El Mundo

Japón ejecutó al líder de la secta que atentó con gas sarín en el metro

Shoko Asahara fue ahorcado junto a seis de sus seguidores por el ataque en Tokio en 1995.

Sábado 07 de Julio de 2018

El fundador de la secta apocalíptica japonesa Aum Shinrikyo, Shoko Asahara, que sembró el terror con un atentado con gas sarín que dejó 13 muertos y más de 6.000 heridos en el metro de Tokio en 1995, fue ejecutado ayer por ahorcamiento en Japón junto a seis de sus seguidores. Así lo anunció la ministra de Justicia, Yoko Kamikawa, asegurando que la ejecución de los responsables fue una decisión muy meditada. "Creo que es inevitable aplicar la pena de muerte en estos graves y abominables crímenes", que no deben volver a ocurrir nunca más. "El miedo, el sufrimiento y el luto de las víctimas y sus familiares fueron inimaginables".

   Se trata de las primeras ejecuciones en relación al atentado ocurrido hace 23 años, el 20 de marzo de 1995, cuando miembros de la secta Aum Shinrikyo depositaron varias bolsas de plástico con gas sarín y liberaron el gas nervioso en varios trenes del metro de Tokio en la hora pico de la mañana. Todo ello, directamente bajo el barrio del gobierno de la capital nipona. Trece personas murieron y más de 6.000 resultaron heridas. La elevada cifra de víctimas se explica porque un solo miligramo del compuesto de organofosfatos puede paralizar el sistema respiratorio y provocar una parada cardíaca.

   El ataque conmocionó a la sociedad, aún más si se tienen en cuenta los bajos niveles de criminalidad en el país. Tras el primer ataque terrorista del mundo con gas nervioso, Asahara fue detenido el 16 de mayo de 1995 y, tras un maratoniano y sin precedentes proceso judicial, un tribunal de Tokio condenó en 2006 al gurú medio ciego y a doce de sus seguidores por 28 casos relacionados con el atentado y por otros asesinatos. Asahara y el resto de miembros de la secta Aum Shinrikyo, cuyo nombre significa "Verdad Suprema", estaban desde entonces encerrados en el corredor de la muerte esperando su ejecución.

En el corredor de la muerte

La ley japonesa precisa que los condenados a pena de muerte deben ser ejecutados en los seis meses consecutivos a la confirmación de su sentencia, pero en la práctica suelen pasar años en el corredor de la muerte. Durante todo el proceso, el fundador de la secta, de 63 años, cuyo nombre civil es Chizuo Matsumoto, simplemente calló o habló de forma incomprensible en susurros. En enero de este año se cerró el último proceso judicial contra miembros de la secta. En marzo, 7 de los 13 condenados a muerte fueron trasladados de sus prisiones en Tokio a otras, lo que en Japón se entendió ya como un signo de que se acercaba la ejecución por ahorcamiento. La tercera economía del mundo es uno de los pocos países industrializados que mantiene vigente esa condena. Desde la llegada al poder del premier Shinzo Abe en diciembre de 2012, unas 28 personas fueron ejecutadas.

   La figura de Shoko Ashara siempre estuvo rodeada de misterio, sin que nunca se conocieran los motivos de sus crímenes. Lideraba una secta que pretendía "liberar" al mundo mediante la violencia. Sus seguidores bebían el agua sucia de su bañera y bebían gotas de su sangre: sólo el gurú se atribuía la pureza plena y el poder interior. Ciego de nacimiento de un ojo y con problemas de visión en el otro, nació en una familia numerosa pobre en un pueblo en el sur de Japón. Tras intentar sin éxito entrar en una universidad de élite de Japón, se dedicó a la acupuntura y la medicina tradicional china. Fundó una escuela de yoga que precedió a la fundación de la secta y aprovechó el vacío espiritual que surgió tras el boom económico de Japón para atraer a los jóvenes a secta. Muchos veían en él a una carismática figura paterna y una alternativa para romper los imperativos sociales.

   Pero Asahara quería más: con la rama política de su secta llegó a presentarse al Parlamento a fines de los 80, fracasando estrepitosamente. La secta cayó en problemas financieros y su líder llamó a armarse para sobrevivir al apocalipsis. Aprovechando que el Estado lo reconocía como organización religiosa, usó su liberación fiscal para contratar a científicos de las mejores universidades y fabricar todo un arsenal de armas bioquímicas a los pies del monte Fuji. El atentado con sarín en el metro de Tokio no fue más que un intento por evitar una prevista operación policial contra su cuartel general allí. Pero acabó destruyendo la convicción de un país que creía vivir en un paraíso de seguridad. Muchas de las víctimas siguen hoy sufriendo secuelas psíquicas, físicas y financieras tras el atentado.

"Un pestilente hedor químico, fuerte y picante"

En la mañana soleada del 20 de marzo de 1995 en Tokio, los pasajeros, hacinados en el metro, ignoran que unos minutos más tarde su ciudad se parecerá a una zona de guerra: la secta Aum se disponía a golpear. Primero fue el olor, un pestilente hedor químico fuerte y picante, parecido al disolvente de pintura. El temible sarín, un gas originalmente desarrollado por los nazis, fue liberado en forma líquida en cinco vagones de sendos trenes del metro de Tokio en diferentes puntos. "Había un líquido desparramado en el suelo del vagón, la gente tenía convulsiones en sus asientos, un hombre se apoyaba contra un poste, con camisa abierta, totalmente sudado", recuerda Sakae Ito. "Tenía la impresión de ahogarme, tosía mucho y empecé a tener escalofríos, la persona que estaba sentada junto a mí se desmayó y las alarmas de emergencia empezaron a sonar", cuenta otro pasajero. Otros testigos recuerdan haber visto trozos de papel de diario mojados después de que los miembros de Aum perforaran las bolsas que tenían el veneno con las puntas de sus paraguas.

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