Para los habitués de las redes sociales hay pocas cosas más comunes que los memes, esas imágenes que se replican, por lo general con motivos graciosos, para ridiculizar a futbolistas en momentos de alta competición (pero todo momento lo es), políticos en campaña (pero casi siempre lo están), enternecerse con animalitos, hacer referencias a películas y un largo etcétera.
En este sentido, son memes, por ejemplo, desde el chorrito de agua que recibió el técnico argentino Alejandro Sabella durante el Mundial de Brasil por parte del jugador Ezequiel Lavezzi hasta las variedades de la mordida del uruguayo Luis Suárez a un defensor italiano. También se hicieron chistes con el cierre de las listas para las candidaturas y se repiten frases, no siempre fidedignas, de pensadores ilustres ante jornadas como el día del padre. Y más, y más. Todas cumplen las reglas del chiste, son absurdos, muestran imágenes desplazadas en lugares inesperados, y llaman la atención al instante. Y se replican con voracidad.
Pero tengo una mala noticia: estrictamente eso no son memes. O por lo menos, según la definición del inventor de la palabra, el famoso biólogo neodarwiniano inglés (nacido en Nairobi, Kenia, en 1941, formado en Oxford) Richard Dawkins.
Lo hizo en 1976 , el año de inicio de una empresa que se conocería como Apple y 22 años antes de la inauguración de la era Google, y al final del por otros motivos polémico libro titulado El gen egoísta. Claro, hablaba de otra cosa, nada que ver con internet ni con los chistes. ¿De qué hablaba entonces? O, más bien, ¿qué buscaba Dawkins al inventar los memes? Se puede resumir en una línea: quería dar con una unidad de transmisión de la cultura, lo mismo que los genes son unidades de transmisión de información biológica.
Similitudes biológicas había (hay) bastantes y Dawkins las señaló: se transmiten de cerebro en cerebro, van mutando cuando se reproducen (estilo teléfono descompuesto), algunas son exitosas y duran milenios y otras quedan en el camino al poco tiempo de andar.
Se le ocurrió nombrarla con la palabra griega que hablaba de la imitación (mimetes), que además tenía el beneficio colateral de sonar bastante parecido a gen. La largó a andar y esa idea se reprodujo y se modificó (como hace todo buen meme, claro). Otros investigadores tomaron su idea y la afinaron. El problema es que, aun en versión mejorada, se trata de algo elusivo, lo que pasa muy seguido con los fenómenos culturales (asociados con las “ciencias blandas”).
Los primeros ejemplos que dio Dawkins son bien groseros: la idea de Dios, y las ideas de Sócrates, Copérnico, Marconi y Leonardo Da Vinci. Apenas más tarde en el prólogo del libro La máquina de los memes de Susan Blackmore, Dawkins habla ya de gestos de otros que se nos quedan pegados y repetimos incluso sin proponérnoslo, entre otras situaciones más cotidianas. Así, los memes pueden ser una canción pegadiza que de repente cantan todos tanto como el comienzo de la Quinta Sinfonía de Beethoven (ese “ta-ta-ta-taaaan” que toooodo el mundo sabe aunque no sepa qué es una sinfonía ni quién fue Beethoven).
Lo reconoce el mismo Dawkins: “No sabemos de qué están hechos los memes o dónde se encuentran. Los memes aún no han hallado a sus Watson y Crick; ni siquiera a su Mendel”, en referencia a los descubridores de la doble cadena helicoidal y al monje que descubrió la herencia cruzada. Esa falta de unidad clara (pero el mismo problema tiene en ocasiones la semiología) hizo que técnicamente pudiera usarse in extenso. Como para explicar mediante esta analogía biológica hasta la existencia de idiomas y dialectos diferenciados: así, la tonada cordobesa se explicaría mediante el mismo fenómeno que hace que las tortugas de Galápagos sean gigantes. Tan dudoso como inquietante.
También, por último, es interesante señalar que Dawkins había planteado su teoría, al final de un libro netamente biológico, como una manera en que la cultura humana saliera de la dictadura, precisamente, de ese gen egoísta cuyo único propósito es multiplicarse y reproducirse sin importarle si lo hace en un envase humano o de una gallina (por eso lo de “gen egoísta”, porque los individuos y las poblaciones no importan).
Como fuera, la idea de meme puede seguir fructífera o morir apenas tres o cuatro décadas después de su creación. Lo que es seguro es que ahora, cuando le muestren en Twitter o Facebook el último chiste con el defensor que no pudo detener a Messi y le digan que eso es un meme, usted puede decir: “No, no, meme es otra cosa”.
































