OPINIÓN

La pandemia que nunca se va

Pobreza estructural y desplazamiento forzado de millones de personas en todo el mundo son crónicas catástrofes que la humanidad no ha podido resolver hasta ahora.

Sábado 09 de Enero de 2021

La crisis sanitaria mundial originada ya hace un año por el coronavirus será probablemente superada con una masiva vacunación de la población. Mientras tanto, habrá avances y retrocesos en la convivencia con la enfermedad. Sin embargo, lo que no es posible erradicar pese a la notable mejora de las últimas décadas es la pobreza y la desigualdad que padecen millones de seres humanos y que causan todos los años cifras apabullantes de muertes.

Los efectos de la pandemia perdurarán más que la circulación del virus. Así lo entiende el Banco Mundial, integrado por 189 países, al advertir que el Covid-19 tiene un desproporcionado impacto entre los más pobres del planeta debido a la pérdida de empleo, la interrupción de las remesas que reciben millones de personas desde países en desarrollo, la suba de los precios y falta de servicios educativos y de salud. Según el organismo, con sede en Washington, el 10 por ciento de la población mundial, es decir unas 734 millones de personas, son extremadamente pobres en este planeta. ¿Y cómo se establece la línea de pobreza extrema?: son quienes viven con menos de 1,90 dólar al día. Si se toma el dólar oficial en Argentina, alrededor de 86 pesos, serían unos 163,40 pesos diarios o 4.902 pesos mensuales. Entre 40 y 60 millones de personas en todo el mundo se sumarán este año a ese dramático grupo.

La meta del Banco Mundial de reducir al 3 por ciento, para el año 2030, el número de personas que viven con menos de 1,90 dólar por día se ha complicado por esta pandemia. De los 28 países más pobres del mundo, 27 se ubican en el África subsahariana, plagada de conflictos tribales, guerras civiles y una miseria estructural. La mayoría de esa gente tiene menos de 18 años, carece de instrucción adecuada y vive en áreas rurales.

Además de la pobreza, el desplazamiento forzado de millones de personas se suma a este cuadro de creciente pauperización. De acuerdo al último informe anual de la Agencia de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) casi 80 millones de personas en todo el planeta se encuentran fuera de sus hogares, conformando la mayor crisis humanitaria desde la Segunda Guerra Mundial. Sólo la guerra civil en Siria, que en marzo cumplirá su décimo año, ya causó unos 13 millones de refugiados. Lo dramático de esta situación incluye un dato escalofriante: decenas de miles de niños no están acompañados por adultos. Y, además, el 80 por ciento de los desplazados se encuentra en países donde hay carencias alimentarias y desnutrición.

Otra institución internacional, el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), en un informe sobre las desigualdades del siglo XXI tiene una mirada más amplia a la de los economistas clásicos que miden la pobreza en términos de ingresos económicos. El prólogo de un estudio, producido antes de la pandemia, es abarcador: “La oleada de manifestaciones que se han producido en numerosos países es un claro signo de que, para el progreso de la humanidad, hay algún aspecto de nuestra sociedad globalizada que no funciona. La ciudadanía está tomando las calles por diferentes motivos: el costo de un billete de tren, el precio del petróleo, reclamaciones políticas de independencia. Existe, sin embargo, un hilo conductor: la profunda y creciente frustración que generan las desigualdades. Para entender cómo se debe abordar el desasosiego actual es necesario mirar más allá del ingreso, más allá de los promedios y más allá del presente. Con demasiada frecuencia, los análisis de la desigualdad se limitan al terreno económico, partiendo de la idea de que el dinero es lo más importante en la vida”.

Una mirada semejante es la del propio Papa Francisco, quien convocó a un encuentro de jóvenes economistas y emprendedores de todo el mundo en la ciudad italiana de Asís para “estudiar y practicar una economía diferente, la que hace la vida y no mata, incluye y no excluye, humaniza y no deshumaniza, cuida la creación y no la saquea”.

Las jornadas, realizadas en noviembre pasado, tuvieron como objetivo hacer un pacto “para cambiar la economía actual y dar lugar a la del mañana”. El evento convocado por el Papa se basó en la encíclica “Laudato”, de marzo de 2015, para “poner en marcha un nuevo orden económico” y “corregir los modelos de crecimiento que son incapaces de garantizar el respeto al medio ambiente, la aceptación de la vida, el cuidado de la familia, la equidad social, la dignidad de los trabajadores y los derechos de las generaciones futuras”.

No sólo el Papa advierte que el sistema económico actual no resuelve los problemas de millones de personas y que es necesario encontrar otra fórmula más allá de las teorías de Adam Smith y John Maynard Keynes, quienes a pesar de haber vivido y pensado en siglos distintos, seguramente tuvieron en cuenta que el objetivo de la ciencia económica es simplemente que el ser humano viva mejor y satisfaga sus necesidades. No parece tan sencillo despegar a la economía de la política ni de la filosofía sobre todo con la aparición de otras teorías totalmente opuestas a esos dos pensadores británicos citados, como lo es el materialismo histórico. Sin embargo, nada hasta ahora ha dado buen resultado pese a que obviamente la situación actual de equidad es mejor a la de otros tiempos históricos.

Además del estudio interdisciplinario para abordar la pobreza y la desigualdad hay particularidades difíciles de explicar: la Argentina es una de ellas, con el 44 por ciento de su población pobre. Sólo en Rosario se estima que unas cien mil personas, alrededor del 10 por ciento de los habitantes de la ciudad, viven en villas miseria en condiciones indignas. Con pandemia o sin ella, algo no funciona bien desde hace tiempo. El lector sacará sus propias conclusiones.

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