En un informe de octubre de 2018 sobre el avance del calentamiento global, el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre Cambio Climático de las Naciones Unidas (IPCC) abrió el juego, aunque de manera limitada, al uso de las llamadas “geoingenierías” para frenar el fenómeno, ante la evidencia de que no será suficiente con el recorte de las emisiones si siguen a ritmo moderado como hoy. Y si son tan drásticas como exige el propio IPCC: emisiones cero para 2050, o bien compensadas por captura de CO2 de la atmósfera, y una caída al 45% para 2030, el daño sería indudable. Es claro que frenar el uso de combustibles fósiles, pero también de las emisiones de la agricultura y la ganadería, tan bruscamente resultaría muy dañino para las economías de gran parte del planeta, por lo que el IPCC acepta las tecnologías que buscan rebajar el nivel de CO2 atmosférico y ya no solo se apunta a las emisiones. El IPCC lanzó esta idea pese al rechazo frontal de las formaciones ecologistas, que repudian todo proyecto de “geoingeniería” y exigen sólo y exclusivamente recortar emisiones.

































