Hace unos días escuché sobre las ventajas de las cajas de seguridad en la casa. Las más grandes y las más chiquitas, pero no recuerdo haber tenido aquello que obviamente se pone en esas cajas, es decir cosas de valor, euros, dólares, pesos. Nunca he tenido ese tipo de cajas que parecen alejarme del mundo. Claro, porque nunca he tenido qué ponerles adentro. Deben ser esas cosas interesantes de las que todos hablan y de paso hablan del blanqueo y la corrupción. Las únicas de esas cajas que he visto son aquellas que aparecían en las viejas películas de gangsters. En esos filmes todos querían robarlas y entonces buscaban esos especialistas que eran unos genios para descubrir las combinaciones que permitían acceder a ese interior que siempre me pareció un tanto tenebroso. Las tumbas de los faraones siempre me parecieron tenebrosas, pero un poco menos. Al menos estaban las momias, que me resultan más simpáticas que esos que hoy manejan esas cajas pues les resultan imprescindibles. Esos y las bóvedas. Pero no para poner cadáveres. Claro que cada vez se ponen menos los cadáveres en las bóvedas o los panteones, pues hay una tendencia que va en aumento, de hacerse incinerar. Lo cual hacen pensar que son muchos los que desean un infierno anticipado, y le crean un problema sobre qué hacer con esas cenizas o esos cadáveres medio chamuscados al pobre diablo que no sabe hacer con esos despojos.
Algo de entrecasa. Escribo ésto, como he escrito las cosas para el diario, cuando faltaba un único material para cerrar la página, o lo que faltaba de Nicanor Pérez, que siempre anda necesitando una ayuda. Mi computadora anda mal y borra lo que se le antoja y cuando quiere. Este material estaba terminado, y a la computadora se le ocurrió borrarle la mitad. Por eso un agradecimiento especial a los amigos que soportan con estoicismo el colocar este material en la página de los domingos.
Cansado del blanqueo, la corrupción, el gangsterismo, había ido cambiando de tema. Pensé que podía seguir escribiendo en arameo o en el inexistente lenguaje de algunos pueblos cuya comunicación es oral. Pensaba hablar de los bellísimos papelitos de Flor Balestra, de las cosas que siempre guardaría en una caja de seguridad. De cómo el viento se llevó a una niña que tenía en la espalda una llovizna que le susurraba cuentos de hadas, esos que apenas existen.
Y pensé que si mi entrañable amigo tiene guardados (no en una caja de seguridad sino simplemente en su archivo) los dibujos originales que le envié cuando escribí sobre el "Snark" de Lewis Carroll, puede ponerlos en este artículo, sin demasiadas mezquindades. Pues he descubierto que podría ser que Jack London, aún cuando no lo diga es un extraño barquito con el cual recorrió distintos sitios del Pacífico Sur hacia 1911. El texto es bellísimo y se me ocurre que Jack London debe haber leído el libro de Carroll. Hay una reedición realizada en el 2004. La he leído con gran entusiasmo y posiblemente mal, tanta es mi admiración por London. El libro se llama "El crucero del Snark", hacia la aventura en el Pacífico Sur.
Dejemos la corrupción, el blanqueo, las hogareñas cajas de seguridad, pues de esas cosas nunca nos vamos librar, y continuemos pensando lo que, los locos como yo, podrían esconder en ellas.
Entre otras cosas, se me ocurre, escondería los vaporizadores vacíos (los que utilizo cuando me ahogo con el asma), los tornillos que encuentro tirados por ahí, las servilletas que suelo escribir en los bares, las arandelas, las gomitas elásticas, las cajitas de fósforos, los encendedores que ya no prenden, las tarjetas que me han dado personas que ya no están más con nosotros en este mundo, las hojas secas que recojo en la vereda, ahora en otoño están por todos lados, cajitas de remedios vacías, cajitas de lata que traían cigarros finitos, biromes que no andan con sus tapas de colores, pilas, botones de todo tamaño y color. Y conste que digo "esconder" todas estas maravillas en las cajas de seguridad, bajo llave, para que ninguna persona pudiera tirarlas a su antojo, como me ha sucedido, pensando que no servían para nada.
También me gustaría tener una gran bóveda para guardar sin reparos, todos los diarios que voy comprando cuando mi físico me lo permite, fieles y no tan fieles, a veces, de lo que acontece en nuestro mundo, y que no puedo amontonar en mi casa como me gustaría por una cuestión de espacio. Meterme en la bóveda de periódicos envejecidos por el tiempo, sería uno de esos placeres que desearía tener.
Todo bajo llave, y combinaciones fáciles de retener, porque suelo olvidar con mucha frecuencia las contraseñas, los números de teléfonos, las direcciones, aunque mi memoria conserva con nitidez las miles de páginas de los libros que he leído y releído una y otra vez en mi vida, lo mismo que los nombres de músicos de jazz y sus acompañantes, en cada disco que ha pasado por mis manos y por mis sordos oídos.
Pedacitos de una vida, guardados bajo llave, me parecen más atractivos, que amontonar billetes (aunque reconozco que más de una vez me han hecho falta), porque mantienen vigentes distintos momentos, olores, colores, vividos en el tiempo, y están ahí como testigos mudos, para que yo los reconozca. ¿Joyas preciosas? Podría agregar muchas joyas más, como los papeles que me acompañan amontonados en cajones del escritorio de mi viejo y en los estantes atiborrados de enormes carpetas llenas de ellos, que atesoro porque contienen anotaciones, cartas recibidas, escritos de autores rosarinos olvidados por esta ingrata ciudad, que me llegaban al diario, y que guardé sin ninguna selección previa, y que cada tanto me gusta publicar algunos de ellos en El Centón, publicación literaria que hago con la ayuda de grandes amigos.
Volviendo al título de esta nota, estoy seguro de no querer atesorar aquellas pertenencias que todos desean con cierta locura. Sí en cambio, lo que para otros es basura, objetos sin valor alguno, y que sólo un viejo loco como yo, podría guardar en cajas de seguridad y grandes bóvedas. Estoy seguro que no provocarían corrupción ni habría necesidad de blanqueo.