Claudio García Satur tiene 75 años, pero habla con el entusiasmo de alguien que recién empezó a trabajar. También tiene la sabiduría y la tranquilidad de los que han vivido haciendo lo que los apasiona. En el último tiempo se alejó de la televisión y aprovechó su extensa experiencia sobre las tablas para escribir su primera obra, “Una vida mejor”, con la se presenta hoy, a las 21, en el teatro La Comedia, Mitre y cortada Ricardone. Su coprotagonista es Claudia Lapacó, otra actriz de larga trayectoria, y la dirección está a cargo de Santiago Doria. “Una vida mejor” cuenta la historia de un señor mayor, huraño y divertido a la vez, que entabla una relación muy particular con la señora que trabaja en su casa.
En charla con Escenario, el actor que marcó un hito con “Rolando Rivas, taxista” y que fue la cara de éxitos como “Dos a quererse” y “Son de diez”, habló de los personajes de su primera obra y explicó por qué no está en la pantalla chica. Además aseguró que el teatro debería estar “más cerca del pueblo” y dijo que se considera “un laburante”.
—El texto surgió en 2011, y el año pasado lo terminé. Yo no creo demasiado en la inspiración. Creo que uno va guardando cosas, casi sin saberlo, uno va advirtiendo y observando cosas que van quedando en algún lugar. Y llega un momento en que, en un diálogo, que puede parecer superficial y sin demasiado futuro, aparecen cuestiones que a uno mismo lo conmueven. El personaje masculino de esta obra es una especie de alter ego: son mis manías y mis gustos un poco exagerados. Y el personaje de Claudia Lapacó es la necesaria contrapartida para que los protagonistas revelen su interior.
—¿Por qué elegiste a Claudia Lapacó como coprotagonista?
—En realidad ella nos eligió a nosotros. Yo le di la obra a Santiago Doria, y él la leyó y le gustó mucho. Entonces él se la pasó a Claudia, que quedó muy emocionada con la lectura. Claudia me llamó y me llenó de elogios, lo cual es muy gratificante, más viniendo de una actriz como ella. Y así se fue armando la dupla.
—Vos tenés una gran experiencia en teatro. ¿Qué opinás del teatro argentino actual? ¿Creés que le falta algo?
—Hace rato que no veo una obra argentina. De todas maneras, de las últimas que he visto, me hubiese gustado ver algo que esté más cerca del pueblo: más cerca de su esencia, de su idiosincracia, de su barrio, de su idioma, de sus calles y de sus plazas. También me faltó ver pequeñas denuncias, y no se necesita una barricada para hacerlas. Se puede dar en el café, en la charla íntima o en una expresión de bronca. El teatro, como todo hecho artístico, está sujeto a su época, está sujeto a ser contado y escuchado por su pueblo. Cuando una obra entra en territorios críticos y de observación —que puede ser fantástico— tiene como target un público más culto, más informado, que generalmente es gente de una mayor capacidad económica. Entonces cantan loas sobre cosas que se las merecen, seguramente, pero el pueblo no llega nunca ahí. Yo creo que hay que llegar ahí, y eso no significa subestimar. No hay que poner el rasero tan bajo. La gente entiende, se emociona y comprende mucho más de lo que uno cree.
—Actualmente estás alejado de la televisión. ¿Es por alguna circunstancia en particular?
—El tema es que ahora se hacen muchas tiras diarias en la televisión. Me han convocado muchas veces y estoy agradecido por eso. Pero ya no quiero grabar diez horas todos los días. En 45 años solamente trabajé en dos tiras, porque no me gusta estar todo el día grabando. Yo necesito mis tiempos, tengo mis costumbres y manías, como el personaje de la obra (risas). También necesito mi libertad y mi nombre, porque cuando me bajo del escenario soy simplemente Claudio García. Esto no es un exceso de modestia. Yo me considero un laburante. Sólo tengo una calificación superior porque la vidriera es muy grande. Yo amo la palabra “oficio”. Y yo tengo el oficio del actor, como otros tienen el oficio del carpintero o del albañil, aunque esas cosas también se van perdiendo. Hoy hay más robots que artesanía.
