“Buen día, nosotros somos Los Espartanos Rugby Club y el 9 de abril vamos a competir contra Virreyes”. Este es el saludo de uno de los internos más antiguos del pabellón número 8. Lo apodan el Boli y es el que han designado como encargado del lugar. Tal vez porque es de los más grandes. Tiene 44 años y ya lleva muchos de condena.
“En nuestro equipo también juegan un juez de San Isidro, varios fiscales y, aunque usted no lo crea, también el jefe del penal. Algunas veces recibimos a otros clubes y competimos en la cancha tosca y de tierra que está acá en la cárcel. La semana pasada se puso lindo porque tuvimos un partido contra chicos de una universidad de Filadelfia (Estados Unidos) y ¡les ganamos! El mes pasado vino un equipo de Inglaterra y también les ganamos. Nosotros gritábamos «¡recuperamos las Malvinas!», pero ellos no entendían nada”, relata el Boli, que lleva 30 años de cárcel y tres en Los Espartanos.
“A mí el rugby me hizo un cambio perfecto porque dejé las pastillas (clonazepam) que en la cárcel muchos usan para pasar más rápido los días, dejé la droga, logré llevarme mejor con mi mujer y ver a mi hijo más seguido. Estar acá te cambia la vida, la forma de pensar... Todo los días doy gracias a Dios porque me enseñaron a vivir”, confiesa el jugador que en la cancha es forward. Él no se pierde la hora de la oración aunque sea evangelista. “Respeto y acompaño a mis compañeros en este momento”, manifiesta mirando cómo los internos se pasan una imagen de la Virgen María de mano en mano.
En medio de la conversación se acerca un chico que renguea. “Me tacklearon en un partido y me estoy recuperando”, cuenta el Piojo, de 28 años, que viene para convidar un mate.
Nuevos aires. Entre mate y mate el Bicho se abre en confidencia: “Yo venía de mal en peor, estaba a la deriva con las drogas, las pastillas..., y un día me acerqué al capitán de Los Espartanos y le pedí entrar. Me advirtió que primero tenía que ir a entrenar todos los días y que me tenía que portar bien, porque acá se entraba para cambiar”.
“Había tocado fondo, y ya tenía un hijo que ahora tiene un año y nueve meses, así que la empecé a remar. Junto con otros internos nos planteamos dejar la pastilla y ahí empezó el cambio. El entrenamiento me costó porque es un deporte bruto pero después me empezó a gustar y lo incorporé a mi vida, aprendí el respeto, el compañerismo y descubrí muchos amigos”, relata el Piojo, uno de los cuatro referentes del pabellón. Es el que se ocupa, junto a otros, de enseñar a los más nuevos cómo se juega y se vive en Esparta.
“No es fácil adaptarse. Yo entiendo a los que llegan porque tenés que dejar la droga, acá no hay armas, hay que ir a los entrenamientos y es cansador, pero yo trato de alentarlos porque esto es una mina de oro en la cárcel, esto no existe”, confiesa este chico que desde muy pequeño empezó a delinquir y pasó por varios penales.
El Bicho tiene doce años de condena. Está contando los días para salir pero todavía le quedan un año y ocho meses. Hace más de diez años que tomó la peor decisión de su vida, como él mismo lo cuenta. “Estoy acá por homicidio en situación de robo y resistencia a la autoridad. Yo me juntaba con pibes con quienes no debería haberme juntado, vivíamos en la calle y molestábamos a la gente. Ellos me hicieron probar primero el cigarrillo de tabaco y después la marihuana y otras cosas que te revientan el cerebro. Ahí fue como empecé a delinquir, era muy chico, tenía nueve años y en ese grupito todos estábamos mal, robábamos en la calle...”, se detiene para sorber el mate.
Con la mirada lejana continúa: “Empecé a ir a robar con ellos. Primero fue una bicicleta y después vi que podía acceder a la plata fácil, que no me costaba nada, y me gustó. Empecé a vincularme con más gente que andaba en el crimen y seguí mi carrera delictiva. Al tiempo me pareció poco lo que sacaba, entonces uno de los chicos me propuso que usáramos armas y fuimos a robar una verdulería y maxikiosco. Fue la primera vez que robé con un arma. Tenía más miedo yo que el dueño del local. Pero eso fue sólo el comienzo, por entonces tenía 14 años y conocí por primera vez un instituto de menores”.
Ceba otro mate y convida. “Ya conocía la vida de la cárcel y eso me agitaba más. No me calmé, salí y volví a robar, no me importaba nada. Era la droga, la junta, todo eso no me ayudaba y seguí empuñando armas. Hasta que un día fui a robar a una casa...”, dice el Bicho. Después respira hondo.
“Entramos a una casa y estaba el dueño, lo teníamos tranquilo pero de pronto se enojó y, como estaba armado, disparó contra uno de mis compañeros, le dio un tiro en la panza y yo tenía una pistola —que sólo me sirvió para hacer maldades—, y le disparé. Fue la peor decisión que tomé en mi vida. Me arrepiento todos los días”, confiesa con la cabeza gacha.
Recobra el aliento y levanta la mirada: “Por eso creo en Dios. Antes no me importaba nada y ahora tengo fe y puedo ayudar a otras personas, trato de hacer el bien y rescato todo lo que aprendí con Los Espartanos, gente buena, que me quiere dar una oportunidad”.
Hizo un curso de electricista matriculado y piensa que podrá empezar a trabajar cuando salga. Además, está aprendiendo a armar un currículum. “No veo la hora de ver a mi mamá. Se llama Teresa y tiene 74 años. Hace cuatro años decidí decirle que no viniera más. Me costó muchísimo pero ella sufría mucho al verme acá. Sé que está bien y que me está esperando”.
El Bicho tiene también otras ambiciones. “Me gustaría poner un comedor para los chicos de la calle, sacarlos de donde están y tal vez poder enseñarles un poco de rugby... así ellos no caerían en lo que fui yo. Sé que es ambicioso y me va a costar hacerlo, pero es lo que más deseo”.
Los ex. Hay ex presidiarios que siguen formando parte del equipo de rugby. Son un referente para los internos porque la mayoría está trabajando y tiene familia. No se olvidan de los años que pasaron en el penal y a los internos les brillan los ojos cuando los ven. Son un ejemplo a seguir y una muestra irrefutable del ¡se puede!