Rugidos de motores provocados adrede por los pilotos para éxtasis del público. Rugidos de los fanáticos tuercas que, en la misma proporción que los miles de curiosos, enrojecieron sus gargantas con los gritos y conformaron una multitud que colmó las adyacencias de la avenida Circunvalación. Es que ninguno quiso perderse la ocasión de tener a semejantes máquinas a tan pocos metros de distancia, sin importar que el tramo de la primera etapa que pasó ayer por la ciudad y que terminaba en Córdoba fuese de enlace y no de carrera. El Rally Dakar tiene un magnetismo incomparable y Rosario lo refrendó en una mañana vivida con entusiasmo, histórica y que se repetirá en el último día de competencia, el 15 de enero cuando vuelvan a transitar por la ciudad.
Aún no había amanecido y la gente ya aguardaba a los más de 400 corredores que debían recorrer Circunvalación desde el puente Rosario-Victoria hasta la autopista Rosario-Córdoba. Tan sorpresivo como fugaz fue el paso de Marc Coma que un fanático suyo apodado Catarrito, que se llegó desde Ibarlucea y se ubicó en cercanías del rulo de acceso a la autopista Rosario-Santa Fe, se lamentó de no ver al español que compite con KTM.
A doscientos metros de ese lugar, junto al puente que une los barrios 1º de Mayo y Rucci, Susana y Luis Miller recorrieron apenas unos metros de los monoblocks donde viven y llevando sus propios asientos para estar más cómodos, no se perdieron nada. Ambos son vecinos y lo único que los diferenció ayer es que ella no durmió nada por la ansiedad, en tanto él “un par de horas”.
La tercera no fue la vencida para Germán Rojas. Desde su Granadero Baigorria natal cumplió otra vez ya que no se perdió ninguna de las ediciones argentinas del rally. En 2009 lo vio en Carcarañá y al año siguiente estuvo en la largada, en la ciudad bonaerense de Colón. Acompañado por amigos, tenía puesta la remera del Dakar 2010 y se confesó amante de los autos clásicos, a tal punto que tiene un Ford T.
La espera entre un corredor y otro fue matizada con el mate y otros, los menos, comprando la remera del Dakar, con el logo estampado en el frente y el mapa del circuito en el dorso, que se vendían a 70 pesos.
Con el gorro del Dakar y la remera de Ferrari, Máximo Curioni se confesó fana de los autos. El chico de Fray Luis Beltrán, que en pocos días cumplirá 7 años y tiene un karting con el que piensa correr dentro de poco, observaba extasiado a los coches junto a papá Marcelo, al que despertó después de no haber podido pegar un ojo.
Junto a la Circunvalación, o en el mismo asfalto, se entremezclaron fierreros y otros movilizados exclusivamente por el Dakar, como Sonia y Marcela Blanco. La primera comentó que no le interesa el automovilismo pero que “sigo por televisión todo lo que pasan del rally”. Flameaba una bandera del Dakar, ubicada pegadita al guarda rail del cantero central.
Los vehículos circulaban uno tras otro, pero cada uno de los que conducía entendía que los protagonistas también eran los que estaban abajo, la mayoría desde las 5. Por eso les tocaban bocina, saludaban con el pulgar en alto o aceleraban a fondo. El Rally también se hizo con la gente.