Educación

Infancias, pobreza y qué hacer en esta tierra incendiada

El día a día de la tarea docente por los chicos y chicas atravesados por graves vulneraciones en sus derechos.

Sábado 22 de Junio de 2019

Las infancias pueden aparecer en números y porcentajes —"52 por ciento de la niñez en la pobreza"; "63,4 por ciento con al menos un derecho vulnerado"— o te pueden pegar un cachetazo cuando entrás a una institución educativa y te encontrás con la angustia de quienes comparten como mínimo cuatro horas al día, a veces más.

Los despojos de la humanidad se juntan para erguirse como último bastión de la ternura en las escuelas. Allí, como sea y a como dé, la docencia resiste y crea. Como un gesto de época comparte por WhatsApp la foto de la ínfima victoria cotidiana, arrancar a un pibe de las garras de la muerte aunque sea por un rato, que se ría, que se ponga una gorra de natación y se sumerja en aguas tibias y al menos así se libere del tormento de las balas que zumban sobre la misma cabecita que se hunde en el regazo de su maestra buscando una caricia o quizás una mano que lo saque de sordidez de la pobreza eterna, de la desigualdad, de la condena a muerte por destino de nacimiento.

Pero no se quedan ahí en las escuelas, siguen luchando, demandan, estudian, anotan, construyen, piensan, hacen informes, cuentan una y otra vez lo que padece la pibada (debería pensarse en la figura de revictimización también en estos casos). Dicen basta, lo gritan a veces y siguen, tratan de que se les escuche, hablan con las familias, esas que a veces no pueden escuchar ni las propias voces aturdidas por la miseria a la que las empuja esta organización social cada vez más cruel, más inmune a comprender como injusta las desigualdades y sus consecuencias. También hablan con las autoridades levantan la voz, preguntan e interpelan tanta ignominia, se enfrentan con los silencios, las acusaciones, las indiferencias y las irresponsabilidades.

En medio del desasosiego reclaman espacios para formarse, para saber cómo hacer y qué hacer frente a esa realidad que se mete por el techo y duerme en el aula cobijo, aula dormitorio, aula resguardo, aula pizarrón, aula tiza, aula abecedario, aula vida, aula desgarradura.

Generación tras generación va pasando por las escuelas, van los hijos de los hijos en una rueda que repite injusticias pero también irreverencias. Porque el maestrerío no se queda ahí, como puede pide que se termine el girar siempre en el mismo lugar y bajo una misma cruz y en la misma ceremonia.

A veces son las familias las que recuerdan el paso por la escuelita y la maestra o la directora que ponía empeño en que ese pibe con los padres presos no caiga en la misma, y el ahora hombre repite como un mantra eso que no puede sostener porque el coro de una historia de discriminación, de poner en marcha día a día la maquinaria de fabricar violencias, lo convoca de nuevo a aquello que sabe será su condena.

Con todo eso las puertas se abren para recibir a miles de niñas, niños, adolescentes y jóvenes. Y se pintan las paredes con ellos: murales, flores, nombres, manos, huellas de un presente que sigue construyendo futuro. Los banderines cruzan los salones, las tazas multicolores esperan el mate cocido humeante, las cortinas cuidadosamente elegidas para cada espacio dejan entrar una luz matizada al tono, el timbre del recreo alborota los pasos hacia la biblioteca que recibe la algarabía del intermedio. Es el mismo espacio en que a veces entrevistamos a quienes deben garantizar derechos a sus hijos, pero nunca nadie les dijo cómo era la cosa y mucho menos en su historia se inscribió algo parecido a la protección.

Hay que estar ahí tratando de menguar la angustia, el miedo, la tristeza. Hay que estar apuntalando toda la heterogeneidad de ese universo plagado de contradicciones y encontrar en ellas mismas la potencia transformadora que ha tenido históricamente el trabajo docente. Esas trabajadoras docentes que despliegan las más inauditas estrategias para que esas infancias que acuden a ellas no se queden definitivamente solas. Mientras planifican piensan cómo será el día siguiente para Juanito, cómo habrá sido su noche, cómo ofrecerle algo que lo convoque a aprender después de no poder dormir por hambre, por sueño, por gritos, por zumbido de balas, por las síntesis de todas las miserias económicas y humanas concentradas bajo un mismo techo de chapas perforadas por los tiros. Escriben sus clases y saben que al otro día tendrán que secar las lágrimas de los hijos de esta sociedad que nos invita cada día a la insensibilidad, a la crueldad, al sinsentido. Agudizan la mirada, buscan la manera, preguntan, llaman, piden ayuda, se conmueven y se mueven, hacen malabares con los números que para ellas no son un porcentaje en una estadística, para ellas tienen nombre y apellido, es la hija de la amiga de su hija, de esa piba que se quedó sola y se la rebuscó como pudo y crió a sus pequeños en una casa con ventanas cerradas, en la fantasía de protegerlos de la violencia económica y patriarcal que se expresa también en una justicia y un Estado que todavía van muy atrás en esto de comprender los procesos sociales y los sujetos históricos.

Se dictan leyes que luego se convierten en trampas condenatorias en lugar de espacios de protección de los sectores más vulnerabilizados. Para poder garantizar derechos las familias deben tener con qué, y tener con qué es tener trabajo, educación y salud (por lo menos) y no estamos hablando de dádivas, sino de derechos que integralmente deben estar garantizados. Y cuando decimos integralmente estamos pensando que también las trabajadoras docentes deben contar con lo mismo. Entonces hablamos de un Estado que piense las políticas públicas con la gente, que tenga en cuenta los espacios sociales como construcciones históricas, y en ese sentido, que comprenda a las instituciones como tales, que sepa abrirse a la escucha de quienes hacen esos espacios cotidianamente, no como un cliché , sino con los desafíos que esa tarea ardua y extremadamente complicada conlleva.

Cuando la política sea ese espacio de construcción conjunta, cuando las voces siempre silenciadas sean finalmente escuchadas, cuando las prioridades sean las necesidades de los pueblos y de los que vienen llegando, recién ahí estaremos poniendo en valor lo que cada día se construye en las escuelas en ese entramado tan potente como el que se da entre las infancias, las juventudes, sus familias y sus docentes. Ojalá no sea demasiado tarde, mientras tanto, ahí en el día a día todavía nos emocionan ciertas cosas y todavía tenemos en mente cambiar algo.

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