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¿Hacia una crisis institucional en EEUU?

"A casi tres semanas de las elecciones en Estados Unidos no tenemos ni la más mínima idea de cómo va a terminar la historia.  Donald J. Trump, todavía enfermo de coronavirus, decidió romper con la capacidad que tenía el sistema político de generar previsibilidad"

Sábado 17 de Octubre de 2020

A casi tres semanas de las elecciones en Estados Unidos no tenemos ni la más mínima idea de cómo va a terminar la historia. Donald J. Trump, todavía enfermo de coronavirus, decidió romper con la capacidad que tenía el sistema político de generar previsibilidad.

Siete de cada diez estadounidenses creen que estas elecciones son las más importantes de sus vidas , mientras que la mitad del total no confía en que vaya a haber una transición pacífica del poder, lo que se desprende del supuesto de que el presidente no reconozca el resultado del 3 de noviembre.

Existe un amplio consenso entre los analistas políticos de Estados Unidos en que una reelección de Trump podría terminar con la creencia estadounidense de que ese país cuenta con una democracia más robusta que las del resto del mundo. Michael Hirsh, editor de Foreign Policy, escribió hace unas semanas que “la reelección de Trump justificaría su mirada de que como presidente, como él mismo dice, puede hacer lo que quiera” (2).

¿Estamos frente a la posibilidad de una gran crisis institucional? Para responder esta pregunta es necesario separar los asuntos electorales, del caos informativo que ha generado una sucesión de hechos políticos insólitos. Vamos por partes.

Amenazas de fraude y personales

El candidato republicano ha conseguido instalar en el centro del debate el interrogante sobre la confiabilidad del voto por correo ante la posibilidad, cada vez más segura, de una derrota. La complejidad del sistema electoral estadounidense, incluso para los propios estadounidenses, repleto de diferencias procedimentales entre los Estados junto con la distorsión entre el voto popular y el voto electoral funcionan como aliciente para la estrategia de campaña del presidente.

Como es sabido, EEUU cuenta con un mecanismo de elección donde los ciudadanos no eligen al presidente en forma directa, sino que eligen a los 538 electores que votarán por alguno de los candidatos. Este mecanismo fue pensando a fines del siglo XVIII para proteger a los Estados más pequeños del poder de los grandes, pero terminó por sobrerepresentar a los menos poblados. Además es un sistema en el que el ganador se queda con todo: si un candidato gana por un solo voto directo en California, se lleva todos los votos electorales. Por la misma razón, quien gana por seis mil votos directos en Wyoming, se lleva apenas tres votos electorales. Esto puede generar una distorsión entre el llamado voto popular, es decir la preferencia de una mayoría de votantes, y la decisión tomada por la mayoría de esos 538 electores.

Esto fue lo que ocurrió en la última elección presidencial, en la que Hillary Clinton ganó por casi tres millones de votos populares, pero la composición del Colegio Electoral condujo a Trump a la Casa Blanca. La respuesta del flamante presidente en ese momento fue que su campaña había estado pensada para ese tipo de sistema electoral, que si el presidente fuera electo en forma directa, la campaña hubiera sido otra.

A su vez, el hecho de que Estados Unidos no cuente con un mecanismo de votación unificado a nivel federal intensifica la apatía electoral de la mayoría de los ciudadanos. El voto por correo y su alcance varía según el Estado. Algunos Estados han aceptado recibir la boleta del voto por correo hasta el día de la elección, otros aceptarán el voto incluso después de diez días de la elección mientras que la fecha de la estampilla del correo sea anterior al día de la votación, en tanto que algunos Estados mandan la boleta de antemano a todo ciudadano que esté registrado y otros no. Por otro lado, mientras que la mayoría de los Estados acepta la emergencia sanitaria generada por el Covid-19 como una justificación, hay nueve que no aceptan el temor al contagio como motivo, según explica Gisela Sin, profesora de Ciencia Política de la Universidad de Illinois.

