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Las huellas de las guerras calchaquíes perduran en Santa María de Catamarca

A 330 kilómetros al oeste de la capital provincial, la ciudad atesora el legado de las primeras poblaciones indígenas. El valle está atravesado por las aguas marrones del río Santa María y la ruta nacional 40.

Lunes 28 de Enero de 2013

La memoria de las guerras calchaquíes en sus sitios arqueológicos, el aroma a especias de los centenarios molinos y el balido de llamas y ovejas cuya lana se convierte en ponchos y mantas en telares artesanales se suman al colorido paisaje que recibe al turista en Santa María de Catamarca, a 332 kilómetros al oeste de la ciudad capital.

Esta ciudad del centro este provincial, cabecera del departamento del mismo nombre, está en un verde valle donde se cultivan nogales, frutales y sus inigualables pimientos dulces.

El valle está atravesado por las aguas marrones del río Santa María y por la ruta nacional 40, que en este tramo es de ripio polvoriento y pedregoso y de barro en algunos badenes.

Al cruzar los poblados periféricos de la ciudad, la ruta 40 se parece a cualquiera de las otras calles, angostas y sin veredas, y lleva a lugares emblemáticos, como el sitio arqueológico Fuerte Quemado, en el cerro de los Quilmes.

Entre cactus, chañares y pastos duros y espinosos persisten restos de viviendas, templos y depósitos de bienes del período tardío de la Cultura Santa María (entre los años 850 y 1200).

Las ruinas son de origen inca (imperio que sometió a los yokaviles que vivían en el lugar) pero el nombre refiere a un fuerte construido por los españoles y quemado varias veces durante el siglo que duraron en el lugar las guerras calchaquíes.

Frente a la apacheta del acceso, algunos guías avisan al turista que es un sitio sagrado y sugieren hacer una ofrenda a la Pachamama, que puede ser un objeto sin valor material o alguna bebida o alimento que se deposita sobre las piedras.

Después de disfrutar en el cerro de ese contacto con la historia y la mística andina, además de la excepcional panorámica del valle y las montañas azuladas, es recomendable retomar la 40 y, metros antes del límite con Tucumán, visitar al coplero, bagualero y fabricante de bombos y cajas Eusebio Mamaní.

Este hombre de 82 años, que recibe a la visitas "de entrecasa", con un gorra raída y la mitad de sus dedos asomando por roturas de sus alpargatas, siempre está dispuesto a contar cómo hace esos instrumentos o sus famosos "bombos cavados" en tronco de algarrobo.

Tampoco tiene reparos en cantar improvisando versos, acompañado de una caja, y sólo pone un tono severo cuando recomienda "no confundir nunca una copla con una baguala o una vidala".

De regreso hacia la ciudad, la ruta pasa ante la Iglesia de la Santa Cruz, un pequeño edificio de frente celeste construido en el Siglo XVII, y lleva a la casa de la artesana "Doña Javiera".

Con sus manos, Javiera Guanco muele la algarroba y hace galletas, dulces, licores, arropes, jarabes, harinas y patays, además de su "café ecológico", un polvo marrón que Bromatología la obliga a llamar "tostado de algarroba", porque no contiene cafeína.

"Yo hacía bizcochuelos con harina de algarroba para mí, pero empecé a hacer más cosas para vender cuando mi hija era chiquita y sufría artritis y yo necesitaba dinero para hacerla atender en Tucumán, y ahora sigo viviendo de esto", contó.

En el barrio Los Sauces, el alemán Bernardo, afincado hace 25 años en Santa María, elabora en su casa cerveza artesanal al estilo germánico, aunque con la innovación de una variedad de malta de quinua, semilla típica andina, que reveló que tiene gran demanda entre sus compatriotas que pasan por Santa María. Este hombre de 50 años y casado con la santamariana Griselda, quien lo acompaña en su proyecto, contó que empezó a hacer cerveza para consumo propio en 2008 gracias a una famosa marca argentina, que "es muy mala para quien gusta de la buena cerveza".

"Así que hago esta cerveza cumpliendo con la ley de pureza de la cerveza de Alemania, de 1516, que dice que debe tener agua, malta, lúpulo y levadura cervecera, nada más", sentenció.

Los famosos hilados y tejidos de Catamarca están presentes en Santa María con finas prendas elaboradas en telares artesanales, como el que lleva adelante Manuela Escalante con su marido, hijos y nietos, más un rebaño de llamas y ovejas, en el barrio Santa Rosa.

Los hombres de la familia, que sólo sabían de cría y esquila, se capacitaron en talleres municipales para hacer tareas que eran clásicas de las mujeres, como el hilado, el teñido (con cáscaras de nuez, de cebolla, jarilla y eucaliptus), el lavado y el tejido en telar de madera.

La especies aromáticas también están incorporadas al turismo rural, con los antiguos molinos de piedra, algunas naturales del río y otras, más modernas, esmeriles, que convierten en polvo los famosos pimientos dulces, anís, comino y ají, además de pelar el blanco maíz andino, que es ideal para mazamorra y locro.

Uno de los establecimientos donde los turistas perciben los espliegos desde la calles y luego se impregnan del mismo entre bolsas y grandes recipientes con polvos de vivos colores naranja, amarillos y verdes, es el fundado por René Herrero hace cien años, actualmente atendido por sus bisnietos.

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