisiana era de los estados más pobres y atrasados de la Unión y aún hoy está en la parte inferior de la tabla. Long fue asesinado por el yerno de una de sus víctimas políticas, un juez defenestrado. El gobernador era demócrata, pero el partido lo detestaba y cuando llegó al Senado federal el presidente Roosevelt le dio las espaldas. Resta saber qué hubiera sido de Long en caso de no ser asesinado a los 42 años, pero se puede arriesgar que no hubiera podido competir nunca con Roosevelt, y que fuera de la atrasada Luisiana y sus campesinos empobrecidos por la Gran Depresión, Long no hubiese tenido éxito con su distribucionismo clientelar y patriarcal. Casi un siglo más tarde, el país hizo la experiencia de poner a un populista en la Casa Blanca. Ahora decidió _por escaso margen, es cierto_ volver a la normalidad democrática. Las instituciones de la democracia republicana pasaron la mas difícil y extenuante de las pruebas.

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