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Todas las memorias, aún las más bellas, son tristes

Los familiares de queso que me hacían en Cañada Rica, ese pueblo por el que siento nostalgias, y en el cual me dejaba un tren de trocha angosta, y allí esperaba que viniera el sulky para llevarme al campo de mi abuelo materno.

Domingo 26 de Mayo de 2013

Desde hace algún tiempo que vivo como encerrado en mi departamento pequeño y exploro esos territorios de la memoria, que a los 77 años son muchos más, y se muestran unidos entre sí, por diferentes que sean. Y sin excepción, hasta las más bellas de las memorias se van haciendo más tristes. Los familiares de queso que me hacían en Cañada Rica, ese pueblo por el que siento nostalgias, y en el cual me dejaba un tren de trocha angosta, y allí esperaba que viniera el sulky para llevarme al campo de mi abuelo materno. Mientras tanto, en el almacén frente a la estación, pedía un familiar de queso. Era una fiesta comerlo. Le ponían una gruesa rebanada de queso entre dos rebanadas de manteca y un pan de campo que en verdad lo era.

Cuando llegaban a buscarme, en el camino de regreso, me gustaba mirar con atención las lechuzas que seguían el trayecto del sulky. Ya no existen lechuzas en mi vida, quiero decir hace añares que no veo ninguna. Años después, ya trabajando en este diario, hablaba de lechuzas con un árabe anarquista, que si mal no recuerdo se llamaba Babalik, y era un ejemplo como anarquista. Amigo de Angel Cappeletti, un profundo conocedor de la filosofía del Medioevo, anarquista también, que murió muy joven y sus últimos años fueron amargos. Babalik tenía cara de lechuza y por eso me era tan simpático.

De esos años en la Redacción, en la pequeña oficina que correspondía al suplemento literario, se amontonan los recuerdos. Las visitas de uno de los Busaniche, que usaba unos sacos con unos bolsillos en donde podía caber el mundo, y de ese mundo llevaba unos toscanitos que se hacían en Santa Fe y que él me traía de regalo cada tanto. Tenían un olor un poco fuerte, se podría decir que apestoso, hasta que dos amigos entrañables con quienes trabajaba en esa sección, Raúl Gardelli y Diógenes Hernández, me pidieron por favor que dejara de fumarlos.

Gardelli como Hernández solían sorprenderme cuando a dos voces comenzaban a recordar "La vida del Quijote y Sancho", de Miguel de Unamuno. Por su parte Gardelli me contaba, con sus comentarios, cuentos y novelas de Anatole France. Y Diógenes, en el bar del diario me recitaba (no, no los recitaba, me los decía como si estuviésemos conversando, poemas de Horacio, las tristezas de Ovidio (dicho sea de paso no hace mucho Rubén Echagüe me regaló una hermosa edición bilingüe de las "Tristia"), además de las elegías de Propercio, y los poemas de Catulo y Tibulo.

No quiero dejar de mencionar a esos olvidados de nuestra literatura, como Oreste A. D'Aló y Horacio José Lencina. Publicaban con frecuencia en el diario y conversar con ellos, como con José Peire, Willy Harvey y Andrea Junquet, que cada tanto pasaba con un poema, era un placer.

Me acuerdo de la chica a la que besé (fue la primera vez que yo besaba alguien). Dejé de verla y cuando volví a saber de ella me enteré que había muerto de cáncer, sola en un hospital. Recuerdo a una chica que ví una única vez. Fuimos al cine Bristol, donde nos besamos, pues por aquellos años los cines también servían para eso. ¿Se sigue besando en los cines? Lo ignoro, pero por mi parte no.

¿Cómo olvidarme de las miradas y de las palabras de algunos escritores que me tocó entrevistar? La de Borges, la de Carlos Mastronardi, la de Sábato, la de Joaquín Gómez Baz, la de César Tiempo, la de Aldo Pellegrini, la de Julián Centeya, la de Córdova Iturburu, la de Ulises Petit de Murat, la de Nicolás Olivari, la de César Fernández Moreno. Y con mayor asiduidad a Raúl Gustavo Aguirre, Rodolfo Alonso, Paco Urondo.

A dos personas que me hubiera gustado conocer personalmente fueron Irma Peyrano y Alejandra Pizarnik. Pero me tuve que conformar con el teléfono y las cartas.

De la radio no puedo olvidarme de "Cara a Cara" que hacíamos con Hugo Posadas y Nacho Suriani, por la tarde en LT8. Tengo conciencia que el programa se escuchaba mucho y tenía la particularidad de que podíamos pasar o no pasar música.

Como no me gusta viajar, lo he hecho solamente una por placer y otra de manera olvidada. Un par de veces fui a Chile, la primera, gracias a Eugenio Castelli, me llevó hasta Concepción a un Congreso de Escritores Universitarios a mediados de 1964. En ese momento se vivía en Chile el asombroso mundo de una democracia sin reservas. En el anfiteatro de la universidad, me tocó leer poemas de mi primer libro ante un auditorio repleto de estudiantes. La segunda vez que fui a Chile fue a La Serena y Coquimbo, y luego a Santiago para ver jugar a Newell's por la copa Libertadores.

El otro país, del cual conocí una única ciudad, Punta del Este, fui por razones políticas y en ese sitio me sentí seguro. Ibamos en otoño, cuando los precios hacían posible esos viajes. Eso fue por los últimos cinco años del siglo pasado. Eso me hizo descubrir, para mi sorpresa que aquellos que recordaban parte de la batalla entre el acorazado alemán Graf von Spee y los cruceros ingleses Ajax, Achilles y Exeter, eran partidarios del nazismo. Recordemos que finalmente, a cinco millas de Montevideo, la tripulación hundió por su cuenta al acorazado. La llamada batalla del río de la Plata ocurrió entre el 13 y el 17 de diciembre de 1939.

La otra sorpresa fue el odio, casi general, que le tenían a Enrique Amorín. Odio e ignorancia pues al menos dos profesoras ni tan siquiera habían oído hablar de ese escritor.

Todas estas memorias que es probable que solamente me interesen a mí; me hace bien tenerlas, pero me dejan un sabor a tristeza en el espíritu. Y eso pese a que he tenido la fortuna de tener momentos de extrema felicidad. Y bien sabemos, o algunos lo saben, que la felicidad es una manera de viajar y no de estar siempre en un lugar donde se es feliz.

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