La ambición de poder todo lo puede. “El viejo mundo muere, el nuevo tarda en aparecer y en ese claroscuro surgen los monstruos”. La frase de Antonio Gramsci abre el primer capítulo de “El Reino”, la serie de ocho episodios que estrenó el viernes Netflix y ese texto parece hecho a medida para la ficción impecablemente escrita por Claudia Piñeiro y Marcelo Piñeyro. Así como “Borgen” ponía el foco en las miserias políticas y “Algo en qué creer” mixturaba el poder religioso con las ambiciones partidarias, en “El Reino” se expone “en un mismo lodo, todos manoseaos” el fanatismo evangelista, la candidatura a la presidencia de la Nación, la presión de los medios de comunicación y también un toque místico. Si algo logró la dupla autoral es que “El Reino” siempre tiene algo nuevo por revelar. O, mejor, todos tienen algo que esconder. Los personajes son oscuros pero tienen momentos en que saben mostrar sus costados grises y hasta luminosos, siguiendo el nombre ficcional del templo que comanda la trama: Iglesia del Reino de la Luz. De ese espacio justamente saldrá Emilio Vázquez Pena (Peretti), un pastor que es capaz de hacer repetir a sus “ovejas” que “el demonio está en la política” y sin embargo se convertirá en candidato a vicepresidente de la República Argentina. Pero en esta serie todo cambia vertiginosamente. Sobre todo cuando en pleno acto de cierre de campaña asesinan al candidato a presidente de su misma fórmula y el pastor es tentado a ocupar el máximo lugar en el Ejecutivo. Con una cuidada producción y un elenco sin fisuras, la historia va creciendo en intensidad a medida que se van cayendo las máscaras de los protagonistas. Aquí se ve que los supuestamente poderosos son manejados como títeres, en una suerte de mamushka del poder. Porque a Emilio lo maneja su mujer Elena (Morán); mientras que Julio (Darín), el asistente del pastor está bajo el dominio de Osorio (Furriel), quien a su vez responde a un poder secreto que es preferible que el espectador lo descubra en su momento. Pero hay algo que sorprende aún más. Y es cómo un discurso puede justificar acciones de lo más perversas. Así habrá quien matará en el nombre de Dios y hasta quien abusará sexualmente de niños porque “Dios quiere que ame y el amor nunca puede ser malo”. El fanatismo religioso se muestra exacerbado, con exorcismos que rozan intencionalmente lo burdo y hasta hay un guiño a lo milagroso y paranormal. Pero lo que interpela en la serie es que las tramas oscuras detrás de la política no son tan lejanas a las que se conocen día a día en la Argentina. Y eso asusta tanto que da ganas de verla.

































