El padre Ignacio Periés recibió en la mañana de ayer una de las noticias más tristes de su vida. Su madre, Margarita, de unos 90 años, falleció en Sri Lanka. Unas horas antes el carismático sacerdote había festejado su cumpleaños 61. Colgó el teléfono, llamó a uno de sus colaboradores y le comunicó que las actividades seguirían con normalidad.
Anoche, la parroquia Natividad del Señor estaba colmada. Era día de bendición de mujeres y el cura no dejó por un instante su labor. La noticia del fallecimiento de su madre se la comunicó uno de sus hermanos desde el pequeño país situado en el océano Indico y separado tan sólo por un estrecho de la costa sureste de la India.
La muerte se había producido de manera natural y como una consecuencia previsible de la edad, ya que según pudo saber La Capital Margarita no padecía ninguna enfermedad.
Ignacio tiene previsto viajar a Sri Lanka en breve, pero un problema con la obtención de la visa estaría dificultando los preparativos del viaje. Algo es seguro, la noticia no lo doblegó.
"Hoy es un día muy singular para nosotros", dijo desde el altar el párroco que ofició la misa de las 19. A esa misma hora, Ignacio daba ayer bendiciones en el primer piso de la parroquia situada en el corazón de barrio Rucci.
"Yo me enteré esta mañana, estoy acá desde anoche y lo primero que pregunté es si el padre igual iba a dar las bendiciones", contó una señora sentada en una reposera en la puerta del templo. Para lograr alguna proximidad con el cura, había padecido la lluvia sin pestañear.
"Falleció Margarita, la mamá del padre Ignacio. Por eso hoy oramos por él y nos refugiamos con nuestra madre María. Allí estamos, upa de ella con Jesús y nuestro querido padre Ignacio", continuó diciendo el sacerdote desde el altar.
La iglesia estaba colmada. Afuera, más de veinte combis de todos los puntos del país aguardaban la salida de los feligreses. Puertas adentro del predio de la iglesia, la misa era seguida por cientos de mujeres en la parroquia principal y en un anexo, donde habían colocado tres pantallas que la trasmitían en directo.
Sin comentarios. Ningún colaborador del padre Ignacio pudo confirmar si hoy la actividad del sacerdote será normal. "No tenemos instrucciones de nada", se limitaron a decir ante las múltiples consultas de este diario.
Veinte minutos después de las 20, Ignacio cruzó el patio central que separa la parroquia principal del anexo. A paso ligero, el sacerdote recibió el pésame de algunos feligreses, ingresó en el anexo y comenzó a bendecir una por una a los mujeres que lo aguardaban.
Afuera, algunos sólo se conformaron con mirarlo desde atrás de una ventana. Hasta allí llegaron colaboradores del sacerdote para pedirle al reportero gráfico de este diario que no tomara fotografías (ver aparte).
Ajeno al intempestivo y poco cortés trabajo de quienes se arrogan ser sus servidores, Ignacio posó su mano una y otra vez en las cabezas de feligreses a quienes ese solo gesto les alivió, aunque sea por un instante, un intenso y profundo dolor.
Pero aunque no parecía, ayer era distinto. El hombre al que todos buscaban y suplicaban, también vivía un día de profunda tristeza.