Opinión

Los dos últimos años

El teorema de Vernet. El tramo que le queda por recorrer al gobierno de Lifschitz está minado de peligrosos e imprevisibles obstáculos.

Lunes 13 de Noviembre de 2017

En la quincena que hoy se inicia, según su propio anuncio en declaraciones a la prensa, el gobernador Miguel Lifschitz terminaría de delinear la grilla definitiva de colaboradores con la que aspirará a transitar los dos últimos años de su gestión evitando tanto como pueda ser fagocitado por la inexorabilidad, hasta ahora infalible, del teorema de Vernet.

José María Vernet, fue el primer gobernador (1983-1987) de la actual era democrática en la provincia de Santa Fe. Entre las muchas cosas por las que suele ser referido quizás una de las más frecuentes o, por lo menos la que mantiene una vigencia inalterable, es una definición que dejara caer en un reportaje en 1985 que se constituiría con los años —y no sólo para la política provincial porque se lo he escuchado a más de un dirigente nacional o basta ponerlo en un buscador de Internet para ver— en el famoso teorema que lleva su nombre.

Ya lo he dicho muchas veces. No considero que la reelección del gobernador sea un hito institucional de tan superlativa relevancia como para que en aras a su favor u oposición se hayan frustrado todos los debates para modernizar la Carta Fundamental de 1962. Tengo para mí que Santa Fe ha funcionado lo suficientemente bien sin reelección y, en cambio, la sola introducción de este ítem alcanza para desbaratar cualquier discusión política o institucional.

La historia santafesina es una muestra acabada de que la "continuidad de un proyecto", la "preminencia de una concepción, sea ideológica o de poder", "la vigencia de una praxis determinada", y cuanta excusa más arguyen los reeleccionistas, no requiere de la repetición de ningún nombre de manera sucesiva.

El peronismo, claro que me podrán decir que hubo variantes pero fue todo peronismo, gobernó 24 años desde 1983 a 2007, sin solución de continuidad. Y, sin reelección inmediata, tuvo igualmente dos gobernadores reelectos: Carlos Reutemann y Jorge Obeid. Los otros dos fueron Víctor Reviglio (1987-1991) y Vernet, el del teorema.

Con la alternancia —algo que como se ve es absolutamente independiente a la habilitación de una reelección— llegaron los socialistas. Al igual que sus antecesores no cejaron un segundo en buscar la reelección. Hermes Binner, Antonio Bonfatti y Miguel Lifschitz sucumbieron por igual a la misma tentación y la carpeta con el proyecto sigue ahí sobre el principal escritorio, según fuentes oficiales. En esto tampoco los hombres del partido de la rosa se diferenciaron mucho y sin embargo han logrado ya que la historia provincial registre para los tiempos una década socialista que, también con matices y perfiles propios de cada gobernante, obtuvieron sin repetir de modo sucesivo alguno de los nombres.

Los socialistas, en detrimento de los argumentos que han desgranado los radicales en sus reclamos de alternancia hacia adentro del Frente Progresista, fueron más allá que los peronistas en esto de desdecirse con los hechos: pese a que su era gubernamental lleva ya tres nombres diferentes manejando las riendas han tenido políticas continuadas a lo largo de los dos cuatrienios y medio que llevan en la Casa Gris. Un ejemplo claro de lo que digo son los hospitales en los que Binner puso el primer ladrillo y Lifschitz el techo, e inauguró algunos y se dispone a hacer lo propio con otros.

¿Qué dice el teorema de Vernet? Aquella formulación del ex mandatario peronista dice que "es tan torpe estar contra el gobernador los primeros dos años, como estar junto a él en los últimos dos".

Entonces, ¿por qué el teorema de Vernet mantiene su vigencia? Precisamente porque no hay reelección. El primer año se inserta el gobierno electo, todo con él es novedad y ya se sabe, la novedad conlleva algo de fascinación ínsita. El segundo año de un gobierno debe afrontar elecciones legislativas. Prácticamente no habrá otra discusión. Vernet dijo su frase cuando no existían las primarias Paso y las elecciones eran una única cita en las urnas, no como ahora que son dos. Que si no son en la misma fecha que las nacionales, como ya anticipó el ministro Pablo Farías que serán en 2019 admitiendo el peor error electoral del gobierno este año, se convierten en cuatro veces en las que hay que ir a votar.