Es cierto que el mecanismo de voto por correo requiere una atención especial y recursos extras, pero eso no implica que la elección derive en un fraude electoral como argumenta Trump. “Todos los Estados que han usado voto por correo desde hace muchos años cuentan con mecanismos para asegurar que no haya fraude. Trump dice esto porque tiene miedo que mucha más gente vote este año”, sostiene Sin. Trump sabe cómo usar la complejidad del sistema electoral a su favor y no duda en hacerlo.

También es necesario tener en cuenta que existe una mayor confianza en el voto por correo entre los demócratas que entre los republicanos. Casi la mitad de la totalidad de los votantes afirma que existe posibilidad de que emita su propia boleta electoral por correo. Sin embargo, entre los demócratas ese número crece al 72%, mientras que entre los republicanos es solo del 22%.

Pablo Stefanoni, jefe de redacción de la revista Nueva Sociedad, escribió hace unas semanas que “el problema de Trump no es que mienta sin límites, como dice cierto progresismo, sino que parte de algo real para construir un juego de espejos locos que deforma grotescamente la realidad.”

No puede entenderse la narrativa de la amenaza de fraude sin la desventaja electoral que pronostican las encuestas. Una de las últimas señala una diferencia de más de 7 puntos para Biden en el voto popular, que se traduciría en una diferencia de 343 delegados en el Colegio Electoral. De todas formas, en cualquier encuesta que se tome Joe Biden está por encima de Trump.

Ahora bien, si en 2016 las encuestas también mostraban una ventaja de Hillary Clinton sobre Trump, ¿por qué creerles ahora?

En el análisis que la American Association of Public Opinion Research hizo sobre el error de las encuestas de 2016 identificó dos factores. Por un lado, la inusual cantidad de indecisos –más del doble que en elecciones anteriores– que terminaron optando por Trump. Por el otro, un cambio en la participación electoral. En 2016, Trump movilizó con éxito a los votantes blancos que se estaban convirtiendo en una porción más pequeña del electorado estadounidense.

Existen diferencias que hacen más confiables a las encuestas. Por un lado, ahora los sondeos registran un índice menor de indecisos, lo que sugiere que el margen de error no será tan grande; por el otro, se calculan altos niveles de participación de ambas partes y, potencialmente, un aumento en la participación demócrata producto de la extrema polarización política que genera el candidato republicano. No obstante, nada puede garantizar que no existan sorpresas.

En esta coyuntura, varios analistas sostienen que existen altas probabilidades de que Trump no acepte una eventual derrota. William C. Smith, profesor de Ciencia Política de la Universidad de Miami, es uno de ellos. Smith considera que esta situación podría provocar dos posibles escenarios. Uno en el que Trump pelee en el Colegio Electoral, en el Congreso y, eventualmente, en la Corte Suprema los votos para revertir la decisión popular de la ciudadanía. Otro en el que, si no consigue avanzar en ninguna de esas instancias, “denuncie un supuesto fraude producto de un acuerdo entre los demócratas, los funcionarios del Deep State y los medios masivos de comunicación, los llamados enemigos del pueblo.”

En la misma línea, Brian E. Loveman, profesor de Ciencia Política en la Universidad Estatal de San Diego, considera que frente a una derrota: “Trump no va a aceptar el resultado, al menos no inmediatamente. No aceptó el resultado en 2016 cuando ‘ganó’ la presidencia mediante los votos en el Colegio Electoral, habiendo incluso perdido la votación popular por un margen de alrededor de 3 millones de votos, diciendo que hubo fraude, menos lo va a hacer ahora.” Trump sostiene que solo perdería si hay fraude. “Esto lo hace para deslegitimar las elecciones y hacer posibles maniobras judiciales con miras a rechazar la victoria de Biden, en el caso de que esto ocurriera”, agrega Loveman.