—¿Ves televisión? ¿Hay algo que te llame la atención?
—Veo poco, y tiras no miro. Lo que sí hay son producciones espléndidas. Ojalá en mi tiempo yo hubiese tenido esa producción. Los temas son generalmente los mismos, y está bien que así sea. Si el público aprueba las tiras y son exitosas no se puede decir nada en contra de eso. Lo único que no me gusta de la tele es la vulgaridad. La vulgaridad de la vida, bah. Todo el mundo está mostrando en cámara sus paños menores. Tampoco pretendo que haya hechos artísticos continuamente, porque uno no puede escuchar las 24 horas a Beethoven, pero me parece que se está perdiendo la vergüenza. Y eso es triste.
—¿Hay alguna especie de programa ideal en el que te gustaría trabajar?
—Sí. “En terapia” me interesó muchísimo. Es un programa muy inteligente. En un espacio contenido por la cámara es muy difícil establecer un contacto emocional con el espectador. Hay que tener una carga especial como actor, si no se hace un plomazo. También me gustaría hacer una comedia unitaria, pero ahora no están de moda.
—¿Qué sentís cuando ves las repeticiones de “Rolando Rivas”?
—Una de cal y otra de arena (risas). Imaginate que uno se ve con el pelo oscuro, los ojos brillantes, corriendo por las calles de Buenos Aires y tirando a la mina por los aires y dándole un beso. Es más entretenido haberlo hecho que mirarlo (risas). Han pasado los años, pero no tengo tanta historia con la edad. Además tengo la satisfacción de haber hecho un programa muy bueno en ese momento, de haber contado una historia con la inteligencia de (Alberto) Migré y de haber tenido un éxito tremendo.
—¿Se puede ser un galán a los 75 años?
—Sí, claro que podés (risas). Siempre recuerdo la película “Los puentes de Madison”, con el gran Clint Eastwood y Meryl Streep. La palabra “galán” parece que estuviera circunscripta al buen mozo joven. Humphrey Bogart no era buen mozo, no era una cara bonita, al menos dentro del cliché de Hollywood, y sin embargo era un galán. En realidad un galán es el hombre que logra conquistar a la mujer que quiere. Para la compañera que tengo ahora yo soy su galán.ç
Una comedia sobre las diferencias y los vínculos
Los personajes de “Una vida mejor”, la primera obra que escribe García Satur, van construyendo una relación muy particular, pero “entre ellos no hay una historia de amor”, aclaró el actor. “El es un hombre separado hace muchos años, que vive solo y tiene un hijo casado. Y de alguna forma está a la espera de un nieto. Es un tipo de clase media, muy amante de los libros y muy celoso de su intimidad y de su libertad”, contó el actor. “Pero el hijo sabe que su padre es un poco indisciplinado, que el viejo come lo que no tiene que comer, que no toma los remedios y hace lo que se le canta, entonces le mete una empleada en la casa. Y esto al tipo le causa bastante escozor”, se explayó.
El personaje que encarna Claudia Lapacó, por su parte, “es una persona de clase media baja, que necesita el laburo y que perdió el marido hace mucho. Y además tiene un nieto en España”, explicó García Satur. “El tema del nieto une a los protagonistas: ese que ella tiene lejos y el que él tiene en sus ganas. De a poco se van conociendo, y van entendiendo que ninguno de los dos es la verdadera cara de lo que muestra”, agregó. El autor aclaró que “Una vida mejor” es “una comedia, y no una comedia dramática como apuntaron algunos. Es una comedia humana, una comedia sobre la vida. Y no existe una vida sin lágrimas o sin disgustos”, apuntó.
Sobre sus influencias como autor, García Satur nombró a “grandes escritores populares” como Alberto Vaccarezza, Samuel Eichelbaum, Florencio Sánchez y Osvaldo Dragún. “Uno no se ha dedicado a robarle a ellos, pero es tocado y teñido por ellos cuando sus obras te conmueven”. En el campo de la comedia afirmó que sus preferidos, sin dudas, son Woody Allen y Neil Simon. “Son bastante distintos entre sí, pero conocen la comedia como nadie”, aseguró.