Y, siguiendo con el teorema, en el cuarto año se inician las tratativas con el candidato a futuro gobernador de la provincia que por falta de reelección, necesariamente ha de ser alguien diferente al que está apoltronado. Ergo, todos se correrán a las cercanías de los nombres que suenen como posibles sucesores dejando en una tristísima soledad a quien todavía sigue siendo el gobernador.

Con la derrota de medio tiempo al gobierno se le evidencia alguna variante al teorema de Vernet. Y no precisamente porque el mandatario no haya querido intentar conseguir una reforma constitucional con reelección y, con un voluntarismo conmovedor, todavía es una vaina que buscará blandir, dicen. Pero esa apelación a una fortaleza ficticia o a la buena imagen personal, que ciertamente registran los sondeos, nada quiere decir en estos días.

Días pasados un periodista santafesino sonó categórico: "El gobierno de Lifschitz es un gobierno débil. Un gobierno debilitado porque perdió las elecciones. Y las perdió con una contundencia abrumadora". Así como la encuesta que tiempo antes de las Paso les hizo saber a los socialistas que los santafesinos no querían votar más candidatos surgidos de su partido, habrá que ver qué nombres logra el gobernador para rellenar los agujeros que naturalmente se producirán en su gabinete —el ministro de Producción, Luis Contigiani, fue electo diputado nacional y el ministro de Salud, Miguel González, deberá cubrir la banca del Senado que dejó vacante Emilio Jatón electo concejal de Santa Fe— y, sin ánimo de ser agoreros, también los agujeros que se puedan producir por alguna bala que logre atravesar. Al fin de cuentas el gobierno entra en sus dos últimos años en los que todos se le animan.

El affaire en torno al ministro de Seguridad, Maximiliano Pullaro, demuestra que hay una oposición que busca generarle más agujeros al gabinete del gobernador Lifschitz. Es de manual que Pullaro no se irá en los recambios en marcha. El gobernador, el partido oficialista y hasta la UCR, hoy ida de la coalición gobernante, han salido a respaldarlo. Pero es una incógnita cuánto sedimento de autoridad y fortaleza le ha quedado a la actual gestión de seguridad y cuánto tiempo le dará la cuerda para enfrentar a los sectores de la propia fuerza (que el ministro califica de "oscuros") y al kirchnerismo y sus socios en la Legislatura que llevan adelante la ofensiva política pública.

Con la derrota en las urnas que infligió al socialismo un golpe mucho más duro que el esperado: ser oficialista y terminar tercero en una compulsa es una cuesta arriba poco menos que imposible de desandar. Sumarle a tan mal trago un escándalo de corruptela y en una materia tan sensible como la seguridad que sigue siendo uno de los reclamos más presentes en la sociedad, sería un golpe de gracia destinado a convertir a Lifschitz en el liquidador de la experiencia socialista.

Así de grave es la cosa para el partido de gobierno.

Ante la sociedad deberá ahora la Justicia encontrar las explicaciones. Al comienzo se dio a entender que las escuchas al ministro eran ilegales, luego se comprobó que las había autorizado conforme a derecho un juez. Luego se relativizó eso diciéndose que el juez no supo que le intervino el teléfono al ministro. A todo esto el Ministerio Público de la Acusación, que aún no ha terminado de instalarse, no parece haber desempeñado el mejor papel. Su titular dándole explicaciones al ministro no queda bien parado. Algunos de sus fiscales actuando, según se dice, por simpatías políticas tampoco, si ello fuera cierto. Es verdad que también de este lado hubo manifestaciones que cerraron filas.

Pullaro debió salir al ruedo a asumir que lo escucharon y grabaron, algo que era un secreto a voces desde hacía muchos meses con lo que lo estaban desangrando a cuenta gotas. Apenas dos o tres grabaciones trascendieron. Todo indica que en el gobierno el temor se centró en las que no se han conocido. O al menos es lícito especular con ello mientras este asunto no quede del todo aclarado.

La de las escuchas a Pullaro es una crisis seria. No he encontrado a nadie que diga que es una cuestión inocua en ningún sentido. Si la oposición lograra voltear un ministro a una gestión socialista a causa de un escándalo, por muy poco claras que sean sus verdaderas causas, habrá infligido un golpe definitivo a su principal carta de presentación de que nunca fueron salpicados por hecho de corrupción que han esgrimido desde que se hicieran con el poder en Rosario hace casi treinta años y quizás hasta Bonfatti habría tenido que despedirse ya del anhelo de suceder a Lifschitz si eso hubiera pasado.

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