Otro elemento a considerar en esta elección es la amenaza para Trump de que, una vez corrido de la Casa Blanca, avancen procesos judiciales en su contra. Para Smith este tema “sin duda configura un escenario amenazante para Trump. De hecho, ya está bajo investigación con relación a sus impuestos en varias jurisdicciones, inclusive por la justicia federal y estatal en Nueva York, por un comité conjunto del Senado y la Cámara Baja en el Congreso y por el IRS [Internal Revenue Service] en una auditoría que se prolonga desde hace una década. Además de posibles acusaciones criminales y civiles, Trump enfrenta la posibilidad de ser obligado a declarar una bancarrota personal debido a las dificultades para pagar préstamos por más de US $400 millones en los próximos años.”

Loveman piensa que “el presidente reconoce la amenaza personal que puede implicar una derrota en noviembre. Por supuesto que él reconoce esta vulnerabilidad judicial de no ser reelecto. Y, desde luego, si pierde la elección, el gobierno federal lo puede procesar por delitos varios. No solo a Trump sino a varios miembros de su familia”.

En este escenario enrarecido, Trump dio positivo de coronavirus el viernes pasado a la madrugada, y en menos de 72 horas pasó de estar internado y medicado, a ser dado de alta. No existe tiempo de recuperación en campaña. Esto convirtió la salud del presidente en un hecho político que disparó la incertidumbre electoral al extremo.

A las puertas del caos

No hay dudas de que Trump rompió con las reglas de la política tradicional. La mera posibilidad de que no reconozca el resultado plantea un escenario trágico para la democracia. En caso de que eso suceda, el tema podría llegar a la Corte Suprema. Pero antes debe pasar por el Congreso, que es el encargado de contar los votos electorales y anunciar el ganador el 6 de enero. Si el presidente no reconociera el resultado en algunos Estados, amparado en la denuncia de irregularidades, el tema quedaría en manos de la justicia. Esto, a su vez, podría generar fuertes manifestaciones denunciando el abuso de poder presidencial en medio de un ciclo de protestas todavía abierto.

Sea como fuere, Trump debe dejar la Casa Blanca el 20 de enero. En caso de no contar con un nuevo presidente electo, sería la presidenta de la Cámara de Representantes, la demócrata Nancy Pelosi, quien asumiría las funciones.

Smith cree que existen condiciones para una posible crisis institucional, y hasta constitucional, aunque no está claro el grado de probabilidad. “En este contexto, creo que enfrentamos una situación de crisis de moderadamente baja probabilidad, pero con un riesgo extraordinariamente alto. Por ese motivo, todos los norteamericanos debemos estar muy atentos a los peligros que enfrenta nuestra democracia. Esta campaña, la elección y el escenario postelectoral inmediato se han caracterizado por un alto grado de inusitada incertidumbre”.

Por su parte, Gisela Sin confía en que existen contrapesos institucionales para hacer frente a este escenario. “Las instituciones son fuertes y vamos a sobrevivir a esta situación. Pienso que va a quedar demostrado que no hay fraude. La mayor parte de los republicanos sabe que esto no es cierto. Muchos de ellos votan por correo, Trump vota por correo, los votos se cuentan. No creo que llegue a mayores; creo que se va a respetar el resultado”.

Pero también están quienes creen que una crisis institucional no solo es posible, sino que está ocurriendo. “Ya existe una crisis institucional, ahora queda ver cuál será el desenlace”, contesta a Loveman a esta inquietud. “En Estados Unidos tenemos un sistema político-institucional y una Constitución política del siglo XVIII con pocas modificaciones. Trump no respeta ni los acuerdos mínimos del sistema político que han hecho posible su sobrevivencia. Nuestro sistema federalista hace muy difícil modificar la Constitución, que en su origen nunca fue democrática sino republicana y representativa. En Chile se objetan los vestigios autoritarios de la Constitución de 1980, pero no son nada comparados con el diseño antidemocrático y arcaico de la Constitución de Estados Unidos”, sostiene.

Si lo contrario a la crisis es la estabilidad, esta campaña no hace más que dejar a Estados Unidos ante las puertas del caos.

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