Cultura y Libros

Mala y buena ficción en el arte de falsificar

"La distinción más importante cuando se habla de la calidad genuina de una pintura no es tanto entre una pintura original y una copia, sino entre una buena y una mala copia". Esto lo dice Clifford Irving, uno entre los muchos impostores, falsificadores, artistas, charlatanes e ilusionistas que se dan cita en F de falso, el brillante juego de espejos que filmó Orson Welles.

Domingo 31 de Marzo de 2019

"La distinción más importante cuando se habla de la calidad genuina de una pintura no es tanto entre una pintura original y una copia, sino entre una buena y una mala copia". Esto lo dice Clifford Irving, uno entre los muchos impostores, falsificadores, artistas, charlatanes e ilusionistas que se dan cita en F de falso, el brillante juego de espejos que filmó Orson Welles. Porque lo menciona, pero sobre todo porque comparte con él una pasión por el ilusionismo en el arte (en el mundo del arte y en su mercado), La luz negra de María Gainza se ubica en la misma esfera de intereses e intenciones que la película de Welles, sólo que con un pie en Buenos Aires como sede del trapicheo artístico. Cabría, entonces, derivar la cita de Irving hacia el plano literario para afirmar que no importa tanto si una historia es "real" o ficción, sino el hecho de que sea una buena o mala ficción.

Luego de su celebrado libro El nervio óptico, una serie de perfiles de artistas a contrapunto de escenas autobiográficas, María Gainza incursiona en el género de la novela para contar la historia elusiva de una famosa falsificadora porteña, la Negra. Narrada desde el punto de vista de una crítica de arte, a quien su amiga tasadora introduce en los secretos del contrabando de falsificaciones, la novela sigue los pasos de la Negra con un aire detectivesco: recopila datos, rumores, fotos, recuerdos nebulosos de amigos y colegas, y tantea una reconstrucción mitológica de la bohemia de los sesenta.

"Los habitués del Instituto Di Tella paraban en el Moderno de Maipú al 900, casi Paraguay; los poetas rebeldes en La Paz de Corrientes y Montevideo; los estudiantes de Filosofía y Letras iban al Coto Grande de Paraguay al 500; los músicos paraban en La Perla del Once, llegaban a las cuatro de la mañana cuando cerraba la Cueva. No era todo tan tajante, por supuesto que había cruces de vereda, cambios de bando, polinizaciones. La vida bohemia era agitada, violenta, llena de extremos. Todo sobre ella era a gran escala: las peleas acaloradas, los triunfos brutales, las traiciones espantosas. Pero no puedo ser rigurosa con estas cosas, no voy a fingir. Yo no estuve ahí, solo hago una puesta en escena, un manotazo de ahogada para dar clima de época."

La escritura estereotipada e imprecisa que se puede leer en la cita, y de cuya falta de rigor la propia narradora se hace cargo, constituye el estilo general de La luz negra. Personajes, espacios, acciones y motivaciones son trabajadas por arriba o referidas de manera sucinta como si se tratara más bien del resumen de una novela. Insegura acerca de su capacidad de construir un relato, o tal vez por desconfiar en la inteligencia del lector para seguir su pesquisa, la novela recurre varias veces a resúmenes que solucionen la narración: "Una artista con un pasado, un coleccionista con un futuro, había que propiciar la unión, armaríamos una subasta en torno a Lydis".

El hecho de que la narradora se haga cargo de lo insustancial de su relato y pida paciencia al lector ("Si estoy hablando como la heroína de una novela, ténganme paciencia, ya encontraré mi voz") poco enmienda los baches de una novela que se desdibuja a las pocas páginas y asimila mal elementos del folletín, el policial, y ciertos amagues de una épica del artista que recuerdan lejanamente a Los detectives salvajes, de Roberto Bolaño. El libro de Gainza parecería confiar su éxito al problema de la falsificación como una obra de arte; pero, incluso en esa línea temática, La luz negra transita lugares comunes y conceptos del arte moderno que hoy tienen amplia aceptación y poco les queda de inauditos o fascinantes. Dicen los personajes: "Una pintura aumenta su valor si tiene una historia atrás"; "Que fuera falsificadora se lo veía como una virtud. ¿Sabe? ... A veces me pregunto si la falsificación no es la única obra del siglo XX"; "lo que confirma una vez más que el arte y el dinero son dos ficciones culturales que lindan con el acto de fe". En este sentido, La luz negra poco tiene de innovador respecto a paradojas estéticas que Welles ya barajaba con destreza en 1973.

Parecería que la novela de María Gainza se hubiera encandilado con el brillo momentáneo de una idea genial, anterior o posterior a la experiencia de una novela en sí (una novela que nunca arranca, o bien que ya había terminado y la dimos por leída). Una vez más, es elocuente al respecto el registro de sinopsis que se reitera, aun traspuesta más de la mitad del libro: "Una imagen: una mujer bella, enigmática, talentosa, supuestamente la mejor falsificadora que existió en el país, que un día desaparece sin dejar rastro. Materialmente hablando, no demasiado más".

El mejor pasaje de La luz negra es el "Catálogo de subasta de bienes de Mariette Lydis"; a partir de una serie de objetos, fotos y obras falsamente atribuidas a la pintora austríaca, Gainza inventa episodios, anécdotas e imágenes de la vida de Lydis: desde su nacimiento hasta su radicación definitiva en Buenos Aires. "Europa se arranca de ella como una vieja piel de reptil", dice el Lote 17 de la colección imaginaria, "Lydis percibe de inmediato las posibilidades de su tierra adoptiva. En Buenos Aires se instala un tiempo en una suite del Hotel Plaza y luego se muda a lo que será su departamento de por vida en la calle Cerrito 1278, entre Juncal y Arenales. Durante un tiempo tiene el sueño entrecortado, el mar aún se mueve en su interior. Además hace un calor sofocante, y esa primera Navidad que pasa lejos de Europa el conde le envía dieciocho pisapapeles de Baccarat para que ella pueda refrescar sus manos sobre el vidrio".

Ese formato breve, que no requiere un desarrollo narrativo sino que se nutre de la efectividad de la frase y de la imagen, alcanza una creatividad mucho más rica que el conjunto novelado de La luz negra. Tal vez sea en esos pasajes comprimidos donde la elaboración ficcional de Gainza sobre el mundo del arte encuentre mayor productividad, y no tanto en la narración extensiva de una novela convencional.

La luz negra

María Gainza.

Anagrama,

144 páginas, $425

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